viernes, 20 de marzo de 2015

APUNTES PERSONALES E HISTÓRICOS DE UN MECENAS MUY ESPECIAL





Casi al ir a dormir he recibido un mensaje de Dulce, una promotora cienfueguera con quien no trabajé en mis años de estancia en esa provincia, pero con la que he trabajado durante mi asistencia a las sucesivas ediciones de la feria del libro de la provincia a las que gentilmente me han invitado.
Ahora ya hace justamente un año que estuve en la feria del 2014 y presenté allá mi libro Nanas para Diego. No creo que las palabras alcancen para expresar los sentimientos que me agitan cuando menciono, me hablan o estoy en Cienfuegos. Una parte muy importante de mí se quedó allá. Llegué con mi hija de un año apenas, mi hijo nació allá y quince años viví, amé y trabajé en esa hermosa ciudad que baña el mar Caribe y que nos hace sentirnos, con más razón aún, que somos parte de una isla. Esa insularidad que nos marca y define, cobra especial significación en Cienfuegos. Allí publiqué mi primer libro, eduqué a mis hijos y me llené de un amor que es imposible describir por muchos seres y lugares. Tengo tantas personas queridas y admiradas en  ese rinconcito del planeta, que no sucede igual con La Habana, donde he vivido más años.
Ahora Dulce, quien se cree en el deber de darme detalles para que la recuerde, me escribe para pedirme que le hable de mis años en la editorial Mecenas. Su hijo pequeño es un oyente y ahora casi lector (pues ella me dice que está aprendiendo a leer) de mi cuento La ciudad de los recortes, lo cual me causa siempre que lo dice, una alegría inmensa.
Mi primer encuentro con la editorial Mecenas fue en el año 1996 cuando obtuve el premio de la ciudad con mi noveleta El acertijo de las conchas, que editara luego Grisel Gómez e ilustrada su cubierta por Adrián Rumbaut. No es una edición de lujo, pero es entrañable para mí, por ser la primera. Tuve el privilegio de que, en aquellos años de excesiva escasez y pocas publicaciones, imprimieran tres cuentos míos bajo el título El cuento de los dibujos (al decir de Excilia Saldaña, mi cuento antológico) en una edición sumamente modesta, con ilustraciones para colorear de Yalili Mora, el cual contó con una tirada de 100 mil ejemplares. Mi mayor recompensa con ese libro se presentó un día, estando como directora en Gente Nueva, en la figura de un joven director de teatro de la Isla de la Juventud que me pidió permiso para adaptar para la escena el cuento Papirusa, incluido en él. No supe luego si llegó a hacerlo, pero el solo hecho de parecerle bueno y que, gracias a aquella edición de Mecenas me buscara, es un acontecimiento. En aquellos tiempos (1997-1998) ni siquiera había una computadora en el Centro del Libro. Recuerdo que Grisel iba a digitalizar a la Biblioteca Provincial, a la Sala Especial, donde trabajaba Jose. En medio de aquella precariedad celebro que hubiera incluso la voluntad de publicar. Se imprimía en  el poligráfico 5 de septiembre, en Geocuba y hasta en el poligráfico de Villa Clara.
En enero de 1999 empecé a trabajar como directora del centro del libro y, por consiguiente, de la editorial Mecenas. La única editora era Grisel, no había ningún otro personal y se contrataban el diseño y la ilustración. Un importante movimiento plástico cienfueguero del momento fue un soporte muy útil para la editorial en el momento en que se amplió su plan de publicaciones. 
En ese año entonces se compraron los equipos indispensables para producir libros: una computadora, una impresora y una fotocopiadora. Nos dimos entre todos a la tarea de fortalecer la editorial. Estaba Carlos Díaz de director provincial, quien se empeñó a fondo para lograr que la demanda de los escritores de la provincia encontrara una respuesta institucional, aunque no se consiguiera del todo y perduraran muchas insatisfacciones.
Comenzamos por organizar un consejo editorial en el cual se encontraban José Díaz Roque, Doris Era, Jesús Fuentes, Jacomino, Ian Rodríguez, Sotolongo, Mirtha Luisa, Mariano Ferrer, Lourdes Díaz Canto. Establecimos relaciones más estrechas con la UNEAC y la AHS, con las universidades de Cienfuegos, con la emisora provincial Radio Ciudad del Mar, el periódico 5 de septiembre y las demás instituciones culturales. Fundamos el Centro de Promoción Literaria Florentino Morales y se rediseñó la revista Ariel en una nueva época, que es parte fundamental de la historia de Mecenas. El primer plan de publicaciones que hicimos fue de 8 títulos. De acuerdo con el presupuesto, era lo alcanzable. En algún lugar debe estar ese plan, o quizás lo recordará Grisel. Gracias a Carlos recuperamos la vieja imprenta de la calzada de Dolores, con la ayuda de Isel, quien transformó aquel panorama. Nos unimos a Reina del Mar Editores para colaborar con la publicación de su premio. En ese año fue también René Coyra a trabajar en la editorial. Impulsó el diseño del perfil de las colecciones, con formatos diferentes, se pautaron los detalles de cada una, ya que antes se diseñaban bastante arbitrariamente. De los nombres recuerdo el que se le puso a la infantil, Pelícano lunar, Musa, a la de poesía y Caminante a la de narrativa.
