miércoles, 21 de noviembre de 2012

NOCHE UNDÉCIMA (La noche en el bolsillo)

(fotosguapas.net)



Nos levantamos a las tres de la madrugada para desayunar y salir a la caminata. Me siento agitada. Nunca he escalado una montaña y no  imagino cómo podrá ser. Nos movemos como sonámbulas, porque romper la rutina de la hora de despertarse es difícil, demasiado difícil diría yo, que me duermo tan tarde y que es este precisamente el momento de coger el sueño. Busco unos zapatos cómodos que he dejado para este día y también el sombrero. Ahora nos acompaña el fresco de la madrugada, pero al regreso nos castigará el sol del mediodía. No sé cuánto demoraremos en llegar, pero no será menos de cuatro horas. Son treinta o cuarenta kilómetros, no lo sé. ¿Dónde estará mi pañuelo? Busco de nuevo en el maletín, porque el que uso para ir al campo está sucio y tenía otro aquí para la caminata. Viro al revés el maletín y reviso cada pieza de ropa. No está.

¿Qué buscas? —pregunta Estela, que ha aparecido de pronto junto a mí, casi en un acto de magia.
—Chica, es que tenía un pañuelo guardado para usarlo hoy y no aparece. El otro está mugroso, ni pensar que pueda usarlo. Ayer fuimos a recoger toronjas al lado de un campo de mandarinas. Claro que el pañuelo mío, como siempre me lo quito, fue la toalla de todas para limpiarse las manos.
Estela hace una de sus muecas favoritas, la de “¡Ay, hija!, eso es una bobería” y se quita su pañuelo de la cabeza, mientras me dice que ella se pone otro. Solo que el pañuelo es de listas rojas y mi blusa es verde. Todas las cotorras de los montes me van a confundir con sus parientes.
—Niña, ¿eso qué importa? Si arriba te vas a poner el sombrero…
Deja la frase inconclusa, pero noto que insiste de una manera rara en que use el pañuelo. ¿Por qué será? No me deja tiempo para pensarlo porque va a buscar el otro y lo trae.
—¿Ves que ese está mejor? Este no alcanza para cubrirte todo el pelo cuando te lo recojas, porque es muy chiquito. A mí me sirve porque tengo tres pelusas en la cabeza.
A entrometerse llega la indeseable de Yolanda, con su risa de cirugía estética en recuperación.
—Pues para que te enteres, hace rato que los contrastes entraron en el mundo de la moda —empina, como siempre, la punta de la nariz picuda—, y creo que llegaron para quedarse, darling.
Estela, que se pone imposible, le pregunta:
—¿Ahora, además de modelo, vas a ser intérprete de inglés?
—Debes saber, lady, que desde los cuatro años estudio inglés con una profesora particular. Lo hablo y escribo como una nativa.
Esa fue la palabra que nunca debió pronunciar porque, sin darnos cuenta, tenemos un coro alrededor oyendo la conversación y después de “nativa” empiezan las carcajadas con hipo de Rebeca, la risa sube y baja de Magdeleine y los relinchos de Thais. Yo, nada más de verlas a ellas tengo que reír y Estela, ni qué decir. Pero la risa no va a ser todo. Rebeca rompe el grupo con una frase célebre:
—Es verdad que eres tan babosa y blanca como la natilla —coge aire cuando pronuncia natilla— de vainilla y si le pones canela, ya están tus pecas. ¿También eso es del mundo de la moda, darling?
Todas reímos y nadie oye cuando Yolanda se atreve a replicar: «Que yo he dicho nativa, no natilla, manada de burras…»
Mientras Yolanda se va echando fuego, hago la combinación de cotorra aconsejada por Estela, porque ya suena el timbre para formar y tendremos que entrar por el fondo de la cocina a comer algo si no queremos desmayarnos, aunque cada cual lleva su pomo de agua, galletas y panqués. La golosa de Rebeca lleva hasta leche condensada en su mochila. Yo guardo unos caramelos, por si acaso. Entre el cansancio de caminar y que después los bocaditos de la merienda no me gusten, puedo sufrir una hipoglicemia.

