viernes, 16 de noviembre de 2012

NOCHE OCTAVA (La noche en el bolsillo)

La noche estrellada sobre el Ródano,(Van Gogh)



He pensado con nostalgia en Merlín. No encuentro placer ni siquiera en los ocasionales juegos de ping-pong que nos permitimos Juanca y yo para relajarnos un poco de la tensión del estudio. Estela no me ha dejado que le hable durante la semana, porque dice que tengo la culpa de sentirme así. Es un desasosiego extraño, y apenas me concentro. Por poco pierdo un punto en la prueba de Literatura y ¡por una falta de ortografía! Escribí, hablando de Galileo, “los discorsi”. Por suerte, lo vi a última hora, ya que la D era en mayúscula, porque es el título de la obra. Lo peor es que la respuesta era como de una página. Me pasó por lucirme y hacerme la sabihonda, porque en realidad la pregunta era sobre el teatro de Brecht.  Si me puse mal yo, peor se puso el profe Raúl. No quería creerlo. Me adora casi como a una diosa. Ese es el temor que me da con todos: con Gilberto, que me imagina dulce y buena como una virgen; con el profe Raúl, para quien soy una moderna Sor Juana; con Juanca, quien piensa que soy la más bonita y la más inteligente. Al final, yo me veo como todo el mundo y temo decepcionarlos. Lo peor es que cuando trato de sacarlos de su error, piensan que también tengo la virtud de la modestia, y no es verdad. Soy soberbia y me disgusta equivocarme. Lo que sí no tengo ningún ánimo de lastimar a los demás, y siempre me acuso si soy dura o áspera con alguien.
Por eso aprovecho que dieron permiso para estudiar hasta más tarde en las aulas y me escurro hasta mi rincón de la caseta, con uniforme y todo. Daba por descontado que Merlín no estaría, así que no tomé precauciones. Me siento en un cartón.
—Cuando estaba la noche más oscura, salió la luna para alumbrar mi corazón.
—¡Merlín!
—Yo mismo, sin vara mágica, sin la danza de los gigantes y como un simple mortal, esperando, alimentado por una mínima esperanza. A veces, cuando te extraño, quisiera llevar la noche en el bolsillo y sacarla, como un pañuelo, y agitarlo en el aire para extender las sombras y las estrellas, para escucharte, Luna, y sentir ese olor tuyo, a flor, a madera, a ti…

Tengo que decir que para mí son estas las más románticas palabras del mundo y que no cambio a mi Merlín por ningún personaje de novela. «¿Ni siquiera por el verdadero Merlín?», preguntaría Estela. Dudo, pero no conozco al verdadero y la magia de este la logra solo con tenerlo cerca, como ahora. Para mí, suena un arpa dulcemente y flota en el espacio, a nuestro alrededor, un coro de voces angelicales.

