miércoles, 28 de marzo de 2012

LA NIÑA QUE SALIÓ A BUSCAR UN CUENTO: EN EL PUEBLO DE LAS CALABAZAS (PARA MICHEL, POR LA IDEA)



(Tomado de photaki.es)



Entonces la niña piensa que en las ciudades, llenas de ruido y humo de automóviles, no va a encontrar su cuento. Decide ir al pueblo de las calabazas y probar fortuna.
Se maravilla con las calabazas que cuelgan como pájaros enormes sobre los tallos delgados de las plantas. Es una rareza, entre muchas. Los vecinos esperan la maduración de las calabazas, para probar su sabor. Dicen que una sola de ellas alcanzaría para hacer flanes durante un mes.
Las calabazas colgantes son un desafío a la lógica y he visto a personas resecas y aburridas reírse a carcajadas sólo de escuchar hablar de eso. Claro, esas son personas que llevan una calabaza hueca por cabeza. No por gusto calabaza y cabeza empiezan y terminan con las mismas silabas: caza.
Dejando a un lado a los cabeza de calabaza ( que son bastante numerosos en algunos lugares) debemos seguir la historia. La llegada de la niña coincide con la de un famoso científico, autor del invento de las enredaderas de calabaza creciendo haciendo arriba.  El otro invento era el de convertir en zumo de frutas al agua. Bastaba echar una pildorita al pozo y ya se tenia un pozo de jugo de naranja, tamarindo, melón, mango, qué sé yo.
Cuando los calabaceros se cansaban de tomar el jugo de la fruta escogida se iban a casa del vecino y probaban otra de un sabor diferente. Daba gracia verlos sentados en los portales con cubos enormes de jugo para tomar y brindar a los demás.
Todo fue bien hasta que llegó el primer problema, que por desgracia llegó  rápidamente porque no necesitaba tren, autobús, auto, ¡ni siquiera bicicleta! Pues si, llegó la sed: no quedaba un solo pozo de agua común, fresquita y transparente.
Están locos, piensa la niña. ¡Cómo podrán vivir sin agua! Un calabacero le había dicho que ahora sería ricos con esos pozos; cada cual vendería jugos de sabores diferentes y hasta podrían llevarlos a otros pueblos.
Hubo una alarma grande en el pueblo. Salen emisarios para todos los lugares cercanos porque el segundo problema es que el inventor ha desaparecido con el  dinero cobrado por las píldoras.
La suerte es que estamos en mayo y de pronto, sin aviso, comienza una lluvia muy fuerte. Los habitantes  corren por las calles para mojarse con el agua dulce y se llenan la boca de gotas de lluvia. Recogen todas las vasijas y las calles parecen un mercado de cubos y palanganas.
Por curiosidad, la niña se acerca a un pozo y saca un cubo del líquido. Lo ve transparente y sospechando qué ha ocurrido lo prueba. ¡Qué desilusión!  Es agua, sí, pero de coco.  Entonces una calabaza enorme cae de lo alto, delante de ella y explota como un globo. ¡Qué tiene adentro la calabaza! Nada de semillas o pulpa amarilla: agua simplemente.
¡Agua!
Es el grito unánime de los calabaceros. Todos se alegran y bailan bajo la lluvia. Nadie piensa en buscar al inventor. Ahora, en vez de calabazas, son pozos colgantes.




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