De nuevo Estela me saca del letargo.
—¡Vamos, apúrate, que nos cierran el comedor!

Bajamos las escaleras a cuarenta metros por segundo y nos colamos en el comedor como dos trombas marinas. Nos comemos el pan de pie, apurando la leche (que está ahumada, por cierto, y sabe mal) lo más rápido que podemos y logramos salir al patio justo en el momento en que su majestad Chuchú I sube al podio y empieza su discurso matutino para advertirnos acerca de los peligros de la caminata. Como todavía no llevo puesto el sombrero, me quito el pañuelo con disimulo y lo guardo en el bolsillo del pantalón. Estela y Yolanda pueden decir  lo que quieran, pero no me gusta la combinación de rojo con verde. Ni siquiera para ir a subir lomas.

—¡Qué cabezona eres, hija mía! Ya sé que eres capaz de no ponerte el pañuelo —me dice Estela, cuando se anuda el de ella antes de ir a la formación—. ¿No estarás contagiada con la enfermedad de las marcas y ahora querrás un pañuelo Calvin Klein, Mango o Jordache?
—¿Quién te dijo que hacen pañuelos de marca, Estela?
—¡Yo qué sé! Como no ando mirando esas boberías…

Busco entre el mar de cabezas con pañuelos uno rojiblanco que me revele la cara oculta de mi Luna. Adivino, entre las últimas de onceno un color que se parece; ahora dejo de ver la cabeza… No, no es. Las luces de las farolas no alumbran lo suficiente como para distinguir los colores. Quien está allí donde me pareció ver el pañuelo es la tenista. Se ve distinta con el pelo recogido en un moño. Parece mayor, o más seria. Prefiero verla con el pelo suelto y la cara animada, roja, de cuando está jugando. ¿Cómo se llamará? Si el famoso guardaespaldas la deja sola en algún momento del camino, a lo mejor me le acerco y trato de hablarle. El otro día se veía asustada cuando los graciosos la rodearon en el pasillo. No es para menos. Tropezarse con ese zoológico de pronto debe ser un trauma muy fuerte. Desde ese día no les hablo, pero Ramón y el Pincho me están dando vueltas a cada rato. Mejor voy con Eduardo y Rosabal, porque caminar tanto tiempo solo debe ser bastante pesado. Los alcanzo cuando suben la escalera del pasillo central y me sumo al grupo. La madrugada está fresca, y el aire que respiro me tranquiliza de alguna manera. Llevamos linternas para alumbrar la carretera, pero aún así no se distinguen bien las caras. Los profes de Educación Física atraviesan la caravana con paso rápido aconsejando que no apuremos el paso y guardemos la distancia de la cuneta para no tropezar.
Ya esta es mi tercera caminata desde que entré en la escuela y siempre me he sentido como ahora: emprendiendo una aventura. La única diferencia es que las otras fueron a lugares llanos y ahora vamos a subir una montaña. A lo mejor no debiera llamarla así, porque es un poco más de mil metros. Montaña es el Everest. A esta tendríamos que decirle loma.  
Delante de mí va un grupo de once con tremendo alboroto y de pronto el sonido de una guitarra rompe el silencio y empiezan a cantar algo que oigo por primera vez.

—La chiquita esa tiene un pico de oro —dice Rosabal—. Si yo fuera ella, ni estudiaba. Na, y las canciones son de ella misma. Es hasta compositora, chama.
Como no sé de quién habla, le pregunto el nombre de la muchacha:
—Es Espe, compadre.
—¿Espe?
—Esperanza, la del grupo 25. Ella es la que a cada rato canta en los matutinos. Debiera estar en una escuela de arte y no aquí. Fíjate si está loca que va a estudiar Física Pura.

