miércoles, 11 de enero de 2012

LEER AL GRAN FOURNIER





Llegó a mis manos por primera vez al concluir su edición. Leí el arte final, que no resulta igual a tenerlo en su corpus definitivo. Aún así la lectura me sumió en un estado de duermevela, como el letargo que sucede al sueño y nos hace preguntar en silencio si todavía soñamos o lo que ocurre pasa en verdad. Cuando se lee El gran Meaulnes jamás podremos estar seguros de si es una aventura onírica o un pretexto para hacer irrumpir en nuestras vidas la existencia de otra dimensión: surrealista y a la vez, profundamente humana.

Esta obra trata esencialmente de amor, pero no sólo del amor que descubre un joven y le marcará para siempre, sino de la amistad que convierte a sus protagonistas en dos seres que han unido sus destinos y hace de cada suceso algo que influirá inevitablemente en la vida del otro.

El narrador es un adolescente, trasladado a un bucólico pueblito francés, cuyos días transcurren asediado por la monotonía del invierno campestre y las horas escolares. La llegada de Meaulnes cambiará la vida del pueblo, pero sobre todo, la de François. Deslumbrado por la seguridad y fortaleza (no sólo física) que irradia el recién llegado, se entrega al afecto por su amigo, olvidándose de sí para vivir en el tiempo de Meaulnes. Una historia que podría parecer al principio similar a muchas otras: un joven que llega a hospedarse en casa del maestro para asistir a su escuela y conoce al hijo de aquel, más o menos de su edad, convirtiéndose en el líder del grupo de escolares que lo hacen su ídolo, rompe con el hilo previsible de la trama y crea atmósferas y personajes que vulneran la tradición realista y naturalista de la novela francesa de esa época.

Casi por accidente, Meaulnes se ve envuelto en una extraña aventura y nada volverá a ser como antes. La imposibilidad de encontrar el camino a la casa donde se encuentra la joven amada, el ambiente de misterio que la rodea y sus propias emociones, nacidas del amor y las contradicciones entre la vida que ha llevado hasta el momento y el vislumbre de una existencia diferente, cambian el curso de la novela: la irrealidad se mezcla con el ambiente objetivo y nos hace cómplices del ensueño. El eje central de la historia, esa extraña aventura, signa el curso de los acontecimientos: los hechos anteriores son sólo el preámbulo de ella y todo el desarrollo ulterior gira en torno a los personajes y los sentimientos desencadenados por el raro suceso. Esta circunstancia evidencia el ánimo del autor de promover la ruptura con los cánones establecidos, intención que se gestaba ya entre los escritores contemporáneos de Fournier y que desembocaría luego en el movimiento surgido en los últimos años de la primera guerra mundial: el surrealismo. Sin lugar a dudas, esta novela es precursora: sus ambientes, el comportamiento de los personajes y trama son, decididamente, surrealistas.

El amor hace cambiar a Meaulnes, pero la grandeza del personaje está en su lealtad al verdadero amor, propio o ajeno. Aspira a un amor puro, único, que no puede verse empañado por sombra alguna, pasada o presente. Por eso renuncia con horror a Valentine cuando el pasado retorna, despiadado, y remueve los recuerdos de aquella aventura que lo ha perseguido sin dejar de acosarlo.

La prosa de Fournier es clara, con abundantes descripciones que nos permiten entrar en el ambiente de mano de Francois, dejando siempre abierta la posibilidad de hacer conjeturas, imaginar lo que está detrás de las palabras y las sensaciones; adivinar, en fin, los sentimientos inconfesados.

Alain Fournier es el seudónimo de Henri-Alban Fournier, escritor francés nacido el 3 de octubre de 1886 en La Chapelle-d´Angillon. Al conocer algunos datos de la vida del autor comprobamos las coincidencias con su novela. Hijo y pupilo de un profesor, su infancia transcurrió en el campo de Sologne hasta ingresar en el Voltaire Lycee de París. Durante sus estudios preparatorios para la universidad conoce a Jacques Rivière, gran amigo suyo, quien se convirtió en su cuñado al casarse con Isabelle, hermana a quien dedicó El gran Meaulnes. Su primer amor fue Ivonne de Quiévrecourt y a ella dijo, al conocerla, esa frase que Meaulnes dice a Ivonne de Galais: “¡Qué bella es usted!”. En 1910 comienza a trabajar como periodista para el diario de París. Allí se enamora de Jeanne Bruneau, de quien toma rasgos para conformar el carácter de su Valentine. Trabaja en el libro entre 1910 y 1912 y lo publica en 1913, en el número de julio-octubre de la revista Nouvelle, de París.

Fiel a su propia conciencia, como Meaulnes, ingresó voluntario en el ejército francés en agosto de 19l4. Un mes después desapareció, mientras realizaba un reportaje. Se cree que murió en el frente, el 22 de septiembre. Dejó un libro inacabado: Colombe Blanchet.

El gran Meaulnes fue su única novela, y ella le bastó para ganar la posteridad literaria e influir notablemente en la obra de otros escritores que le sucedieron.


M.G.G.


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