miércoles, 14 de marzo de 2012

Y SIN EMBARGO SE MUEVE (…desde Silvio Rodríguez): La Colmenita

Lapatún (Olito Tamayo) explicando a la Directora sus razones

Nadie duda que entrar a una sala de teatro es traspasar la frontera ilusoria que deslinda verdad y fantasía, que cuanto oigamos o veamos nos coloca en un estado de gracia durante el cual todo es posible, pero cuando llegamos a esta sala en particular compren-demos que estamos hollando una tierra mágica.
“¡Bah!”, dirá cualquiera menos entendido en la materia de los sueños: “¡Pura palabrería para impresionar!” Y para los descreídos es esta obra, cuyo título es el alma de la representación. 
Confieso que me hubiera gustado tener a mano el original de Alexander Jmélik, sólo por curiosidad, pues creo que el primer acierto es la adaptación realizada por Carlos “Tin” Cremata Malberti. Cuando se monta una obra escrita en nuestra lengua, en tiempo actual, estos elementos favorecen el necesario diálogo actor-espectador, así como el nivel de apreciación e identificación con la trama, pero si se deben salvar las diferencias de espacio, tiempo y lenguaje hay que ser un orfebre de la palabra y la dramaturgia, que es en lo que se ha convertido Tin en este caso.
El humor, rasgo indiscutible de cubanía, es constante y un recurso utilizado con mesura y buen tino. Las situaciones y conflictos, los diálogos de los personajes, la gestualidad y el vestuario logran acercar al espectador no solo a la intención del argumento sino a nuestra actualidad, sin perder el hálito del clima de censura de la Inquisición. Más aún, demuestra que no es una época terminada sino que, en los más cotidianos actos de la vida (como puede ser un examen), es un hecho que quienes gozan de cierta autoridad utilizan la censura, castigan y reprimen, con tal de conservar el statu quo.
Cuando se ve a la tradicional maestra escribiendo en el pizarrón del aula nadie imagina lo que vendrá luego. Lapatún entra en escena, tímidamente, y parece estar fuera de lugar. Después los hechos se precipitan: en el colegio admiten cualquier excusa, desde un incendio hasta una enfermedad, menos el encuentro con seres extraterrestres. Ningún paralelo podría ser mejor: tampoco al científico le creyeron que la tierra giraba alrededor del sol. Los buscadores de la verdad batallan, investigan y tratan de demostrar el beneficio de la duda que conduce al progreso en franca oposición con quienes se aferran al mundo conocido. Existe una apreciación de que toda obra humana es perfectible. Disiento, porque de lo contrario tendría que admitir la divinidad de esta cubanísima puesta en escena y endilgarle a los colmeneros (mayores y menores) la categoría de ángeles y serafines, con lo cual sí estoy en total desacuerdo. No puedo señalar defectos. Disfruté la puesta en escena de cabo a rabo.
Me cautivó la original escenografía, animada constantemente por unos pequeños seres que deambulan por el escenario y disfruté de la excelencia de las actuaciones. Inolvidable es el Lapatún de Olito Tamayo; sobresalientes Shafin y Peco, por mencionar a los de mayor impacto. La maestra, la directora, los niños del Consejo Escolar, Pando y María actúan de manera impecable y logran ser creíbles, alcanzando la simpatía o antipatía del público. La puesta en escena es una muestra de talento, sencillez y sensibilidad. Las entradas y salidas de los personajes, los tránsitos de un acto a otro, el uso de efectos especiales (mínimos) y otros recursos como el de las versiones de las canciones escolares de acuerdo con el argumento, mantienen la atención del espectador en vilo. Además de todo lo dicho considero que tiene la virtud de haber cuidado los más mínimos detalles: en el vestuario, las luces, la selección de los actores, la exquisita dicción de estos jóvenes actores, las voces que interpretan las canciones. Creo que en todo se nota la excelente dirección sin menoscabar el indudable talento de cada quien. 
Para el final he dejado la música, de forma intencional. No soy nada original al decir que, en este caso, la música es un personaje más. Cada tema emociona, comunica, reafirma una idea, en suma es un ente vivo que corrobora lo enunciado por el título “…desde Silvio Rodríguez”. Escuchar las interpretaciones de los temas de Silvio, a veces coreadas, en voces de los niños, es un regalo para el espíritu. El ansia por el mejoramiento humano presente en la obra de Silvio y su vibrante poética afinan extraordinariamente con el tema. La selección de cada canción armoniza con el espíritu de la obra de forma que tal parecen escritas para ella.
Cuando pienso de nuevo en Sin embargo… acude a mi memoria un hecho curioso. Todos los personajes, excepto Lapatún, tienen en uno u otro momento súbitos arrebatos pasionales: la maestra, quien casi siempre está histérica; la atildada directora, cuando ve amenazado el orden de la escuela; Shafin, cuando Lapatún se retracta; las chicas del Consejo Escolar y el presidente; Peco; el tranquilo Pando con la historia del perro y hasta la dulce María, al desmentir las conclusiones de la comisión comprobadora. Solo Lapatún se mantiene inalterable, apacible. Él sabe lo que vio. Tiene su verdad y eso lo calma. 
Cuando recuerda a Galileo musita las palabras. Eso hace La Colmenita: crear la belleza de forma apacible —con el talento por toda riqueza— y, sin grandilocuencias, conmueve y cambia.
Después de asistir a esta representación no es el mundo el mismo lugar que conocimos antes de ella. Por eso les agradezco y felicito. 
En mi nombre y en el de todos los que creen en el poder renovador y de crecimiento del arte verdadero. Como felicito a ese Tin mago que cumple años un día 26 y todos los días, porque vive en cada niño de la compañía y en todos los que tienen la dicha de ver obras como esta.
Una inconformidad me queda. El atuendo moderno me impidió homenajear a los artistas como ellos se merecen: debí inclinarme y quitarme el sombrero. Eso hago ahora, desde este callado papel que “sin embargo, se mueve”.



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