Me da gracia lo que dice, y presto atención a lo que cantan, porque a la primera voz se le han unido otras y es todo un coro. ¿Estará Luna en ese grupo? Ni siquiera sé en qué año está. Soy de los que cree que la espera no es tan mala, sino la incertidumbre de quien espera. No recuerdo ahora si lo leí en algún lugar o yo mismo escribí esto, pero es verdad. A mí no me importaría esperar un año para ver a Luna si supiera que es seguro verla y poder estar al fin con ella.

Por eso salgo siempre a caminar/ en busca de una flor para mascar/ pensando/ que a la vuelta de la tarde/ el trabajo, con que sueño/ ya es verdad.

¡Solo me faltaría tener a Merlín caminando a mi lado para hacer perfecta esta madrugada! Ahora estuviéramos juntos aquí. No sé cuándo podré verlo. ¿Por qué todo me saldrá complicado? Claro, si no hubiera sido por mis vacilaciones del principio, quizás fuéramos novios.

—¡Psss! ¡Genio!, hablo contigo, por favor, espíritu de la luz, regresa a la tierra de estos simples mortales y oye a la insignificante Estela que implora tu augusta atención.

Dios, Estela cada vez está peor. Y malo también es que me da gracia esa manera suya de hablar, que parece estar actuando en una tragedia griega. Ya sé que evita verme pensando en otras cosas. También me da pena con Juan Carlos. No ha vuelto a hablarme. Ahora ni sé por dónde cogió. Anda como un perro triste.

—Dime, excelsa Medea —le digo, a sabiendas de que va a protestar.
—Nada de Medea, que esa fue una mala madre, asesina, y nada tiene que ver conmigo. ¿No sería bueno que en esta caminata conocieras a Merlín, de una vez por todas? Sería un encuentro muy romántico.
—No me parece, Estela. Estuve pensando y creo que es peor idealizarlo tanto. Además, está lo de Juan Carlos. No quiero que sufra y si él me viera de pronto con un novio, ¿qué va a pensar?
—Ahora me habla Sor Teresa de Calcuta, otra que no es la Santa Madre, sino una monja del siglo catorce. Por favor, Helena, no vas a evitar tener novio solo porque el bueno de Juanca esté enamorado de ti. ¿Y si fuera al revés?
—Pero no es. Déjame, Estela, es mi decisión. Además, retrocediste un siglo. Me dijiste antes monja del siglo quince. 
—¿Y si te lo encuentras? Pudiera ser que te reconociera por la voz, en fin…
—Ojalá y no suceda. Entonces se acabaría la indecisión porque no tendría otro remedio que rechazarlo.
—Vamos, chica. Ven con nosotras a cantar para que te animes.
—Estela, sabes que cuando canto enseguida me quedo ronca, y más con esta frialdad de la madrugada.
—¿Por casualidad hubo una transmigración de almas de San José para acá durante las breves horas de sueño?
—¿Qué quieres decir?
—Que más pareces tu abuela que tú, y aún así, exagero, porque a mí me parece que tu abuela es chévere y entra en todo. Arriba, ¡a quedarse sin voz! Lo que tienes que cuidar son las piernas, para ir y volver. Además, ¿por qué no te pusiste el pañuelo o el sombrero? Se te va a enfriar la mollera, nenita.

