martes, 13 de marzo de 2012

LA NIÑA QUE SALIÓ A BUSCAR UN CUENTO

Cubierta de la edición de Panamericana
Editorial, de la autoría de Henry González

Desaparecen los sueños

Se aleja de los edificios y llega a otra ciudad. La reciben amablemente y se hospeda en la casa de una prima de Hojaverde. Allí se entera de algo curioso: los sueños de todos los habitantes están desapareciendo sin saber cómo. La noticia recorre las calles. Cada vez son más las personas que no sueñan y la inquietud por el suceso hace que comiencen a padecer de insomnio. La preocupación crece con los sinsueños y ahora alguien, en su casa, le está escribiendo al detective más famoso del mundo para resolver el misterio. El detective recibe la carta y le cuesta trabajo entenderla, porque Doña Finita escribió en clave, por si los ladrones la interceptaban.
“ Querido Det----ve:
Resulta que en P-eb-o H-nd- se están per-i-ndo los su----. Necesitamos ay--a. Ven-- urg---em--.”
Lo- vecin-s.
La última palabra casi está completa porque no es peligrosa. Si consiguen adivinarla no importa y si el detective logra entenderla es el hombre que necesitan para aclarar el caso. 
Afortunadamente al detective le gustan los crucigramas, los criptogramas y los misterios. ¿A ti también? Entonces completa el mensaje poniendo las letras que faltan. Aquí llega el detective con su lupa, su boina y la capa de cuadros. Los vecinos lo miran embobados:
“Este sí es un hombre listo”, piensan."Si entendió la carta seguro descubrirá a los ladrones". Esto último lo dicen Neno, Doña Finita y Peperlan. 
Ahora interroga a los vecinos, sigue unas pistas y visita los lugares públicos. Nada sospechoso ve en el mercado, ni en las paradas de guaguas, ni siquiera en las barberías. Por supuesto, el barbero, quien conoce vida y milagro de todos, nada sabe de los sueños perdidos. Los chismes le mantienen muy ocupado. Sin decir una palabra a alguien, empieza a velar por las noches, pero como los sueños no pueden guardarse con llaves y candados, siguen desapareciendo. Llega el momento en que todos los habitantes, menos uno, han perdido sus sueños. La niña forastera sigue soñando.
―¿Sabe una cosa? ―le dice al detective―. Me parece que faltan algunos sueños.
―¿Cuáles?―pregunta él, esperanzado.
Pero ella no puede recordar. Eso tienen los sueños, que existen en nosotros mientras nos alegran la vida y después que desaparecen sólo queda el vacío. No sabemos cuánto de bueno y lindo hemos perdido. 
He aquí al detective. Parece una sombra más entre las sombras del patio de la casa donde duerme la niña. Ve una figura que se acerca sigilosa a la casa, con un saco a la espalda. Ya entra y detrás de él, nuestro detective. Espera que se incline para abrir el saco y ¡zas! lo atrapa y enciende las luces.
El saco está, pero el ladrón no. Se esfumó, o se volvió humo. Nunca sabremos quien es el ladrón de nuestros sueños, pero ellos han vuelto. La voz de que el ladrón fue sorprendido vuela por la ciudad como una mariposa nocturna.
Los vecinos hacen un coro alrededor del saco y esperan el amanecer.
Ya es de mañana. En la plaza de la ciudad se reúnen los habitantes. El detective sacude el saco encima de una gran mesa que han traído. Salen de él los sueños robados, tímidos y susurrantes.
Cada persona se acerca para recuperar sus propios sueños: los reconocen nada más verlos. Empiezan también los asombros de algunos. “Pero ese hombre,tan flaco y callado, ¿es el dueño de ese sueño tan luminoso?”, se dicen estos. “¡Ah!, pero aquel otro parece un poco tenebroso para una muchacha tan alegre”. Y así empiezan a conocer mejor a los demás, porque a la gente se le conoce verdaderamente por los sueños que lleva dentro.

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