martes, 13 de junio de 2017

SOLSTICIO DE JUNIO: ¿VERANO O INVIERNO?



El próximo 21 de junio de 2017, a las 4: 24 UTC (Tiempo Universal Coordinado) ocurrirá el solsticio, de verano para el hemisferio norte y de invierno para el hemisferio sur. Resultará entonces que ese día será el más corto del año para quienes reciben el invierno y el más largo para quienes estaremos dándole la bienvenida al verano.
Conocido es que este es el momento del año en el cual el sol alcanza su máxima declinación norte y su máxima declinación sur, con relación al ecuador terrestre y varía cada año, pues debe calcularse con precisión ese momento del año. En el solsticio de junio, el Sol sale como unos 23,5° hacia el Norte del Este.
En cuanto a los planetas, el cielo matutino estará dominado por Venus durante todo el verano y por Marte desde mediados de agosto, mientras que en el vespertino serán visibles Júpiter y Saturno durante toda la estación. Durante el verano se producirán dos eclipses, el día 7 de agosto habrá un eclipse parcial de Luna que será visible en Australia, Asia, África y Europa, desde España podremos ver sus últimas fases, y el 21 de agosto un eclipse total de Sol visible en EEUU, que será visible como parcial en América, África y, antes de la puesta de Sol, en Europa.
El 3 de julio, poco después del solsticio de verano, la Tierra estará en el momento del año en que se encontrará más lejana del Sol. Además, en esta estación podemos disfrutar de lluvias de estrellas tan intensas como las Delta-Acuarias o las Perseidas.
La tradicional lluvia de estrellas de las Perseidas sucederá cerca del 12 de agosto y su observación se verá dificultada en la primera parte de la noche por hallarse la Luna en fase posterior a la luna llena.
En un artículo de la Academia de Ciencias de Costa Rica, se explica que «En esta fecha los rayos solares caen perpendiculares sobre el paralelo 23,5° norte (latitud de la Habana), también llamado "Trópico de Cáncer", porque hace unos cuatro mil años durante el solsticio, el Sol tenía como fondo las estrellas de Cáncer. Pero en la actualidad, el Sol no se encuentra en esta constelación en el solsticio de junio, ni tampoco en la vecina Géminis, lo cual sí ocurrió durante los últimos 2000 años. Si pudiésemos ver las estrellas de fondo de este día, encontraríamos que el Sol está cercano a la frontera entre las constelaciones Géminis y Tauro, moviéndose cada año hacia Tauro, lugar al cual recurrirá en los próximos dos mil años. Por tal razón, en el futuro sería mejor llamarlo Trópico de Tauro».
Por otra parte, en el hemisferio norte, el solsticio está asociado a las celebraciones y ritos del día de San Juan, el cual es el 24 de junio, pero se vinculan.
De ahí que en muchos países es celebrada la llegada del verano con festejos y tradiciones muy particulares, pero generalmente asociadas al fuego, resultado de costumbres ancestrales de las diferentes culturas. http://lanocheenelbolsillo.blogspot.com/search?q=Ritos+de+la+noche+de+San+Juan
De cualquier manera, la magia de la noche más corta del año (que en este 2017 será la del día 21), no supera la que se enciende con el fuego el día 23.
Celebrar la vida, la luz y el calor, es la forma en que los seres humanos agradecemos nuestra estancia en este planeta azul.


lunes, 12 de junio de 2017

PEDRO ASSEF, SIEMPRE QUEDA EL AMOR


 
Pedro Alberto Assef
21 de mayo de 2016, Plaza San Jacinto en El Paso, Texas
(Foto cortesía de Jorge García)

Hoy 12 de junio hubiera cumplido Pedro Assef 51 años. No quiso la tercera y más implacable de las moiras que siguiera habitando este planeta; no respetó el exorcismo de la soledad con su poesía: tenían celos de otras miradas y otros murmullos que inventaban las palabras a su paso.
Releyendo los poemas que aparecen y que escribiera como un conjuro contra la soledad que señoreaba sus ojos y su alma, he querido conversar con él desde su poesía, que es el único diálogo honrado que se me ocurre.
Larga vida a ti, poeta, que moras entre los dioses de la palabra que inmortaliza y vivifica. Acá se queda tu estirpe y la poesía. Para siempre has partido con la camisa blanca, como decías en Siempre escribo tu nombre bajo el agua:

El día o la noche que me toque partir
voy a ponerme tu camisa blanca
y así cuando me veas dormido para siempre
reirás y llorarás a cátaros sobre mis ojos
y tus lágrimas irán despegando poco a poco mis párpados
hasta encontrarse con el mar
igual que el primer día de la primera vez que te abrazaba
con esta lengua torpe
con esta mano oscura
sabré que no triunfó el amor sino el olvido
pero veré desde la muerte cómo crece tu aliento
cómo se va inclinando tu hermosura hacia mí.