Claro que no le hago caso, pero no puedo resistirme. Todavía no conozco a alguien que se le haya resistido. Nos retrasamos para entrar en el grupito de las cantantes y al minuto estoy desgañitándome junto con ellas. Pero es cierto que la música tiene un efecto inmediato sobre el estado de ánimo. Me contagian su risa, el alboroto, y ya ni me acuerdo de la garganta. Después de las canciones de Esperanza seguimos y cantamos de todo: desde Lágrimas negras (que es la canción de los borrachos) hasta corridos mexicanos, tangos y canciones españolas. Aquí es cuando Estela, haciendo uso de sus excentricidades, empieza a taconear por la carretera como otra reencarnación de Lola Flores. Rebeca, a quien no hay que darle mucha cuerda, se suma, y Frida también. Todo va perfecto hasta que tropiezan con un hueco en la calle y empezamos a caernos unos encima de otros. Siento un brazo que me sostiene y cuando miro, veo al muchacho de doce que anda con los extraterrestres. Su cara queda muy cerca de la mía. Tiene unos ojos verdes que me encantan y la nariz un poco grande le queda súper bien. Me separo rápido de él, y le digo bajito: «Gracias». Él no me responde, solo hace un gesto de por nada con la cabeza y me mira tratando de adivinar algo, no sé qué. Regreso con las demás y me parece que van a notar mi nerviosismo.
¡Qué bobería! Ni que tuviera tanta importancia que me haya aguantado para no caerme. ¿Dónde estarán los otros locos que andan con él? ¡Ah, ya sabía yo! Por atrás se asoman el chiquitico y el de las motas. Él se ha quedado mirándome con ojos interrogadores. Mejor no lo miro más.

—¡Oye, a este tipo se le cae la baba con la tenista esa! Míralo, Eduardo, si no se da cuenta de que estamos hablando de él.

Sí los oigo, pero disimulo. ¡Ahora sí estoy loco! El olor de esa muchacha se me pareció al de Luna. Es la segunda vez que me pasa. Si no llega a separarse pronto creo que la hubiera besado, y luego hubiera tenido que irme. No es Luna. Es una pena que siendo tan bonita tenga una voz tan ronca, casi masculina. Luna tiene una voz muy dulce. Nada más dijo una palabra, pero fue suficiente. Claro, puede que tenga una linda voz, y haya quedado ronca con la gritería. ¡Qué locas están! No puedo creer que la energía les alcance para ir cantando todo el camino. No imagino a Luna entre ellas. Es muy sosegada y más bien tímida. Bueno, a lo mejor logran ir cantando, pero me imagino que el regreso será distinto. A la vuelta, todos viramos con la lengua afuera; todos no, los más afortunados. Hay quien regresa en la ambulancia, con llagas en los pies o desmayado. Claro, les pasa más a las hembras que a los varones, pero hay sus casos. Miro a las estrellas. Puedo distinguir Gamma Orionis, de la constelación  por Orión. Se le representa con la figura de un cazador con su arma en alto. Distingo las tres estrellas brillantes, alineadas, que forman el cinturón y otras tres más opacas que son la espada. No entiendo la identificación de las estrellas con armas o guerreros. La luz nada tiene que ver con la guerra. En cambio, tiene que ver mucho con el amor. Si yo pudiera, solo por un momento, acercarme a Luna y poder al menos verla, sería dichoso. Creo que nada ha tenido sentido. Está muy claro que ella no siente como yo. No puedo culparla, pero no lo merezco. No ahora.

—Usted puede decir cualquier cosa, pero la chamaca esa lo deja fuera de combate —me dice Rosabal,  y sigue hablando—: Lo único que eso es tremendo lío, porque ella está con el tipo ese que juega ping-pong.

¿Tanto se me nota? La noche aquella en la escuela el Pincho y el Bala me dijeron lo mismo. Nadie puede pensar que esta no me gusta, que solo me recuerda a Luna y yo sé que siento por Luna algo serio. De alguna manera, hay cosas de ella que me hacen pensar en Luna, pero no es por ella misma.
Oigo la voz de Rosabal otra vez:

—Fíjate si es así, que lo deja lelo —me toca en el hombro—. ¡Ssss! Despierta, que estás en Cuba.
Se ríen de mí y los dejo. No entenderían nunca.

