lunes, 12 de octubre de 2015

EL CUENTO DE LOS DIBUJOS





La tía de Andrés le regaló una caja de lápices de colores y un cuaderno para llenarlo de nubes, lomas, papalotes y flores.
Un día, el niño se puso a dibujar paisajes y barcos de vela. Se entusiasmó tanto que cuando vino a darse cuenta sólo quedaba una hoja en blanco.
Pensó que hacía tiempo quería  tener un perro de mucho pelo y rabo corto. Entonces cogió el lápiz rojo y lo dibujó. No se parecía a ningún otro perro conocido pero a fin de cuentas, era como le gustaba.  Seguro que sus amiguitos de la escuela lo iban a querer. Ahora tendrían un perro distinto y si uno sabe que tiene algo lindo, es feliz.
Tendría que cuidarlo y buscarle un hueso todas las mañanas. Pequeño, sí, porque este perro es pequeño y se llama Garabato. El niño lo dibujó así de travieso: cuando ladraba en el cuaderno las matas  de coco temblaban mientras los cocuyos apagaban sus luces verdes.
Pero entre todos los habitantes del lugar no había quien pudiera  correr con Garabato por los valles sembrados de flores. Por eso Andrés dibujó a la perra Amiga. No la pintó de rojo, sino de azul, para diferenciarla bien de Garabato.
Ahora sí se divertían. Corrían sin cansarse desde la primera hasta la última página.
Casi todas las semanas cambiaban de casa. Primero vivieron en una loma que tenía sus lados medio jorobados porque, precisamente al dibujarla Andrés, una mosca le hizo cosquillas en la nariz.  Después  se mudaron para una nube de los más simpática, pero la abandonaron un día a causa de sus continuos estornudos.
Una tarde muy calurosa, Garabato y Amiga decidieron bañarse en la playa. Todo fue de maravillas hasta que vieron a Velero. Se mecía suavemente en las olas azules y parecía invitarlos a dar un paseo. No lo pensaron dos veces; subieron al barco de vela y ¡a navegar se ha dicho! Al principio les fue bien, pero llegaron al final de la hoja y tuvieron que detenerse porque ya se acababa el mar.
Ahí mismo empezó la tristeza. Apenas si correteaban y la nube se extrañaba de no escuchar sus alegres ladridos asustando a las otras figuras.
Andrés se apenó mucho al verlos así y se dispuso a ayudarlos. Al conocer el deseo de sus amigos no supo qué hacer. No podía alargar la hoja y el cuaderno se había terminado. Probó a pegar con goma un pedazo de hoja al final de la página. Después dibujó más olas. Garabato y Amiga salieron a pasear en barco, pero el agua de mar despegó el trozo del dibujo y estuvieron a punto de naufragar.
Pensó en llevarlos a navegar al río pero la corriente podría arrastrarlos lejos y ¡sentiría tanto separarse de Amiga y Garabato! Andrés estaba preocupado. Esa noche soñó que andaba volando con los perritos.
Por fin decidió algo. Salió al patio con su cuaderno para dibujar. Andrés se reían contento, sin importarle que la lluvia cayera y mojara su cara. Cuando el agua llegó hasta donde estaba el cuaderno, el niño había tenido tiempo para dibujarse en la hoja y los tres: Garabato, Amiga y él, se alejaron a bordo de Velero por el canal que formaba la lluvia junto a la calle.


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