jueves, 29 de marzo de 2012

EL NIÑO Y EL OGRO


(Tomado de bujinkansankaidojo.wordpress.com )
El ogro Miguel le tiene miedo a los niños. Nada más verlos empieza a temblar y a echar humo por la nariz chata y las orejotas. No puede remediarlo y, de verdad, hay que comprenderlo. Sus recuerdos son terribles: cuando suspendió el primer grado su mamá le regaló un canario y su pequeño vecino lo mató a pedradas, y cuando fue a preguntarle por qué había hecho eso, el vecino y sus amigos lo persiguieron por toda la ciudad tirándole bolas de una cosa negra y pegajosa que solo después supo que se llamaba asfalto. Aunque han pasado varios años, todavía en una oreja le queda un poco, como un trofeo de la guerra callejera. El mayor problema es que no se asustan con los rugidos del ogro, ni con el humo que despide cuando se pone furioso.

Esos malos pensamientos le vienen a la mente ahora mientras pasea por el parque de diversiones, casi a medianoche. Su única tranquilidad es que a esta hora esos pequeños monstruos no están aquí.
Se sienta debajo de un roble, junto al arroyo, para mirar al cielo llenito de estrellas. Siente el sonido de unas pisadas suaves muy cerca de él y ve a un perro. El chucho lo mira y sigue su camino, Oye pisadas otra vez y es un niño quien viene. El ogro se esconde atrás del tronco del árbol para que no lo vea. ¡Qué mala suerte! El niño se sienta en el mismo lugar donde él estaba momentos antes y Miguel oye un ruido extraño. ¡El niño está llorando! Miguel mira a todos lados. ¿Será que lo vienen persiguiendo? No se ve a nadie ni se escucha otro sonido que el del llanto. ¿Por qué será que llora? El niño se levanta y empieza a gritar mientras camina:

—¡Canelo! Ven aquí, Canelo, no seas malo.
Entonces el ogro entiende que el niño llora porque se ha perdido su perro. Esto sí es extraño. Miguel está asombradísimo. ¿Un niño que llora por su perro? Una esperanza se abre paso en su cabezota de ogro: ¿este niño no será de los que matan canarios o tiran piedras? Habla bajito, para que el otro no lo oiga.
—Si llora, no puede ser malo. Quiere al perro, así que debe tener buen corazón —se dice, tratando de convencerse.
Unas ramas se rompen debajo de sus patas y el niño lo descubre.
—Buenas noches. ¿Ha visto un perro carmelita por aquí?
Al ogro le parece que sueña. ¿De verdad le dijo buenas noches ese niño, y lo trató con respeto? Se rasca los ojos con una pata. Está despierto, así que le responde:
—Buenas noches. Yo vi a un perro correr hacia allá —señala hacia unos matorrales.
El niño corre y enseguida regresa con el perro en brazos.

—Lo encontré, muchas gracias —dice y le tiende su mano para agradecerle. El ogro la aprieta y  piensa que muchas cosas van a cambiar a partir de ahora.

Cuando se es amigo de un niño que ama a su perro y es capaz de llorar por él, la vida es maravillosa, por muy ogro que se haya nacido.
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