viernes, 6 de julio de 2012

EL VAMPIRO EN LA MONTAÑA


(frikiempiezaconf.blogspot.com)


El rey del país de las montañas era muy rico. Tenía montones de oro guardados en cofres, un castillo majestuoso y una cuadra llena de mulos. Hubiera preferido caballos, pero todos saben que para escalar una alta montaña hay que ser bien mulo, nada de caballo. El único inconveniente es la tozudez del mulo: ya sabes, cuando dice que no, ni a palos sube.
Este rey de quien les cuento era caprichoso, como todos los reyes, y le gustaba coleccionar rarezas. Por eso se le ocurrió tener un monstruo de verdad. Mandó emisarios por todos los lugares en busca de uno, pero nada. El último dragón estaba contratado para encender las fogatas de los campamentos de verano, la bruja trabajaba en un museo, el ogro era el director de una guardería infantil. Esas noticias eran muy desalentadoras. Le llegó un aviso de que en cierta ciudad vivía un trol, muy feroz, pero cuando llegaron allá se había convertido en papalotero y solo aceptó ir al castillo los fines de semana ventosos, a empinar papalotes con sus amigos que eran más de mil niños. Para ponerle la tapa al pomo, pidió con anticipación que le despejaran la galería donde estaban colgados los retratos de la dinastía real, para montar una exposición de chiringas, katanas, chichiguas y todas las variantes de los papalotes, y un gran salón donde organizar el taller “Cómo se fabrica un papalote”.
Recuperándose a duras penas de su decepción, he aquí que aparece una mañana, en pleno puente levadizo sobre las rocas, una cesta de mimbre con un pequeño vampiro dentro. Era un bebé vampiro y le habían colgado un letrero que decía: SOLO TOMA SANGRE DE GALLINITA DORADA.
—¡Oh —se dijo en alta voz el rey—. Tanto tiempo buscando un monstruo o ser sobrenatural y ahora aparece con semejante dificultad. En este castillo no hay gallinas y mucho menos, doradas. Si la hago construir de oro no tendrá sangre.
Entonces mandó llamar a sus consejeros y les preguntó si sabían qué hacer para fabricar una gallina dorada y lograr que tuviera sangre, para poder alimentar al bebé vampiro. Enseguida fueron respondiéndole:
—Yo no —dijo el ganso.
—Tampoco yo —dijo el pavo.
—Ni yo —respondió el pato.
—Trataré yo —dijo el niño, y nadie lo creyó. Solo el rey, que estaba muy esperanzado con tener su vampiro y confiaba en la imaginación del niño.
Entonces despidieron a los consejeros del salón del trono no sin que el rey ordenara antes que se pusieran todos en el castillo a la disposición de ellos, por si acaso encontraban una fórmula secreta.
Cada consejero se retiró a sus aposentos privados, donde cada cual tenía montado su propio laboratorio. El niño salió del castillo y se fue al bosque, mientras los otros lo vigilaban desde los altos ventanales, hasta que lo perdieron de vista.
El bebé vampiro lloraba por hambre a grito pelado, y el rey se encerró en la torre más alta del castillo para no escucharlo. Rogaba a los dioses que se encontrara la manera de alimentarlo.
El pato consiguió una mezcla de sangre de pato con un poco de la del propio rey y pensó que bien podría parecerse al sabor de una sangre de gallina dorada. Llegó a la habitación del vampiro y el pequeño, nada más olerla, empezó a gritar más fuerte. Ni siquiera la probó.
El ganso, con su fama de tonto, mezcló su sangre con la del jefe de la guardia del palacio, quien se creía valiente armado con su lanza, pero dormía siempre con una luz encendida pues le temía a la oscuridad. Tal vez podría parecerse a la sangre de una gallina dorada.
Esta vez el bebé la olió con cuidado, como si le fuera familiar, pero tampoco la probó, y gritó más alto aún.
El pavo demoró mucho en decidirse: se miraba en el espejo primero para comprobar que sus plumas estaban bien peinadas. Todavía se pavoneaba cuando el niño regresó del bosque y fue directo a la cocina del castillo. Allí pidió ayuda a la cocinera para preparar algo.
Todavía el pavo no había terminado de mirarse en el espejo cuando el niño llevó al vampiro una jarra de hojalata con un líquido rojo.
Enseguida subió un paje a la torre, para avisarle al rey que el bebé había dejado de llorar. El monarca bajó las escaleras de tres en tres y se acercó cauteloso a la habitación. Allí vio una escena que lo dejó más que asombrado: el niño leía al bebé vampiro el cuento de La gallinita dorada, mientras el vampiro se bebía el jugo de fresa silvestre (al que nosotros llamamos en el colegio guachipupa) y reía de vez en vez, enseñando sus pequeños colmillos.

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