El año 99 fue muy difícil, pero luminoso, como toda etapa fundacional.
No olvido que como se cumplía el centenario de Villena, armamos un pequeño volumen con poemas suyos (del cual no conservo ninguno, espero que esté al menos en la biblioteca provincial) y lo hicimos todo a mano, trescientos ejemplares de Con el párpado abierto. Sus sonetos hermosos, aquel impulso torvo y el anhelo sagrado, junto a su Hexaedro Rosa.
Se rediseñó el sistema de selección de las obras y el proceso de lectura, aprobación, edición y publicación. En medio de estos afanes, en el año 2000, se entregó el módulo de impresión a las editoriales provinciales: una duplicadora Riso, la computadora acoplada a ella, la presilladora, la guillotina y el famoso Piaggio. La intención fue dotar  a las provincias de un equipo básico de impresión para publicar la obra de los autores de la localidad, priorizando los temas referidos al territorio, la historia y recuperación de su patrimonio intangible, entre otros.
Este hecho creo que ha sido, en materia del libro y las publicaciones en Cuba, uno de los más llevados y traídos. Sin entrar en disquisiciones filosóficas, fue un paso de avance para Mecenas, aunque las publicaciones no fueran una maravilla editorial ni gráfica. Comenzando porque no existía el personal capacitado para desempeñar el trabajo. Así fue como el primer operador de la Riso fue Yuri, el digitalizador Alexis, Coyra el editor y Carmen Capdevila la diseñadora.
Se crearon consejos editoriales en los municipios, convocamos varios talleres de edición (con Coyra y con Llorach); de preceptiva literaria (recuerdo los que impartió Michel en la Sala Mecenas); fortalecimos el Premio de la Ciudad, el cual se nombró Premio Fernandina de Jagua a partir del año 2000; aumentamos la cuantía y nos comprometimos a publicar el libro premiado dentro del año. Se creó el premio Segur de reseñas críticas escritas por cienfuegueros o sobre obras de autores cienfuegueros. Segur  era el nombre de la revista del grupo Ariel.
Recibimos en ese año 2000 casi un centenar de títulos de los consejos municipales. El consejo provincial seleccionó y nuestro plan editorial del año, si mal no recuerdo, quedó integrado por 36 títulos y se hicieron 36 o 37, de los más variados temas.  Entre esos primeros títulos recuerdo José Martí: Para una ascensión  constante del llanto redimido, de José Díaz Roque; Los aborígenes de Jagua, de Marcos Rodríguez Matamoros; La nganga africana, de Jesús Fuentes; En la cola del aire, de Ana Teresa Guillemí; Rehilete, papalote y carrusel, de Lourdes Díaz Canto; Pinceles ¡a la salsa!, de Antonio Alfonso Roque; un libro de Aida Peñarroche que resultó premio de ensayo, cuyo nombre no recuerdo ahora… y muchos más.
Desvelos, madrugadas, acuerdos sin cesar con muchas personas para lograr que los libros salieran adelante. Recuerdo que le dieron el Premio de edición  de Holguín a El deshollinador, de Alexis García Somodevilla, como mejor libro publicado por una editorial provincial. También en el 2000 le fue entregado a Mecenas el Premio Abril.
Fueron creados espacios nuevos de teoría, lectura, charlas y encuentros con escritores del territorio y de otras provincias, ampliamos las fronteras de Mecenas, hicimos causa común y tripartita con las otras provincias centrales vecinas, Villa Clara y Sancti Spiritus. En aquellos tiempos fue decisiva la participación de los escritores en el proyecto común, de la UNEAC, con Orlandito, Jose y Cañellas, de la AHS, con Ian Rodríguez (quien luego sería el director de Mecenas en dos ocasiones), de la dirección de cultura en las personas de Carlos Díaz y Rodolfo Castillo.
En el centro del libro, que era también la editorial, había un equipo muy colaborador: Maritza Pino, Mayito, Grisel, Coyra, Jesús Candelario, Michel, Beatriz, el equipo de Economía y el del área comercial. Fue una etapa de trabajo intensa y fértil.
Por eso creo que, aunque la editorial ya existía desde antes, a partir de esa época cobró fuerzas y contribuyó a la promoción de la obra de los autores cienfuegueros, lo cual se puede comprobar con los resultados actuales. Hubo un intercambio con los escritores de otros territorios que comenzaron a asistir a actividades en la provincia, a los premios, a las ferias provinciales del libro, que enriquecieron y lograron sacar del ostracismo a las letras cienfuegueras.
Recuerdo que en aquel momento, al comenzar mi trabajo allí, un escritor y funcionario del Instituto Cubano del Libro me preguntó: ¿cómo piensas que la provincia y la editorial prosperen y publiquen si en Cienfuegos no hay escritores? Creo que ahora no estará diciéndolo y es una muestra más de la importancia de unir voluntades, fundar espacios y ver en la creación el acto mayor de libertad y expresión del talento del ser humano.


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