viernes, 30 de marzo de 2012

LA NIÑA QUE SALIÓ A BUSCAR UN CUENTO: PARA DESHOLLINAR NUBES...



Tomado de defondos.com
PARA DESHOLLINAR NUBES SE NECESITA...

La niña va por el camino y empieza a llover. Primero caen goterones, luego una lluvia fina como el rocío. Escampa y ella ve el polvo seco bajo sus pies. Debe haber sido sólo una nube, piensa.
A los pocos minutos un chaparrón la empapa y al mirar alrededor todo está seco menos ella. ¡Caramba! Sólo me estoy mojando yo, como si usaran una regadera. Y es verdad. Entonces ella se queda quieta debajo del agua. Cree oír unos estornudos pero no se ve a nadie más. Cuando el agua cesa quiere ver qué pasa, parada en el mismo sitio. Mira hacia arriba cuando unas patas de madera pasan casi rozándola. ¿Qué es eso?

Las patas siguen dando grandes zancadas y se pierden en lo alto. Ahora puede ver que los círculos de agua se van repitiendo en los lugares por donde pasan la patas.

Las sigue; se posan unos segundos y después siguen caminando. Se le pierden de vista entre unos robles y he aquí que del cielo viene cayendo una sombrilla gigante como un paracaídas. Colgando de la sombrilla viene alguien que aterriza cerca de ella. Imaginen a la niña al verse cara a cara con el desconocido.

—Hola, pequeña, —le dice— no te asustes.
A ella el asombro le había abierto los ojos y la boca.

—Y las patas, ¡son tuyas! —pregunta la niña.

—Si, son mías. Gracias a ellas puedo hacer mi trabajo. 
El hombrecito tenia la cara como si fuera algodón.

Espera otra pregunta, pero el susto ha aprovechado para llevarse por un rato la voz de la niña. El dueño de las patas de palo comprende y quiere ayudarla.

—Me ocupo de deshollinar nubes.
Y la lleva con él hasta los árboles. Allí están los zancos de madera, recostados al tronco de un roble y una vara larga. El hombrecito sube al árbol y desde abajo ella lo ve quitando el penacho que tiene la vara en una punta.

La niña puede hablar por fin y le pregunta qué es eso de deshollinar nubes. !Oh! Ni siquiera imaginaba que cuando las nubes están muy llenas de agua engordan tanto que no pueden correr de un lado para otro y se adormecen. Es entonces cuando el deshollinador les hace cosquillas con las plumas que lleva su escobón y ellas estornudan y pierden un poco del agua.

—Si quieres, te deshollino a ti también.
Y le pasa las plumas por la frente. La niña se siente caer en un pozo sin fondo, donde ve destellos y sombras. Sacude la cabeza. ¡Ni siquiera ha cerrado los ojos!

—¡Quién eres! —pregunta la niña.

—Recuerdas, soy el deshollinador de nubes.

—No recuerdo— contesta ella—. ¿Qué haces aquí?

—Converso contigo —sonríe el—. También deshollino los recuerdos y eso he hecho ahora. Si estabas preocupada por algo, ya no lo estarás más.

—No, por favor —le pide la niña—: necesito mis recuerdos, aunque me preocupen. Sé que he llegado a este lugar por algo y no puedo acordarme.

El deshollinador arruga un poco su frente de nube. Le parece tonto que alguien rehuse no tener preocupaciones.

—Sabes, deshollinador, debo estar haciendo algo importante, porque mi casa está lejos y nunca la hubiera abandonado si no fuera necesario. Por favor, devuélveme la memoria.

—Sea —contesta él.

Pasa las plumas en el sentido contrario y la niña suspira. Ahora es él quien quiere saber qué hace la niña por esos lugares.

—Salí a buscar un cuento —le dice.

—¿Cómo? —pregunta él, sin entenderla.

—Es sencillo. Ando por el mundo buscando un cuento —repite ella.

Él no puede hacerla imaginar cuentos con sus plumas, pero conoce a alguien. Alguien que debe saber muchos cuentos porque fabrica libros.

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