jueves, 1 de enero de 2026

SUPERSTICIONES SOBRE EL CAMBIO DE AÑO: ¿QUÉ NOS TRAE EL 2026?

 




Es la noche del primer día de 2026 y llueve en Santo Domingo, ciudad capital de República Dominicana, al centro sur de la isla de igual nombre. El año se despidió con una lluvia, a veces intensa y otras, muy leve que comenzó la misma mañana del 31, se detuvo en horas de la mañana de hoy y luego continuó, sin descanso, como alguien que desea entregar un mensaje con su pertinaz presencia.

Ya otros días he revelado que soy supersticiosa y en todo cuanto ocurre busco señales, viviendo cada momento como el descubrimiento de cartas del tarot que vayan marcando el ritmo y explicando, sin palabras, la connotación tácita de acontecimientos presente o futuros.

Y he aquí que las palabras me han llevado por un camino completamente diferente al que ideé primero, cuando comencé a escribir. Quería decir solamente que, si el 2025 le entregó el batón de relevo al 2026 en medio de la lluvia, el nuevo año debe resguardarse para no pescar un resfriado y, además, si ha venido con agua debe augurar buenas cosechas y mucha humedad en este punto del trópico. Pero ya me estaba llevando a comentar los métodos de adivinación de las diferentes culturas, lo cual dejaremos para el dos o tres.

Pero no dejaré que el duende o burlón que tergiversa mi dirección se salga con la suya y vuelvo a referirme a las supersticiones. En mi familia, sobre todo por mi abuela materna, mi mamá y sus hermanas, lo que uno hacía en el momento de las doce de la noche marcaba el desarrollo del año recién llegado; por eso, no se podía pelear ni trabajar en las faenas domésticas en ese casi invisible umbral del tiempo entre la medianoche y los minutos siguientes. Debíamos bailar, brindar con sidra, comer las doce uvas (confieso que no me alcanza el tiempo para comer una por cada campanada) y reír mientras compartíamos con nuestra familia más cercana: padres, hermanos, sobrinos, nietos… en fin.

Pero existen rituales para atraer la buena suerte y la prosperidad relacionados con el arroz, las lentejas, los colores de la ropa interior o del vestuario, así como caminar con maletas dando vueltas a la manzana para atraer los viajes. Esta última se volvió muy popular en Cuba, a raíz de las carencias permanentes relacionadas con el aumento de los deseos de emigrar.

No sé si en algún caso concreto el resultado se haya correspondido con el ritual, pero de alguna manera si lo vinculamos a las modernas teorías de la ley de atracción o programación neurolingüística, los seres humanos se aferran a estos actos de fe con la esperanza de que se cumplan sus deseos, casi siempre relacionados con la abundancia material, la salud o el amor.

Menos la de las maletas, en mi familia casi siempre tratamos de recibir el año con alegría y recuerdo que muchas veces arrojábamos un cubo de agua a la calle para ahuyentar la mala suerte. Recuerdo a algunos vecinos que armaban muñecos y los quemaban a las 12, como un acto purificador de eliminar todo lo negativo del año que se despedía.

Es cierto que con los años hemos ido prosperando, nuestras vidas son mejores y de alguna manera, hemos logrado que las distancias geográficas nos acerquen en vez de alejarnos. Pero ya quedaron muy atrás los bombillos de colores con que adornábamos la mata de granada del pequeño jardín, o el rojo explosivo de aquella flor de Pascua de mi madre.

Pero incorporemos supersticiones sanas al acervo familiar: hablemos en el último minuto del año viejo o en los primeros del nuevo con nuestros seres queridos, para mantenerlos cerca del corazón; hablemos de los momentos felices, de los recuerdos que compartimos y nos hacen quienes somos, de nuestros sueños y cuánto logramos y cuánto queremos hacer en este Año Nuevo.

Ya veo de nuevo bailar en las luces del arbolito el rojo de la flor de Pascua y escucho a mi madre cantar aquellas melodías españolas que escuchó de su padre en su niñez y aún las canta, como se las canto yo a mi nieto o quizás a mi hija, si me lo pide.

Porque el tiempo es una línea que no va siempre en línea recta: salta, se endereza, gira, sube, para luego acercarse a cumplir nuestro más grande anhelo que, casi siempre, tiene que ver con el amor y la esperanza.

Por eso, el 2026 nos traerá toda la abundancia que imaginemos, el amor que dé calidez a nuestros corazones y la paz que inunde los días con la serenidad de los atardeceres. Trabajemos para que esos sueños nos arropen y despierten.

Que así sea.

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