Trato de alejarme del coro, porque ya la voz no me da más. Si les sigo la corriente, me quedo muda. ¡Qué manera de tener energía estas chiquillas! Ya veré luego a Estela con todos los paños que se enreda en el cuello, la salvia y ese ungüento chino cuando no pueda hablar. Cada vez que se pone así parece una gitana vieja y bruja.
Está tan entusiasmada que ni ve cuando me retraso y salgo del grupo. Voy quedando sola en el tumulto. La noche está clara. Mirar a las estrellas me recuerda a Merlín. En realidad, todo me lo recuerda. La noche es el espacio que hemos compartido y solo este hecho basta para que su ausencia crezca y sienta la nostalgia. No sé, cuando ese muchacho me cogió del brazo para que no me cayera, sentí un corrientazo, un cosquilleo. ¡Si Merlín supiera que a él no le permito ni siquiera hablarme de amor y me derrito cuando me toca ese otro, que tiene un tipo tan raro y es de los mala cabeza de doce grado. El peso de un brazo sobre mi hombro me hace volver la cabeza.
Es Gilberto.

—¿Por qué andas sola? —pregunta, y más parece un hermano mayor que un amigo.
—Porque —aquí carraspeo un poco para aclarar mi voz, si es que eso es posible— ya ves como andan Estela, Rebeca y compañía, berreando a más no poder y yo me quedé sin voz.
Gilber quita el brazo de mi hombro y me coge por la mano como a una dama de la corte francesa.
—Vámonos, mi princesa, a caminar; yo te acompaño.
Me dice, parafraseando los versos del poema de Roque Dalton porque sabe que me gustan y aunque es un regado, tiene muy buena memoria.
—Eres genial —le digo.
El hechizo de la poesía se rompe cuando él me reprocha, bravo:
—Nada más que a ti se te ocurre ponerte a cantar con las locas esas cuando hace tan poco estabas enferma de la garganta. A ver, que pareces más un bebé que una mujer de casi veinte años.
Me hace reír. ¿Será verdad que la preocupación por la edad es un problema femenino? Puede ser, porque enseguida respondo:
—Diecisiete, Gilberto. Ni uno más.
Él ríe también, pero ya me está anudando al cuello su pañuelo de bolsillo y me abotona la camisa hasta arriba. ¡A veces me parece un viejo! Es verdad que yo lo obligo a estudiar, pero él me cuida como si fuera su hija. Me da un golpecito en la cabeza y dice:
—¡Aprende, que yo no soy eterno!
Seguimos caminando cogidos de la mano y veo delante de nosotros, como a dos filas más allá, a Juan Carlos. Camina solo, y no sé por qué da la impresión de un niño desamparado.
—¿No te habla? —pregunta Gilberto.
Yo le digo que no con la cabeza.
—Está ofendido conmigo y pienso…
Gilberto me tapa la boca:
—No hables. Cuando abres la boca te entra todo el frío de la madrugada. Espera a que salga el sol a ver si te recuperas.
Caminamos callados.  En medio de la frialdad de la noche y los cantos de las muchachas, es para mí un alivio sentir la mano tibia de Gilberto en mi mano.

La tenista va de la mano con el físico loco. ¿Dónde estará su pareja? Míralo, si va solo por allá. ¿Se habrán peleado? Esta sería una buena oportunidad para hablar con ella durante el camino, pero me ha defraudado su voz. Tal vez haya más cosas de ella que no me gusten. ¿ Y si Luna me sorprendiera? Pero qué digo, si no sabe quién soy. Aunque la conoceré algún día y recordaré que en este momento estaba hablando con otra. Claro que son dos cosas distintas hablar y enamorar.
Ya llevamos un buen rato de marcha. El físico loco se vira y me pregunta:

—Compadre, ¿qué hora tienes ahí?
A mí no me cae bien lo de compadre, pero el socio está vola’o en Física y el año pasado nos ayudó con unos problemas para las pruebas finales. No tiene por qué caerme mal. Voy a responderle cuando otra chiquita que va al lado mío le contesta:
—Son las cuatro y cuarenta y dos.
—Gracias, mi cielo —dice él y sigue con la tenista, sin molestarse en dirigirme de nuevo la palabra.

