lunes, 17 de noviembre de 2014

UN BRINDIS POR EL ROJO



En un momento impreciso de la década del 80 conocí personalmente a Wichy Nogueras. Estaba yo en el taller literario de Plaza, que en ese momento tenía como asesora literaria a Daina Chaviano y ella fijó encuentros semanales con diferentes escritores. Esos encuentros se realizaban en la Casa de la Cultura de Plaza, en Calzada y 10. Por azares y desventuras de la memoria recuerdo solo el de Nogueras y el de Robreño. Supongo que haya sido a finales de 1981 o 1982 porque ya había recibido el premio Casa de las Américas por su poemario Imitación de la vida, al que recurrí muchas veces a lo largo de mi vida y que, lamentablemente, desapareció con muchos otros libros de mi casa en Cienfuegos.
Cuando llegó “cabeza de zanahoria” no me imaginaba que aquel hombre raramente pelirrojo, vestido con un jean y una chamarreta de mezclilla también, fuera el poeta admirado y tan leído. En mi imaginación estaba al nivel de los dioses y allí lo veía cercano, de carne y hueso, riendo y haciendo chistes cada dos por tres.
Habló de cómo comenzó a escribir (que en su caso era una especie de destino manifiesto, a causa de su familia) y contó sobre su no rutina de trabajo, de sus guiones de cine, de lo que disfrutaba escribir la novela de tema policial. No hay dudas de que Y si muero mañana es una de las mejores escritas por un autor cubano. No recuerdo mucho del encuentro, creo que todos estábamos muy impresionados teniendo delante a alguien que incursionó en el cine escribiendo el guion de importantes filmes como El brigadista y Guardafronteras, que pertenecía a lo más florido de nuestra bohemia poética y que sabíamos iconoclasta no solo por su literatura sino por su vida. Compartía el taller yo con varias personas que se dedicaron a las letras  desde aquella feliz época. Era una ávida lectora de poesía y después de que uno de los dioses de mi Olimpo íntimo bajara a la Tierra y se hiciera humano y, de alguna manera, alcanzable por las imperfecciones y virtudes de los pobladores del planeta, profundicé y busqué datos sobre él, sin encontrar muchos en aquel momento. Tenía sus libros Cabeza de zanahoria, Y si muero mañana, Imitación de la vida y aparecían poemas suyos en una antología que se llamó Poesía joven y en Asalto al cielo. Solo encontré las informaciones esenciales sobre su obra, dispersas en algunos números de Bohemia, Casa de las Américas (a propósito del premio) y en algún Caimán Barbudo, el que fuera también uno de sus lugares de trabajo. Solo ahora, con las posibilidades que brinda Internet he podido conocer más de su vida, además de que el universo me envió como regalo el estar en Cuba durante la feria del libro de este año y viajé a Cienfuegos con un excelente grupo de escritores, editores e investigadores entre los que se encontraba Neyda Izquierdo, a quien él amara de manera especial  y con quien compartiera una parte importante de su vida y, por tanto,  muchos de sus pensamientos y su particular filosofía personal.
Su vida fue breve, pero muy intensa. Baste leer el resumen (aunque por supuesto, bastante rígido y solo enumerativo de hechos ordenados cronológicamente) que aparece en Cubaliteraria: http://www.cubaliteraria.cu/autor/luis_rogelio_nogueras/bio.htm).
A mí me habla desde sus poemas, más allá de sus guiones de cine famosos, de esas novelas como Y si muero mañana o El cuarto círculo (en coautoría con Guillermo Rodríguez Rivera).
Creo que la genialidad de su vida y su poesía se resume en ese breve poema que es Arte menor porque no fue la grandilocuencia su lenguaje, porque ironizó hasta sobre su poesía y porque pudo llegar a las honduras con un desenfado que convirtió lo trascendente en cotidiano.

Arte Menor

Estos son versos
de arte menor.
Aquí no pueden verse
los grandes movimientos
de masa de la historia;
en su mínima
bóveda de capilla
no retumban
los cañonazos
como en la
catedral
de la epopeya.

Cuarteto de cuerdas,
no sinfonía.
Pero cuando el héroe
regresa victorioso
del combate
puede descansar
bajo la húmeda fronda menor
de estos versos.


Y si debemos hablar de uno de sus poemas antológicos, comparable quizás al de los famosos palos de Fayad, porque además de excelente es sumamente popular, será sin dudas este:

Ama al cisne salvaje

No intentes posar tus manos sobre su inocente
cuello (hasta la más suave caricia le parecería el
brutal manejo del verdugo).
No intentes susurrarle tu amor o tus penas
(tu voz lo asustaría como un trueno en mitad de la noche).
No remuevas el agua de la laguna no respires.
Para ser tuyo tendría que morir.

Confórmate con su salvaje lejanía
con su ajena belleza
(si vuelve la cabeza escóndete en la hierba).
No rompas el hechizo de esta tarde de verano.
Trágate tu amor imposible.
Ámalo libre.
Ama el modo en que ignora que tú existes.
Ama al cisne salvaje.







Celebremos un brindis de poesía hoy, que el poeta cumple 70 años y a saber, como cierta vez habló del entierro de un poeta, del autor aquel de los poemas humanos que llegó hasta nuestras vidas con un pan al hombro, entonces leemos al Rojo: Dijo de los enterradores cosas francamente impublicables. Blasfemaba como un condenado y a sus pies un par de águilas lloraban pensando en las derrotas. En el entierro estaba Lautréamont, yo lo vi desde mi puesto en la cola: dejaba el sombrero al borde de la tumba y cantaba algo triste y oscuro (lloraba honradamente, ya lo creo, y los caballos devoraban higos en silencio). Hubo discursos, sonrisitas de Rimbaud junto a la cruz, paraguas abiertos a la lluvia como a él le hubiera gustado. Hubo más: hubo viernes y canciones funerarias, palomas que volaban sin sentido, como niños, versos oscuros, la hermosa voz de Aragón, suicidios deportivos de Georgette y nunca más y hasta siempre. A la hora más triste del asunto no quería bajar porque decía que allí estaba oscuro. Pero estaba muerto y hubo que bajarlo. Los sombreros abandonaron las cabezas, se alzaron copas, adioses, letreros de nunca te olvidamos. (Un joven poeta a mi derecha le mesaba las rodillas a la muerte). Lo bajaron. Se aplaudió en forma delirante; la gente corría como loca asumiendo lo grave del momento. <Lo bajaban. Las mujeres lloraban en silencio porque bajaban las águilas, los sueños, países enteros a la tierra. Se intentó una última sentencia: Nerval se acercó con una tiza y escribió con letra temblorosa: Su cadáver estaba lleno de mundo.

Por eso y por todo hagamos un brindis por El Rojo, porque nos descubrió la gloria de un plumazo y se fue con la sonrisa pícara y el revuelto pelo a descubrir palabras y poemas, a recuperar aquel poema de amor llamado Niebla que, sin dudas, es un excelente poema de amor.

¡Brindemos, por la vida y por la poesía, que es brindar por Nogueras y este feliz aniversario que va y viene, lo devuelve por siempre y nos reitera que es el hombre ese animal increíble hecho de “esa sustancia con que amasamos una estrella”*.





*Nicolás Guillen, Un poema de amor.
Publicar un comentario

LinkWithin