martes, 13 de marzo de 2012

EL CABALLO DEL MONTE

(Tomado de Cuentos de Peque e incluido en la selección Cuentos a caballo)


Una vez escapó de su familia un caballo negro y se perdió en el monte, causando el asombro de quienes lo vieron allí, pues no habían conocido otro igual. Cuando se vio en la espesura quiso regresar y no encontró el camino. Por suerte, el pájaro carpintero le enseñó cómo salir al llano.
Se fue trotando y dejó entre los habitantes del monte el deseo de tener un caballo con quien jugar. Por eso celebraron un Consejo y el cocuyo propuso construirlo: tendrían un caballo de juguete. Quisieron empezar inmediatamente, pero decidieron dormir primero para tener fuerzas después y hacer un buen trabajo.
Todos soñaron con caballos en colores que corrían alrededor de los árboles, relinchando canciones de campo y luna. Después se levantaron y ¡a trabajar! El cedro ofreció su cuerpo resistente. El totí fue cubriendo poco a poco con sus plumas la figura del caballo. El bejuco más flexible se colocó en el lugar de la cola. Las alas de una mariposa se posaron en la cabeza para ser sus orejas. Cuatro caracoles se convirtieron en los cascos. Sólo faltaban sus ojos. El jiquí propuso ponérselos de cristal, pero la tojosa y el grillo se opusieron porque serían muy fríos. El sol, que miraba desde arriba lo que pasaba, envió dos pequeños rayos y al instante, se encendieron los ojos como chispas.
La alegría fue tan grande que llegó hasta las copas de las yagrumas; los colibríes y las torcazas salieron volando en círculo y formaron un carrusel alado que le hizo un techo de plumas al monte y los otros animales pasearon, mientras el aire soplaba la negra pelambre del caballo.
En lo adelante, Negrito fue el compañero preferido de todos porque siempre estaba alegre y tenía buen corazón. Un día salvó de una trampa a la jutía más pequeña y otra vez liberó a Mariposa Blanca que había enredado sus alas en el yerbazal. Ayudaba a las hormigas a cargar su comida y trabajaba en todo cuanto hiciera falta. Terminaba su labor y se reunían en un claro del monte para divertirse. El conejo saltaba a la grupa de Negrito y hacía cabriolas como los acróbatas del circo. Al galopar, las plumas del lomo se levantaban igual a un abanico y sus orejas aleteaban como si fuera a emprender vuelo. Eran felices. Fueron felices hasta que el murciélago de la cueva vino a contarles que la oscuridad había visto a Negrito y lo quería.
Primero se pusieron furiosos. ¡Ella no podría quitarles a su amigo! Pero el murciélago explicó que la oscuridad se lo llevaría únicamente si se lo regalaban. Ninguno sabía qué hacer. Querían mucho a Negrito, pero pensaban en la tristeza de ella, sin amigos y sin ver la luz del sol. Al monte lo alegraba el canto de los pájaros, las flores y las travesuras de sus habitantes. Lagartija propuso hablar con Negrito para saber qué pensaba. El caballo sintió pena por la oscuridad, pero dudó en irse a vivir para la cueva. Se decidió un día en que el murciélago vino a darle una nueva noticia: la oscuridad lloraba y en la cueva colgaban sus lágrimas transparentes, y eran tantas, que habían crecido del suelo hacia arriba también.
Además, siguió contando el murciélago, esas lágrimas eran tan duras como la soledad y frías como la vida sin amigos ni risas. Negrito les dijo a sus amigos que vendría a cada rato para jugar. Salió trotando hacia la cueva. La oscuridad salió a su encuentro y, en ese momento, comenzó a transformarse el caballo.
Las mariposas de sus orejas salieron volando y los cascos caracoles se alejaron en cuatro direcciones. Los ojos se convirtieron en dos cocuyos de faroles verdes y por último, las plumas salieron volando lentamente y a su paso fueron extendiendo la negrura de la noche. El viento traía los relinchos del caballo y un suave aletear de plumas y alas de mariposas. Los habitantes del monte fueron a dormir; era la primera vez que la luz del sol dejaba de alumbrarlos.
Durante muchas horas, la noche cubrió árboles, atajos y caminos con su vestido. Por fin, el sol se levantó y poco a poco fueron desapareciendo las sombras en la boca de la cueva. Cuando la mañana había llegado a cada rincón, se vio salir a Negrito y llegar trotando hasta el almácigo viejo. Enseguida corrió la voz de su llegada y fueron reuniéndose los amigos para jugar.
Desde entonces, la oscuridad es un caballito negro que cada día se va al monte a jugar.
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