Faltan por lo menos dos horas para que amanezca. En esta época del año todavía son largas las noches. Por suerte para mí. ¿También será una suerte para Luna? Lo dudo. Se comporta de un modo tan extraño. Quizás debí llamarla de otra manera. Recuerdo ahora a Romeo y Julieta. Es cierto que la luna es inconstante: tiene cuatro formas cada veintiocho días. Demasiados cambios, demasiado voluble. No puedo ser así, tan irracional. De verdad que los celos enloquecen. Ella es constante y buena. Demasiado buena. Quizás sea eso lo que nos aleja. Algo presiente sobre mí que no se decide a dejarme entrar en sus sentimientos. ¿Qué es esto? Algún gracioso me tapa los ojos por detrás. O graciosa, porque siento el olor del perfume repugnante que usa Mariela. Esto era lo que me faltaba. Creo que el peor error de mi vida ha sido el poco tiempo que estuve con ella. Gracias al famoso papel de macho que nos creemos obligados a hacer. Si es verdad que las personas reencarnan, ella debió ser una bruja medieval, o Lucrecia Borgia.
Para colmo, Rosabal y Eduardo me miran y aprietan el paso. Los entiendo como si hubieran hablado. Se van y me dejan, y a lo mejor hasta piensan que me han hecho un favor. Cuando el destino nos juega una mala pasada, hay que tener paciencia. O como dice Ramón: coopera con lo inevitable. ¡Ñó, pero qué trabajo me da si lo inevitable es Mariela! Ni la sarna me parece tan mala.
Tengo que esperar primero que quiera quitarme las manos de encima y luego, aguantar su cháchara.

—Cariño, demoré en encontrarte. Ya pensaba que no habías venido a la caminata. Te escondes bien. Espero que no sea de mí.

¡Caballero! Esta chiquita está loca. Habla como en las novelitas esas que alquila la novia sin sesos del Pincho. No, y por lo menos aquella tiene justificación, porque no estudia ni trabaja. Se quedó en su casa como un parásito. ¡Si esta siguiera su camino! Hago un supremo esfuerzo para no ser grosero.

—Hola, Mariela. ¿Para qué me buscas?
—Mira que eres pesado —me da un empujoncito de cariño, tan cheo como ella—. Para hablar contigo y caminar juntos. Muchacho, eres arisco. Yo pensé que a estas alturas ya te habías dado cuenta…, vaya, que como yo…

¿Qué es esto? Será que esta chiquita me va a hacer una declaración de amor?  Miro desesperado a mi alrededor y veo que el físico ya no está con la tenista. Ella camina sola. No lo pienso dos veces, interrumpo a Mariela y le digo:

—Disculpa, Mariela, pero dejé a mi novia sola. Luego te veo.
Me apuro en alcanzar a la tenista, pero en el mismo momento llega al lado de ella otra muchacha y al verme, me dice:
—¡Hola! ¿Vas a acompañarnos un rato?
La tenista la mira con ojos asesinos. Me da gracia, porque es muy evidente que no desea para nada que yo esté ahí y la amiga le está poniendo la cosa difícil. No pienso darle gusto, porque de repente siento deseos de mortificarla; es como si padeciera una enfermedad contagiosa o algo. Se nota que no me agradece lo que hice por ella el otro día cuando los locos esos quisieron asustarla en el pasillo central, o ahorita, cuando la aguanté para que no se cayera.
 —Parece que te has convertido en un caballero protector últimamente, ¿no? —agrega, mirándome con picardía.
La tenista, que casi no puede hablar, susurra un «por favor, si no te molesta quisiera hablar a solas con ella» y no me queda más remedio que apartarme.

