viernes, 8 de junio de 2012

LA NIÑA QUE SALIÓ A BUSCAR UN CUENTO: EL ENCUENTRO


Cubierta de la edición de Panamericana
Editorial, de la autoría de Henry González
EL ENCUENTRO
                                          


Pensativa se despide del deshollinador y llega a la última calle del pueblo que indica el regreso de su viaje. Hay una casa de madera y tejas con un cartel: Biblioteca.

Ahora sí encontraré mi cuento, piensa la niña.

Dentro hay muchos estantes con libros. ¡Qué curioso!  En la cubierta no aparecen títulos ni láminas.  Mira a la joven sentada detrás de la mesa que la saluda en silencio y continúa escribiendo.

Coge un libro en sus manos y lo abre.  Todas sus páginas están en blanco. Lo cierra, decepcionada.

Cuando lo va a poner nuevamente en el estante ve que la cubierta está ilustrada y tiene un título, y hasta su autor, mejor dicho: autora. ¡No puede ser!  Este libro estaba en blanco.

—¿Decías? —pregunta la joven.

Sin darse cuenta ha hablado en voz alta.  Sacude la cabeza y no contesta.  En la cubierta aparece un dibujo de ella caminando por la ciudad y puede leerse en letras grandes

        LA NIÑA QUE SALIÓ A BUSCAR UN CUENTO

                                Mirtha González Gutiérrez


“¡Esa soy yo!  Pero, ¿cómo?”

Hojea de nuevo el libro y lee:


“Abre los ojos despacio.  Por los cristales asoma la claridad de la mañana.  Se acuerda del anuncio de la tormenta de árboles y salta de la cama…”  Al leer esto cierra de golpe el libro.  La joven viene hasta donde está ella.

— ¿Te sucede algo?

—No —responde—.  Parece que he tenido un día muy difícil y no veo bien las cosas.

La joven sonríe.

—Lee un poco más, Mirtha.

— ¿También sabe mi nombre?

—Está escrito en ese libro.

—Pero yo nunca he escrito esto. Sólo leo cuentos y pensé que aquí podría encontrar algunos diferentes.

—Si, los encuentras, pero en ellos están los cuentos que cada cual trae hasta aquí. Lee un poco más, por favor —le pide.


Allí estaba escrito lo vivido en el pueblo de las calabazas, los sueños desaparecidos, el encuentro con el deshollinador.

—¿Puedo llevarlo? —pregunta.

—Claro, es tu propio libro con los cuentos encontrados a lo largo del camino.

Sale dándole las gracias y comprende que no tiene sentido llevarse el libro.  Regresa y lo devuelve al estante.

El camino está lleno de cuentos. Ya en la calle echa un vistazo a la casa. Ahora tiene dos balcones de lindas balaustradas y piensa en el cartero.


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