Entonces escribo tu nombre sobre las aguas de la eterna memoria y te digo, querido poeta:

Siempre queda el amor
         La muerte es un pequeño silencio en el amor.
                                   Pedro Assef

Un silencio que duele.
Un silencio que aleja
de un manotazo
el sol
que espanta
-como el trueno-
las alas de los pájaros
la risa
y el amor.

La muerte, amigo mío,
es esa amante impía
que te roba los sueños
la poesía
el dolor
y te convierte en nombre
en recuerdo lejano
más allá del amor.

La muerte es un pequeño
y callado suspiro
que el poeta
escribió
cuando atisbó en lo oscuro
de la sombra
su adiós.

La muerte es un pequeño silencio en el amor
no dejemos que calles, poeta
no pudimos salvarte con ninguna palabra
pero como en uno de tus memoriosos
poemas
-los del hambre-
no digamos que partes
sino que te has quedado
en ese lugarcito
donde haces que todo 
se parezca al amor.

sábado, 10 de junio de 2017

ARTURO PÉREZ-REVERTE: SALVAR LOS BARCOS EN TIERRA




Que soy una rendida admiradora de todo cuanto escribe Pérez-Reverte no es una sorpresa para quienes me conocen bien. Creo que el hecho de haberlo descubierto gracias a “El club Dumas” vino a sembrar un encandilamiento literario que aún me dura. No lo superan ni “La sombra del viento” ni "El juego del ángel", de la saga de El cementerio de los libros olvidados, ni las novelas de Ken Follet (y mira que "Los pilares de la tierra" me encandilaron) porque, además de que Pérez-Reverte tiene una prosa que me atrapa, su versatilidad de temas y medios para los que ha escrito le confieren una especie de don de ubicuidad que me hace tropezar con él una y otra vez. También será que el nombre es el de mi leyenda preferida, esa que me acerca a los celtas y al mago Merlín…
Primero leí una cantidad de novelas que compramos en La Habana para la biblioteca de Gente Nueva. Luego, me hicieron un regalo que completó en buena medida mi conocimiento y disfrute de su obra. Pero esa maestría al combinar en cada texto la jerga propia del ambiente (sea de espadachines como los del capitán Alatriste, cuya saga he leído toda, o la marinera en novelas del tema o en la compilación que leo ahora de sus artículos en XL Semanal, me fascinan y no diré que me atrapan, sino que me hechizan.
Esos textos que, cuando uno los lee piensa: ¿Cómo se le puede haber ocurrido?, da igual que sea una frase, un tema o una imagen. Y por eso la degusto como cita Martí la anécdota de Chichá, la niña bonita de Guatemala. “Chichá, ¿Por qué te comes tan despacio esa aceituna? Porque me gusta mucho”. Así que reservo para mis fines de semana leer los artículos recogidos bajo el titulo "Los barcos se pierden en tierra", leyéndolos de dos en dos (seis páginas exactamente), porque es el último volumen de sus textos que me queda por leer. De los que tengo, claro. Cuando termine de escribir, buscaré en su sitio si tiene nuevas novelas, pero creo que quienes compartimos  el momento histórico con un autor como Pérez-Reverte, hemos sido honrados por el universo con el raro y divino privilegio de leerlo, siendo un crimen de lesa literatura ignorar el placer de disfrutarlo.
Mención quiero hacer del prologuista de esta edición, Jacinto Antón, quien habiéndose atrevido a la hazaña de introducir los textos de Pérez-Reverte ha logrado un magistral prólogo y, por tanto, reverencio su talento y generosidad intelectual. Una bellísima prosa que nos da la bienvenida, nos abre las puertas, al disfrute de los artículos de "Los barcos…"
Por el momento, voy a disfrutar de mis páginas de hoy, que lo dejé en esa simpática reseña de la exposición parisina de Tintin, Mil rayos
Y mientras, siguen las palabras dibujando sus huellas de tinta en el papel o proyectando su sombra nítida en la pantalla virtual, desoigo los comentarios publicitarios sobre la sabiduría narrativa de Pérez-Reverte, las calificaciones de juego entre historia y ficción que le endilgan los especialistas en marketing, porque la real explicación es la que nos llega cuando conquista nuestra atención de lectores ávidos de ser colonizados por su palabra: escribe porque le nace de lo profundo, no sé si del corazón o del alma, y como es auténtico, no se queda solo en buena literatura. Sencillamente, es genial.
Y, con permiso de su prologuista, sus palabras nos permiten escuchar el viento que sopla en las jarcias, no debajo, sino desde las estrellas.