¡Qué chasco! Pero cuando trato de ver si Mariela nos mira, no la veo por parte alguna. La impresión de la noticia debe haberla dejado tiesa. Ahora seguiré adelantando para alejarme de ella. Apenas murmuro un «Disculpen» y me alejo de la tenista y compañía.

—Has estado de verdad grosera con ese muchacho —me reprocha Estela cuando él se aleja—. Me ha dado vergüenza por ti. ¿Qué te pasa?
—¿Y a ti, por qué te importa tanto que haya despachado al chiquito ese? —le pregunto—. Es del grupo ese de los aseres de doce grado que andan en la guapería y son tremendos vulgares.
—Pero es que siempre juzgas a los demás de forma severa. No te querría decidiendo un juicio en contra mía por nada del mundo. A mí no me parece malo. Además de que me contaste que el otro día te defendió cuando los tipos esos se te atravesaron en la escuela.
—No me defendió. Solo me dejó pasar.
—¿Eso no es defenderte? Se puso de tu lado. No me digas que tú, la inteligente, no te diste cuenta de que esa actitud suya lo puso en contra de los otros amigos. No tienes ni un pelo de boba; piensa para que veas que tengo razón.
—No, yo seré implacable, pero con semejante abogada defensora, seguro sale inocente.
—Por favor, no seas irónica. Yo lo veo con esos chiquitos raros con que anda y él no luce igual a ellos. Le noto algo tierno en la mirada…
—Eres una mentirosa, Estela.
—Y tú una descarada. No dejas que se acerque porque es atractivo. ¿Temes que desplace a Merlín? Por lo menos, tiene unos ojos que hechizan, como si fuera un mago. A tu otro mago, a Merlín, no lo has visto. La vista es importante, mi amiga.
 —No es eso, Este, yo te lo juro. Mira, tú mejor que nadie debes entenderme. Es una sensación de cercanía como si nos conociéramos.
—¿Acaso estás creyendo en la reencarnación, en otras vidas anteriores?
Cuando Estela se pone como ahora, la matara. Llega Gilberto y nos interrumpe. Vamos atravesando la carretera, pero a la derecha nos queda un llano que parece un desierto, y más allá pueden verse algunas elevaciones, y la falda del pico S.J.
Por fin llegamos a la base del pico. Los tres juntos empezamos la subida. Nunca imaginé así la escalada. En realidad es igual a subir una calle empinada, pero tienes que agarrarte de los matorrales, de las ramas que encuentras, y la respiración se hace fatigosa. Por suerte, Gilberto va conmigo y evita cualquier resbalón. Me pesan tanto las piernas que cada vez voy más lento. Él me propone parar ahora y sentarnos un momento, porque hay unas piedras lisas, pero no acepto. Creo que si me siento, va a ser peor. Seguimos con dificultad. Lo único bueno es que no hay calor, no solo por lo temprano del día, sino por la vegetación, que es muy tupida.
¡Por fin! Llegamos a la cima. Creo que hemos demorado casi dos horas en subir, pero vale la pena. El viento me da en la cara y dejo que me agite el pelo. Hay nubes cerca de nosotros: parecen esponjas blancas que flotan. Es impresionante la vista desde aquí. El mar tiene distintos tonos de azul, en algunos lugares casi verde. Los campos muy verdes, e increíblemente, todo aparenta ser muy parejo. Se ve un río, igual a como lo dibujamos: una línea que parece estar inmóvil y se pierde cuando llega al océano.
—No se pierdan esto, muchachas, miren qué belleza.
El sol asomaba por detrás de unas lomas, un disco grande y amarillo rojizo que en realidad parece una bola de fuego. Es una imagen de verdad hermosa. Amanece.
Nos sentamos a descansar y a esperar a los demás. La profe de Biología está revisando los pies de Rebeca, que se rasguñó en la subida.
—Rebeca, mira que eres exagerada. Eso es un arañazo —le dice Estela.
Rebeca se pone brava.
—Claro, como no eres tú, brujita. Es que todavía no hay suficiente claridad para que lo veas bien.
Esta Rebeca es tremenda. La profe busca a alguien, pero la ambulancia está abajo.
—¡Profe! —la llama Gilberto—, llame a un helicóptero de primeros auxilios. La gravedad de la herida no permite el descenso.
—Niño, cada vez eres más pesado —le dice la accidentada—. Si sigues así te van a incluir en la tabla periódica como un nuevo elemento. Por supuesto, vas a ser el más raro y el de mayor peso específico.
Gilberto le hace muecas mientras imita las carcajadas de ella. El director, que está recorriendo los grupos, llega hasta nosotros.
—Vamos a empezar el descenso, muchachos. Procuraremos estar antes del mediodía en la escuela. Con cuidado, que la tierra está húmeda. Vayan de dos en dos.
Gilberto es todo un forzudo. Se pone en el medio de Estela y yo para bajar.
—Estela, ¿dónde se metió el oso? —le pregunto.
—¿Quién? —me pregunta Estela, porque del otro lado no oye bien mi voz ronca, pero por fin entiende—. ¡Ah! El oso. Sabes que ese oso tiene tremendas malas pulgas. Estaba rezongando y lo dejé por ahí.
Nos reímos y de pronto siento que se me enreda el pie, caigo al suelo y resbalo, como por una canal…