—Estar a tu lado es como flotar en el tiempo, en contra de la gravedad.
¡Si es como lo digo! Me lee el pensamiento. O tal vez es que siente lo que yo siento. ¿Será posible? A lo mejor es un falso y se ha aprendido esas frases para engañar a bobas como yo. Me pongo en guardia.
—Yo pensé que la astronomía era parte de la física.
—Así es. ¿Por qué lo preguntas?
—Porque si desafías la gravedad, estás desconociendo una de las leyes físicas, lo cual para ti es muy importante. A la hora de estudiar Astronomía, quiero decir.
Se ríe, el muy bandido. Debe saber que eso me encanta.
—Solo que el sentido del humor no es una ley de la física, es una cualidad humana y por estar siempre a la defensiva, cuidándote de mí, perdemos los mejores momentos de estar juntos. ¿Quieres que te proponga otro trato?
—Está bien. Pero no te puedo prometer aceptarlo —respondo yo, sospechando.
—No hace falta que prometas algo. Sé que te conviene.
—Claro, como eres adivino…
—Adivino, no, soy mago. Recuerda que me nombraste Merlín. Y las cosas, según una frase de un cuento de Onelio Jorge, son como uno las va nombrando por el camino. Así que soy mago, por obra y gracia tuya.
—Muy gracioso —le arrugo la nariz, por gusto, porque él no puede verme.
—¿Sabes que me parece que haces muecas? —respiro hondo, ¡también lo sabe!—. Lo que te propongo es no decirte más piropos ni enamorarte. Hablar como dos amigos, al final es lo que somos. Y podré conocerte y disfrutarte mejor. Dejarás de estar a la defensiva. Quiero gozar de tus ocurrencias, de tu gracia.
Me confunde. Es verdad que temo al enamoramiento, pero me gusta todo lo que me dice.
—¿No estaba en lo cierto? Es la mejor propuesta que puedo hacerte. Pero no me pidas que deje de venir aquí. Todo, menos eso.
No puedo decir nada en contra.
—Estoy de acuerdo. Pero por ahora no podremos seguir viniendo. Hoy me escapé un rato porque mañana no tenemos prueba. Hasta pasado, que es la de Historia, hay un receso.
—¡Menos mal! Ya me asfixio si no vengo acá alguna noche y, aunque no estés, hay algo en el ambiente que te recuerda.
No respondo. Me cuesta hablar ahora, porque no sé si será mejor tenerlo distante. Creo que será peor. A uno siempre le gustan las cosas difíciles. ¡Mi madre! Ahora sí seguro que me enamoro. Tengo que inventar algo para acabar con esto.
Después de las pruebas haremos una caminata a la sierra Las Casas, porque termina el semestre. Es en la madrugada del domingo, así que no salimos de pase. Después, cuando vayamos a la casa, tenemos cuatro días de vacaciones.
—Ahora vamos a estar tiempo sin vernos. Después de las pruebas, tendremos la caminata y las vacaciones.
—No son tantos días. Si no fueras así, tan caprichosa, pudiéramos ir a casa de tu abuela en esos días. Me gustaría muchísimo.
A mí algo se me mueve por dentro. No sé si el estómago o el corazón.
—¿Y qué me dices de tu mamá? Ahora necesita compañía. Tu hermano es chiquito y contigo podrá hablar mejor.
—Si supieras, desde que por fin se separaron, las cosas están mejor. Y compañía, tiene. Mi tía vino para la casa y se ha quedado un tiempo en mi casa. Ella vive en Matanzas, porque trabaja en la termoeléctrica de allá, pero está haciendo un curso sobre protección ambiental. Se va a quedar seis meses. Eso a mami le viene muy bien. Además, Luna, ¿de qué va a hablar conmigo? Ella es diseñadora de modas y de ahí a la astronomía, hay millones de años luz.
—No, qué va. Hay millones de años hombres, y déjame decirte que es muchísimo, porque el machismo viaja más rápido que la luz.
Pensé que le iba a dar un ataque, porque no paraba de reírse.
—¿Ves lo que te digo? Eres muy ocurrente. No soy machista, pero no tengo que ver con el diseño de ropa, y ese es el mundo de mi mamá.
—Pues mira, ahora que no tiene pareja, es cuando le hace falta que la acompañes a desfiles o a presentaciones, que te intereses por lo que hace. No puedes ser egoísta.
Se hace un silencio corto.
—Quizás algún día tú puedas salir con ella.
—Pudiera ser. ¿Quién sabe? A lo mejor un día a las ranas le crecen barbas, y a ti, cuero de ganado vacuno.
—¡Ay, Luna! Qué cosas tienes. Está bien, pero si es ganado vacuno, que sea un toro.
—Te lo decía ya. Enseguida supe que eras de ese grupo.
—Pues te equivocaste. No me gusta el diseño de modas, pero tampoco me gustan las carreras de motos, por ejemplo. Una actividad muy “masculina”, que yo sepa. Sin embargo, me encanta el ballet y el teatro. Cuestión de gustos, Luna, no de actitud ante la vida.
De pronto se oyen unas voces y vemos la  luz de una linterna. Oigo cómo Merlín se levanta y viene hacia mí. Estoy tan nerviosa que no atino a moverme. Me dice bajito: «Escóndete atrás. Yo veré quiénes son».
Voy hasta la parte de atrás de la caseta. En eso sale Merlín:
—¿Qué hacen ustedes aquí a esta hora? —oigo que pregunta con voz de trueno, igual a la de un profesor. Después llegan las respuestas,  asustadas.
—Venimos a coger aire —dice uno, con voz de niño chiquito, y hay otra voz detrás de la de él, muy parecida, que trata de confirmar.
Se oye entonces otra, muy diferente.
—¡Eh! ¿Qué te importa a ti, mi hermano, lo que estamos haciendo aquí? No eres profesor, ni cura, ni policía —dice el sujeto que parece ser de los aseres de la escuela.
Oigo un forcejeo y un ruido de cuerpos que chocan. ¡Mi madre! ¿Qué estará pasando? Pero no puedo salir de mi escondite. Parece que ahora el guapo reconoció a Merlín.
—¡Oye! No sabía que eras tú, mi socio. Vine a abrirle unos huecos en las orejas a los chamacos estos para que se pongan aretes.
—¿Aretes?¿Estás loco, Pochi? Primero, esto está oscuro, capaz que le hagas el hueco fuera de lugar y además, se le infecta. Eso tiene que ser en la enfermería.
El socio se echa a reír.
—Yo no soy enfermero, mi hermano. Y si es allá no me busco unos pesos.
«¡Qué asco!», pienso. Ese tipo está cobrándole a esos dos novatos por echarle a perder las orejas. Siempre encuentra uno a algún bobo.
Merlín habla tranquilo, pero firme.
—Que no se te ocurra hacerle nada a estos chamacos. Y ustedes, andando pa'la escuela, ¡vamos!
Siento como se van corriendo y el otro le dice algo que no logro oír. Pero sí oigo a Merlín.
—Mira, Pochi, por una cosa de esas te embarcas y te botan de la escuela, compadre. Usa la cabeza, anda.
El otro no contesta enseguida. Después, llega la pregunta.
—¿Y qué tú haces aquí, mi hermano? Porque  a este lugar no se llega por casualidad.
—Estoy esperando a alguien, mi socio. Por eso me hace falta que esto esté despejado.
—¿Alguna jevita, asere?
—Eso es asunto mío, Pochi. No me malees.
Todavía oigo un murmullo y risas. Menos mal, pero se tienen que haber dado algunos golpes, por los ruidos que sentí. ¡Qué susto! Merlín me habla.
—Luna, ya no hay peligro.
—¿Te hicieron daño?
—No soy tan débil —responde, con voz cansada.
—Espero, por tu bien, que sea así —le digo, y se me ocurre otra pregunta—. ¿Te gustan los piercings?
Contesta muy socarronamente.
—¿Dónde?
—En la nariz, en la ceja, en la lengua, dondequiera.
—No me gustan. Ni tampoco me gustan los tatuajes. Todo eso sí me haría parecer ganado vacuno.
¡Menos mal! Yo no resisto esos chiquitos llenos de argollas. Ni los tatuajes tampoco. Antes, los tatuajes se los hacían los marineros y los presos. Eso dice mi mamá. Ahora se ha vuelto una moda. Y entre las muchachas, más. Se lo digo y ríe.
—Eres una extremista, Luna. A las personas no se les puede juzgar porque quieran marcarse el cuerpo, o usar una moda. ¿Tú ves que ahora cualquiera puede usar el pelo largo? Pues dice mi mamá que cuando ellos eran jóvenes, si tenías el pelo largo pensaban que eras un delincuente y hasta podías ir preso y todo.
—Eso es una exageración, Merlín. A las personas las llevan presas por robar, golpear a alguien, por hacer algo que está prohibido, pero no por el pelo.
Ríe a carcajadas.
—Luna, me preocupa tu inocencia. No siempre es así. La justicia y las leyes las hacen las personas, y las personas se equivocan.
—Uno puede equivocarse, pero no así.
—Desgraciadamente, sí.