martes, 30 de mayo de 2017

Y SI NO DESPERTARA…



Luego de una muy triste noticia recibida la semana pasada, por inesperada aún más angustiosa, he estado los últimos días pensando más que otras veces acerca de la fragilidad de la vida humana. Nadie sabe hasta cuándo estaremos vivos. Ni siquiera imaginamos cuándo ocurrirá, aunque hay personas que, por padecer alguna enfermedad, la esperan con un poco más de certidumbre. No se sabe cuando la tercera parca cortará el sensible hilo que nos mantiene unidos a la vida. 
Para estar más cerca de los celtas, en gaélico irlandés expresaríamos:

Bás chomh cinnte a bhuachan a thugann dúinn sochar feadh an tsaoil.
En español: La muerte está tan segura de su victoria que te da una vida de ventaja.

Solo que muchas veces la noticia llega, te abofetea y sigue su viaje al infinito, sin dejarte respirar y sin tiempo para adaptarte a que no volverás a escuchar esa voz, que nadie responderá tus mensajes y que las conversaciones con esa persona solo podrán ser en la imaginación, o en sueños, que son la misma cosa. Como me sucedió con Pedro Assef, o con Ricardo.
La muerte es un silencio pequeño en el amor, dijo Assef, y creo que no es un silencio, es un grito angustiado y desgarrador cuando sentimos que personas tan queridas parten a otra dimensión y se alejan sus versos, sus risas, sus cercanas y necesarias voces.
Por eso hoy, cuando recibí esta carta de mi amiga Celima sentí que había llegado el momento que espero hace días para extrañar desde las palabras a un querido amigo que ha partido, sin que pudiéramos despedirnos, sin que la última vez que hablamos supiéramos que era la última, y porque también pensé que por ley natural de la vida en algún momento partiría yo primero, porque era muy joven.
Busco la frase exacta y encuentro lo que otras veces he escuchado:

“Aquellos a quienes los dioses aman mueren jóvenes”. Refieren en La Prensa que es una sentencia de Menandro, autor griego de comedias del siglo III antes de Cristo. Mientras que Plauto, también autor teatral, pero latino, expresó igualmente que “aquel a quien los dioses favorecen muere joven, mientras goza de salud y conserva sus sentidos y su juicio sanos”.

Pero he aquí la hermosa carta que enviara mi amiga, de una persona que está en esa edad de la vida en la que puede ocurrir que nos visite la muerte estando vivos, porque perder la memoria y nuestros recuerdos, es también morir un poco, aunque se respire.

Querida: 
Te escribo ahora, mientras duermes, por si mañana ya no fuera yo el que amanece a tu lado. 
En estos viajes de ida y vuelta cada vez paso más tiempo al otro lado y en uno de ellos, ¿quién sabe?, temo que ya no habrá regreso. 
Por si mañana ya no soy capaz de entender esto que me ocurre. Por si mañana ya no puedo decirte cómo admiro y valoro tu entereza, este empeño tuyo por estar a mi lado, tratando de hacerme feliz a pesar de todo, como siempre. 
Por si mañana ya no fuera consciente de lo que haces. Cuando colocas papelitos en cada puerta para que no confunda la cocina con el baño; cuando consigues que acabemos riéndonos después de ponerme los zapatos sin calcetines; cuando te empeñas en mantener viva la conversación aunque yo me pierda en cada frase; cuando te acercas disimuladamente y me susurras al oído el nombre de uno de nuestros nietos; cuando respondes con ternura a estos arranques míos de ira que me asaltan, como si algo en mi interior se rebelara contra este destino que me atrapa. 
Por esas y por tantas cosas. Por si mañana no recuerdo tu nombre, o el mío. 
Por si mañana ya no pudiera darte las gracias. Por si mañana, Julia, no fuera capaz de decirte, aunque sea una última vez, que te quiero. 
Tuyo siempre, 

T.A.M.

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