sábado, 17 de noviembre de 2012

NOCHE NOVENA (La noche en el bolsillo)



(lacomunidad.elpais.com)

—Te juro, Estela, que no sé qué voy a hacer ahora. ¿Has oído lo que te he dicho?
Estela está muy ocupada en pegar de nuevo el papel de un cigarro que se le ha despegado.
—Espérate, chica, que este es el último y no puedo desperdiciarlo. Enseguida que lo pegue hablamos. Por dos segundos el mundo no se acaba.
—Pero puede arder, Este.
Levanta los ojos, mira por encima de sus espejuelos, y me dice:
—El día que inventaron la exageración tú caíste dentro de la cazuela.  Ya, mira, lo pegué, soy toda oídos.
—Estela, que no puedo seguir engañándome, estoy enamorada de Merlín. ¿Qué hago ahora?
Camina unos pasos y llega a la ventana. Estamos en el baño del dormitorio y todas duermen, aunque no estoy segura de la hora. Dejé el reloj en la taquilla.
—Todavía no sé cómo te hablo con naturalidad. Si me haces caso, harás lo que hace cualquier muchacha normal: te harás novia de él.
Me desesperan esas respuestas de Estela.
—Pero no es eso lo que te pregunto. Me da miedo, ¿y si me deja, Estela, y sufro?
—Harás como todas las personas desde que el mundo es mundo: arreglártelas como puedas, olvidarlo, enamorarte de otro. No será tan fácil como lo digo, pero la vida sigue. Haces una tormenta en un vaso de agua. ¿Serás boba? Tú eres como los demás. Acaba de entender eso. Hija, ¿cuándo te vas a decidir? Si fueran otros tiempos, te comprendería, aunque no estoy tan segura. ¡Caramba, me quemo!
Ahora el cigarro se le despegó otra vez y parece una antorcha. Todavía la miro, indecisa, porque sé que si digo algo parecido va a insultarme.
—No sé qué voy a decirle. Ahora de pronto, tampoco puedo enamorarlo y le prohibí que me enamorara.
Levantó la ceja izquierda.
—Eso siempre se sabe. Solo deja que llegue el momento. El amor tiene sus códigos, y su lenguaje propio.
La miro con curiosidad.
—Estela —digo solo su nombre, que flota en el aire mientras ella regresa de botar el cigarro al cesto, después de apagar por fin la llamarada debajo de la pila de agua—, a veces me pregunto si eres tú quien habla. Cuando dices esas cosas pienso en las historias antiguas. Hablas como un oráculo, o como una sacerdotisa en trance. Parece que tuvieras por lo menos cincuenta años.
Se ríe con mirada de duende traviesa.
—¿Quién dice que no lo sea? La vida tiene secretos y asuntos ocultos. ¿Cuándo vas a verlo otra vez?
—El domingo, después de la caminata. Le dije que esta semana hay pruebas.
—Error número uno. ¿Por qué le dijiste eso si tú casi no estudias, superdotada?
—No sé. Quería tener un pretexto para no bajar allá todos los días.
—Y comerte las uñas aquí pensando que podrías estar allá con él, ¿no?
—Critícame, pero sigo mis impulsos. Hay momentos en que quisiera decírselo, pero no tengo valor. Y además, no estuve segura hasta hoy.
Ahora se pone irónica.
—¡Ah! Así que hoy tuvimos una revelación divina.
—Humana, porque al fin me di cuenta.
Estela se limpia las uñas de bruja. Me mira con ojos pícaros.
—Sí, tú te das cuenta de casi todo. Vamos a dormir, algo me dice que tendremos días difíciles. Toma tu benadrilina, así no estarás tensa en los exámenes.

Vamos para la cama. Me acuesto, pero no puedo dormir. No sé cuánto tiempo estoy despierta. Percibo una respiración al lado mío y me siento en la cama. En la oscuridad no descubro quién es, pero no es conocido. Es un muchacho. No puedo evitar un grito. Se pone un dedo en la boca. Entonces me doy cuenta de que no tiene cara. Es un hueco negro, con pelo rubio alrededor. Me da escalofríos la visión, pero no siento miedo.
—Vete de aquí o grito —alcanzo a decir.
Entonces alarga una mano y me acaricia el brazo.
—¿Por qué me tratas así, Luna? Solo quiero verte un rato.
Ahora sí no me contengo y grito, a todo pulmón, aunque ni sé qué digo.
Lo otro que siento es que me sacuden duro. Abro los ojos y estoy acostada. Me siento en la cama.

—¿Te sientes bien? Creo que tenías una pesadilla —me dice Rebeca.

No contesto. Estoy atontada. Pregunta si quiero que me traiga agua. Le digo que no y va para su cama. Me quedo despierta. Desde la ventana veo un tinte rosado en el horizonte. Va a amanecer. Por eso el muchacho no tenía rostro. No conozco a Merlín. Se me está volviendo una obsesión el hecho de no verlo. Es un  fantasma de quien solo conozco la voz, como el hombre invisible. ¿A él le pasará lo mismo?

Hoy me sentí más desamparado. Es como si ella me protegiera, y eso que nunca he necesitado ayuda. Es curioso: siempre alardeé de conseguir a cualquier chiquita que me gustara y esta se me ha resistido de tal manera, que no quiere ni verme la cara. Ojalá pudiera llegar ahora hasta donde duerme y aparecerme como un fantasma a su lado, acariciarla. Nada más que por eso valdría la pena ser un fantasma, aunque tuviera que estar muerto. ¡Estoy loco! ¿Cómo puedo ni por un momento desear estar muerto, ni por veinte como Luna? Bueno, es que estoy seguro que no hay veinte como ella, ni siquiera habrá otra. ¿Será bonita? No me interesa. Sé que tiene una belleza especial.
Lo peor es que no tengo con quién hablar de ella. ¿Y si hablo con mi mamá? Es mujer y debe saber cómo tratarla para hacerle saber que solo quiero poder hacer juntos las cosas que me gustan a mí o las que ella quiera. No sé si esto será amor, pero no me había sentido así con otras muchachas. Además, pienso en Luna y solo se me ocurren cosas buenas, amables. ¿Puede alguien cambiarlo a uno así? Me imagino si Nápoles, el Pincho o el Bala se enteran. Tremendo chucho. Debo estar callado para que no se enteren: son capaces de irle con cuentos a Luna. Ahora me siento como si no la mereciera. Es muy inocente. Aunque yo no soy un delincuente ni algo parecido, pero no soy como ella. Quién sabe si me aceptará así. A lo mejor cuando me descubra no quiere saber de mí. Por eso es mejor que por ahora no sepa quién soy. Tiene que pasar más tiempo para poder cambiar y ser mejor. Por lo menos, para que los demás tengan otra opinión. Aunque, ¿cuál será la opinión que tienen ahora? Porque eso antes no me había preocupado.
Miro por la ventana y ya amanece. Otro día sin ver la cara oculta de Luna.

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