¡Mi madre! ¿Qué le pasó? Ha caído rodando. Logro agarrarla y veo su cara, llena de arañazos, y los ojos cerrados. El físico me grita desde arriba, pero viene remolcando a la otra muchacha y entonces le grito que me parece que está bien, pero sin conocimiento. Voy a bajarla. La cargo y noto que no pesa mucho. Es menuda. Trato de apurarme lo más posible. Parece que se ha corrido la voz, porque viene Ricardo, el profe de Educación Física, a ayudarme y me pide cargarla él. Le digo que no estoy cansado y me apuro, porque ella no se mueve y me da miedo. ¿Se habrá dado algún golpe en la cabeza? ¡Mi madre! ¿Irá a morir esta muchacha? Siento mucha angustia y ya en la carretera corro hasta donde se ve la ambulancia. Tengo la sensación de que su vida depende de mi rapidez.
Llego a la ambulancia y la están esperando. La acuestan en la camilla y una doctora la revisa. Se vira hacia mí para preguntarme:

—¿Se golpeó en la cabeza?
—No lo sé, doctora. Yo la vi cayendo. Es posible que se haya dado con  alguna piedra, porque rodó un tramo bastante grande.
Asiente. Veo que le toman el pulso, la presión. Habla con la enfermera. Todo esto me preocupa.
—¿Está bien? —pregunto yo, aturdido todavía por el accidente.
—No lo sabemos, muchacho. Hay que examinarla. La llevaremos al hospital para reconocerla bien y hacerle pruebas. Fue una suerte que pudieras ayudarla.
—Pero,  ¿estará bien? —siento que no me han respondido la pregunta.
Veo que la doctora comprende al fin, porque me tranquiliza.
—Seguro que va a estar bien. No te preocupes.
—Oiga, ¿no puede acompañarla alguien? ¿Podría ir con ella?
—Es mejor que no. La enfermera va a ir al lado de ella. ¿Lo ves?

Me quedo mirando cómo le ponen oxígeno y un suero. ¿Para qué, si no saben qué tiene? La ambulancia sale con su luz roja y su sirena. Ahora tendré que hablar con su amiga y el físico. Los veo venir. ¡Qué casualidad! No es este un buen amanecer, a pesar de que ya la mañana dejó de ser promesa y es un hecho, tan cierto como que siento el corazón encogido dentro del pecho y hasta deseos de llorar. Por favor, me digo, que no le pase nada malo. ¡Si hubiera estado más cerca! La amiga me mira con un poco de asombro porque ve que estoy preocupado.

 












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