domingo, 18 de marzo de 2012

LA ESTRELLA Y EL MAR


Corren muchas historias. Resulta que el mundo está lleno de niños y poetas, que son la misma cosa, porque creen en los sueños y las estrellas. Había un farero junto al mar contemplando el cielo cuando, de pronto, cayó una estrella. Y si hubiera caído lejos no se los diría porque es algo común ver estrellas que se caen a lo lejos. La que vio Pedro cayó muy cerca de él, detrás de un marpacífico que aprendía a crecer. Cuando llegó, sólo pudo ver una pequeña florecita junto al tronco. Caminó unos pasos y regresó apresurado, pero ya la flor no estaba.
—¡Oh! qué tonto soy. ¿Quién ha visto marpacíficos azules? Ahora no encontraré a la estrella.
Pero al llegar frente al portal vio a una niña en la puerta. Sonreía al decir:
—Siempre quise ver al mar desde cerquita, pero vivo lejos, ¿podría quedarme?
Pedro se rascó la cabeza.
—Podrías quedarte pero, ¿y tus padres?
La niña respondió con los ojos bajos:
—Están lejos. ¿Podría quedarme?
Entonces a Pedro le pareció escuchar la voz de otro niño, venido de un lejano asteroide, cuando le pedía al aviador que le dibujara una oveja. Esta niña sólo pedía quedarse, y quién sabe de dónde venía y si ni siquiera la esperaba allá una rosa.
—Me gustaría mucho que te quedaras —le contestó.
Le preparó una cama pequeña al lado de la ventana que daba al mar, porque ese era su lugar preferido para dormir y quería darle a su amiga lo mejor. Desde allí veía todas las lucecitas que se encienden en el mar cuando es de noche y escuchaba la voz de las olas cuando saludaban a las piedras. Se acallaron todos los ruidos y durmieron.
Al otro día salieron en el bote a pescar el almuerzo, mientras la niña reía y palmoteaba cuando los peces brincaban en el extremo del cordel. Todo fue simple como el vuelo de las gaviotas sobre el cayo y se veían de la mañana a la noche dos figuras: una alta y otra chica, caminar por la costa, pasear en bote y contemplar el mar cuando éste sólo se alumbra con las estrellas y el faro lleva la paz a los navegantes. Una noche estaban sentados en las rocas cuando el faro se apagó. Pedro se puso en pie de un salto y la niña le preguntó:
—¿Es tan importante que esa luz se mantenga encendida?
—El faro es la estrella de los navegantes. De noche, cuando la tierra se cubre de sombras, pueden suceder muchas desgracias si la luz no ilumina los caminos del mar. Podrían chocar dos barcos, o encallar. ¡Quién sabe cuántas cosas horribles sucederían!
Terminando de hablar, Pedro corrió a la torre y subió los escalones muy rápido para revisar qué había ocurrido y restablecer la luz del faro. El tiempo pasaba y no lograba saber por qué se había roto, cuando se escuchó el sonido de la sirena de un barco. La niña también la oyó y no podía apartar sus ojos de la torre a oscuras.
Al instante, Pedro vio como subía un rayo de luz hasta el faro y éste, como una magia buena, se encendió. Permaneció asombrado allí durante un rato hasta contemplar el barco deslizándose por el canal de paso, sin peligro.
Cuando bajó, la niña había desaparecido. Buscó en cada rincón del cayo, pero no la encontró.
Dicen que todavía Pedro busca a la niña y mira al cielo para vigilar las estrellas fugaces. Dicen que su marpacífico es el único en el mundo que tiene flores azules y brillantes.
Y dicen también que los navegantes le llaman el faro de la estrella porque de lejos, la luz tiene figura de estrella pequeña que, desde entonces,  no se ha vuelto a apagar.

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