martes, 24 de julio de 2012

PERUSO VUELVE A CASA


(diariomedico.com)


La pandilla casi completa está en el balcón mirando al horizonte. Ninguno se atreve a hablar, por miedo a romper el hechizo. Todos piensan en lo mismo: ¿volverá Peruso?
Un silbido conocido rompe el aire como una flecha. ¡Es él! Todavía en silencio buscan con la mirada y entonces lo ven. Saludando con las dos manos, como si estuviera en un desfile, viene Peruso desde la esquina. Los muchachos empiezan a gritar y salen corriendo de la casa.
Se encuentran en los bajos del edificio y ¡milagro mayor!: no está asomada ninguna de las chismosas,  así que casi matan a Peruso con los apretones y su mamá lo llena de besos.
En lo que Mirtha les prepara un buen jugo de mango, la pandilla se sienta en el piso del balcón haciendo un círculo, con Peruso en el medio. Enseguida ve que falta Leonel.
—¿Y Leonel dónde está? —pregunta a los otros.
—Fue a casa de su abuela —contesta Raulín.
Bueno, la pandilla está casi completa. ¿Qué más se puede pedir? En los días de vacaciones es bastante difícil que todos estén juntos. Peruso suspira y no se sabe en qué piensa.
—Peruso —le pregunta Luis Enrique—, ¿volviste a caer en el puente del casi?
—Chico, si digo que sí, te miento. Yo estaba un poco aburrido y el traqueteo del tren me dio sueño, así que recosté la cabeza y de pronto empezó a entrar humo por la ventanilla. Primero creí que era el humo de la locomotora, pero luego estaba flotando en el aire y lo único que había a mi alrededor eran nubes blancas. De verdad que no vi el puente por ninguna parte, pero por al lado mío pasó el gato de aquella vez, con el tabaco en la boca.
—¡Jesús! —exclamó Dianamari—. Ese gato debe ser un fantasma que te persigue. Yo creo que tienes que buscar una protección contra los fantasmas, porque no te va a dejar tranquilo.
Peruso se queda pensando.
—Tú sabes que sí, eh. A lo mejor quien me secuestró fue el gato ese. 
Lazarito se echa a reír.
—¿Ahora ustedes piensan que a Peruso lo persigue el fantasma de un gato? Cuando yo lo digo: dime con quien andas y te diré quien eres. Ya Peruso los ha contagiado con sus historias. Aquí el único fantasma de nacimiento es Peruso. ¿Me equivoco, Peru?
Peruso se queda pensativo.
—Es verdad lo que tú dices. Pero no me negarán que esto está raro, bastante raro. Para empezar, es la primera vez que veo a un gato fumando tabaco… Me lo encuentro en el puente del casi y después cuando fui a dar a la casa de las ideas locas. Da qué pensar, sabes.
Ellos están de acuerdo. A Ana Carla se le ocurre una idea.
—¿Y si despistas al fantasma?
—¿Despistarlo?
—Despistarlo. Todavía estamos de vacaciones. Te puedes ir para otro lugar adonde nunca hayas ido. No puedes ir en tren, porque es posible que sea un fantasma que viaja en ese tren… Yo he visto en las películas que cuando alguien muere en un lugar, su espíritu se queda vagando. ¿Será un gato que saltó de un tren?
La interrumpe Osvaldo:
—Para empezar, los gatos siempre caen de pie. En todo caso sería que el tren lo atropelló. Son unas peliculeras las dos. Primero la otra dice que el gato es un fantasma y ahora esta sabe cómo despistarlo. Ahora van a dedicarse a las historias de misterio, ¿no? Así tendremos dos Gatas Cristie en la pandilla.
Mientras Peruso se muere de risa, Raulín, que pasa la vida leyendo a escondidas los libros de su papá, rectifica a Osvaldo:
—Oye, esa escritora se llama Ágata, no gata.
—Sí, la equivocación de Osvaldo está buenísima. Si Ana Carla y Dianamari van a investigar el caso es mucho mejor llamarlas Gatas Cristie, porque andarán detrás de un gato, ¿no te parece? 
Los varones se ríen del invento y las muchachas protestan:
—Claro, seguro que todas las buenas ideas son tuyas, bobo —dice Dianamari a Osvaldo—. ¿Qué se te ocurre ahora, que sea mejor?
Peruso trata de poner calma.
—Primero hay que probar. No está mal irse por ahí unos días. Con todo este lío no he tenido tiempo para disfrutar las vacaciones.
El Guille habla entusiasmado:
—Podemos ir a casa de mis abuelos, en Laguna Escondida. Ese es un pueblo chiquito y hay que dar una pila de vueltas para llegar allá. Oigan, ahí sí no hay fantasma que encuentre el camino. Puede ir en tren si quiere, que después de la estación hay que seguir a pie o a caballo.
La pandilla chifla toda al mismo tiempo. Peruso le pregunta:
—Guille, para despistar al fantasma, ¿vamos a ir a casa de tus abuelos o al fin del mundo?
El Guille se pone rojo. Él, que de buena gana está ofreciendo la casa de sus abuelos, se ofende.
—Si ustedes no quieren ir, no vayan. Es su problema.
De verdad está ofendido. Se levanta y va para la puerta cuando Peruso da un salto y cae al lado de él.
—Caramba, Guille. ¿Cómo vas a ponerte bravo con nosotros? Aquí siempre hacemos igual con todos los planes. Tenemos una pandilla democrática.
Guille se ríe con ironía.
—¿Qué, vamos a hacer papelitos para votar a favor o en contra?
Peruso se rasca la mitad medio pelada de su cabeza porque, mientras estuvo fuera, el pelo le ha crecido un poco.
—¿Sabes qué? Es mejor ir primero a la barbería, porque no estoy acostumbrado a que estos pelos de acá estén tan largos y, ¿quién sabe? Quizás eso no me deja pensar bien. No creas que es mala idea lo de los papelitos. ¿Vamos todos a la barbería?
La madre de Peruso, acostumbrada a la pandilla, les dice desde la cocina:
—Nadie se mueve de aquí hasta que merienden. Allá donde estabas, con esas ideas locas y el gato fantasma había de todo menos comida. Más pareces un fideuso que un Peruso, ¡estás tan flaquito!
Los muchachos se ríen con el chiste. ¡Qué bueno está eso de comparar a Peruso con un fideo!
—Ven acá, mami, ¿pasaste un curso de chistosa mientras yo estaba lejos?
—No, hijo, ese es un mal de nuestra familia. Creo que en realidad es un bien. Ahora los estaba oyendo y les digo que para atrapar a un gato, hace falta un perro.
—¿Y si es un gato fantasma? —pregunta Peruso.
—Entonces vas a necesitar un perro especial.
Lo que dice la mamá de Peruso es verdad. Pero, ¿dónde encontrar un perro especial para dominar a un gato fantasma?
—¿Te acuerdas de Señor B, el perro del primo Miguel? —pregunta la mamá.
Peruso ríe.
—Ahora también tienes poderes: lees el pensamiento. Pero el Señor B estará viejito o muerto. Ese fue el regalo del abuelo a Miguel cuando cumplió siete años y empezó a mudar los dientes. Él tiene tu edad, más o menos. Sé de memoria el cuento de abuela: lo consolaba diciéndole que los dientes eran para hacer la dentadura de un perrito y cuando la tuviera completa, llegaría a la puerta de su casa. 
—Ese mismo es, pero de viejito o muerto nada. Está fuerte y saludable. En las fotos que trajo tu abuela cuando vino parece un perrazo de cinco años, no más.
—¿Es un perro mágico? Esas cosas pasan nada más en la familia de Peruso —opina Dianamari.
—No, qué va. El abuelo siembra zanahorias y lechugas en el patio y se acostumbró desde chiquito a comerlas, de modo que allí le dejan una parte solo para él.
A Luis Enrique le entra un ataque de risa.
—¿Así que un perro vegetariano?
—No, ¿cuándo has visto un perro vegetariano? Únicamente en los libros. Le encanta comer pescado, revoltillo con papas y perros calientes. ¡Ah! y por supuesto, los huesos, aunque sean de aceituna.
La pandilla, que está de buen humor con la vuelta de Peruso, se muere de la risa. Peruso se toca la barriga, o bien dicho, el lugar donde otros más gordos guardan la grasa y tienen barriga, porque él sólo tiene un pellejito.
—Mami, hablando de comida: siento hambre. ¿Cuándo está la merienda?
—Ya está. Ahora la sirvo. Si hablar de fantasmas de gatos te da hambre, voy a buscar una familia de fantasmas para ti.
De verdad tienen hambre, porque no dejan una miga de pan en los platos ni una gota de jugo en los vasos.
—¡Chao, mami! Vamos a la barbería —le dice Peruso desde la puerta.
—¡Niño, descansa un rato! —vocea ella desde la cocina—. Parece que esas ideas locas te han dejado lleno de energía.
Las últimas palabras les llegan como un eco, porque ya bajan las escaleras.

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