Entonces me habla de los hippies, de los cantantes de la Nueva Trova, de los Beatles, de música que no podía oírse sino a escondidas y me asombra saber cosas que pasaron hace solo veintipico de años pero que parecen ser de la edad de las cavernas. Escucho hablar a Merlín y me lo imagino viejo. Sí, habla como si fuera mayor: su vida no debe haber sido fácil, es como si hubiera tenido que crecer de repente para alcanzar el lugar donde se le permitía aspirar el oxígeno. He sentido esa sensación cuando me zambullo y salgo a la superficie, solo que no es igual. Salir del agua toma unos segundos, ¿cuánto le habrá costado a Merlín salir a respirar? Me parece que muchas cosas no tan envidiables. Eso me acerca más a él. Lo hace parecer un héroe ante los muros destruidos de mi fortaleza, porque sí, es cierto, no me lo puedo ocultar a mí misma: estoy enamorada de él. No sé si una puede saber la cantidad exacta del amor. Pero es muchísimo en mi caso. No lo puedo medir. Es igual a cuando uno le dice a su mamá que la quiere mucho, abre los brazos y señala de aquí al cielo. Creo que es así. Enamorada de aquí al cielo, pero ida y vuelta un montón de veces, hasta el infinito. ¿Esto es amor, de verdad? Temo que sí. Aunque de nada sirve temer en mi caso. «Para ti, hija, el amor es una enfermedad contagiosa para la cual no se ha inventado todavía una vacuna», me dijo Estela la última vez que hablamos del tema. Solo siento mucho miedo: a sufrir, a perderlo…  Aunque también recuerdo algo que leí en algún lugar. Nos asustamos y tememos a algo, pero cuando las cosas ocurren no son tan malas, o al menos, no duelen tanto como uno se imagina.

Alejo el silencio y mis cavilaciones cuando me levanto y le digo:
—Debo irme, Merlín. Ya es tarde.
Él responde desde la puerta de la caseta.
—Nos quedamos mudos. Quédate otro rato, Luna. Todavía es temprano.
—Me prometiste no insistir cuando decidiera irme.
Se rinde. Siempre consigo rendirlo con esa suerte de propuesta amenaza que lo asusta, porque piensa que puede dejar de verme, digo, oírme.
—Está bien. Me voy primero. ¿Cuándo vuelves?
—No lo sé. Creo que será antes de las vacaciones. La caminata es el sábado. Podríamos venir el domingo. No salimos hasta el lunes esta vez.
—De acuerdo. ¿Vas a cuidarte?
—¿En la caminata? No soy tan débil. Me canso un poco, pero nada más.
—Lo sé. Pero cuídate de todos modos. ¿Lo prometes?
—Prometido. Adiós.
—Adiós.
Oigo sus pasos que se alejan y siento deseos de gritarle que vuelva, pero nada digo. ¡Si pudiera tenerlo cerca durante la caminata! Saber que estará al tanto de mí. De todas formas sería imposible, porque están Gilberto y Estela que no me dejarán sola.





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