miércoles, 14 de marzo de 2012

DESDE EL AMOR Y LA MEMORIA (La noche en el bolsillo)



El amor es un misterio. No lo digo solamente yo; también lo confiesa Helena cuando descubre este sentimiento que la sorprende y confunde. Ese primer amor que sentimos en la vida nos convierte el mundo en un lugar tan hermoso que nos asombra: nada volverá a parecernos lo que antes era. Nos puede alegrar o entristecer a la vez y sentir la felicidad sin razón aparente. Con el tiempo vemos que son infinitas las posibilidades de enamorarnos, pero esa primera vez es mágica y nunca la olvidaremos. Ese amor convierte al ser amado en nuestro héroe o heroína más increíble, porque también ocurre que lo acompaña una ilimitada admiración por cualidades que se nos antojan sobrenaturales. También es curioso que los hombres y las mujeres somos iguales ante el amor, como ante la muerte, quizás porque cuando amamos la vida se nos muestra en una dimensión desconocida.
No es casual el epígrafe de Poe que aparece al principio de esta novela. Recuerdo que hice leer a mi profesora de Inglés El cuervo (tenía un acento hermoso), porque no existe para mí un mejor ejemplo de la musicalidad de un poema. De cuando en cuando leo la explicación de su autor acerca de cómo concibió el poema y es un regalo para mi espíritu. Soy una habitual y apasionada lectora de poesía y no miento al decir que es mi poema favorito. Creo que su grandeza está justamente en la armonía que logra entre el amor y la muerte. Pero también pienso que la vida nos va descubriendo sentimientos tristes a cada paso y quizás sea la muerte el que nos causa la más profunda tristeza, en la misma medida que el amor engendra nuestra mayor felicidad. Analogía y paradoja van siempre de la mano, pero he querido escribir sobre el amor y no faltan las pequeñas angustias que lo acompañan.
Las historias de amor, desde siempre, han despertado en mí un estado de gracia indescriptible. No podría decir cuántas he conocido gracias a las páginas de los libros e, inevitablemente, la vivo como si fuera propia. Por eso me decidí a escribir esta, que empecé a escribir un día, la abandoné por años y luego la terminé con una urgencia inesperada, como si en ello me fuera la vida. He disfrutado mucho escribiéndola. Los buenos recuerdos de esa etapa de mi vida como estudiante vuelven con frecuencia. Conocí y quise a muchas personas, imborrables para mí, aunque los caminos después fueron diferentes y a algunos no los he vuelto a ver. Atesoro con cariño la amistad y el aprecio de muchos con quienes compartí aquellos momentos y de otros que vinieron después, cuando ya no era una muchacha. No sé si he merecido todo ese afecto, pero es de mis posesiones más preciadas y han estado para alegrarme cuando ese otro amor no ha estado en mi vida.
Por lo general las dedicatorias en los libros son breves y no permiten agradecer a todos los que uno quisiera. Entonces decidí que ahora deseo hacerles saber que, aun sin vernos, han formado y aun forman parte de mi vida.
En la novela hay personajes y situaciones reales y de ficción que conviven en armonía. Thais, Magdeleine, Estela, Rebeca, Flor, Juan Carlos, Gilberto, Maykel, Carlos, el diri, el yanqui, Ramón, Rosabal, Eduardo, Esperanza y Milagros (las jimaguas), Maritza, los profe Esperanza, Raúl Gorrity, Miguel y Luis. Hasta los que no aparecen expresamente, mientras escribía, estuvieron muy cerca de mí como en la secundaria y en el preuniversitario.
Otros como Guillermo, Maritza, María Elena y su mamá Fina, Olguita, Nelio (de luminosa memoria), Ramón el Bicho, me acompañaron en muy difíciles momentos. Mis amigos de la Biblioteca Pública de Cienfuegos, del Centro de Patrimonio y del Libro fueron mi familia cuando la tuve lejos. Por eso, si escribo sobre el amor los menciono porque también fueron parte de ese mundo íntimo y particular.
Justo, José Díaz Roque, Maritza, Candelario, Michel, Coyra, Ian, Mayito y la otra Maritza, ocupan un lugar muy especial. Recuerdo sus cumpleaños, frases y voces que llegan a mí desde la distancia para hacerme compañía. No puedo olvidar el cariño de Danilo, Lily, Iliana, Orestes, Violeta, Chaly, Deysi, Juanita, Lucía, Nivia y Clara, Mariloly, David, Rafaela, Mirtica, Anivia, Alejandro, Lester, Marcos, Ariel, Baby, Rosa María, Beatriz, Grisel, Geysi, Ana Teresa, Sarría, Omar, Pedro, Rodolfo, Carlos Díaz, Martha de la Cruz y Fidelito.
En época más reciente, tuve la suerte de encontrar la amistad de seres únicos en la editorial Gente Nueva, otros escritores y gente del mundo del libro. Ellos saben quiénes son. Mencionaré solo a Janet, amiga y maestra, mi querido Espino (Erick el Rojo), Jacqueline, María Elena, María del Carmen, Rosa, Mirta, Alga Marina, Celima, Aracely, Lida y Gretel, porque no me lo perdonarían, pero son muchos más. Entre ellos mis compañeros de viaje Zurbano y Pérez Chang.
Sin el amor de mi madre no tuviera hoy la sensibilidad imprescindible para hilar mis narraciones dedicadas a esos «locos bajitos» sin los cuales no podría vivir y mi padre me abrió los ojos a la tolerancia. La ternura de mis tías Chacha, de dulce recuerdo, y Luisa fue un alimento vital para mi espíritu. Tengo una familia numerosa, a la cual adoro, con muchos hermanos, tíos, primos y sobrinos de la cual escribiré algún día y de quienes podría decir como Dumas que somos «todos para uno y uno para todos». No sé qué me hubiera hecho sin Tavito, Elvira, Carlos, Magaly y Valia (citados por edad para que no haya celos).
Otras muchas personas, cuyos nombres a veces recuerdo y otras no (con esta memoria que se ha deteriorado), vienen a mi mente siempre con sus rostros amables, y ahora también acuden.
Creo que la vida me ha premiado al rodearme de tanto cariño y darme dos hijos que son mis sueños de carne y hueso. Por eso agradezco además a su padre, Alfredo, por tanto tiempo y amor compartido.
Eso tiene de bueno el amor: la infinitud.






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