Es la noche del primer día de 2026 y llueve en Santo Domingo,
ciudad capital de República Dominicana, al centro sur de la isla de igual
nombre. El año se despidió con una lluvia, a veces intensa y otras, muy leve
que comenzó la misma mañana del 31, se detuvo en horas de la mañana de hoy y
luego continuó, sin descanso, como alguien que desea entregar un mensaje con su
pertinaz presencia.
Ya otros días he revelado que soy supersticiosa y en
todo cuanto ocurre busco señales, viviendo cada momento como el descubrimiento
de cartas del tarot que vayan marcando el ritmo y explicando, sin palabras, la connotación
tácita de acontecimientos presente o futuros.
Y he aquí que las palabras me han llevado por un camino
completamente diferente al que ideé primero, cuando comencé a escribir. Quería
decir solamente que, si el 2025 le entregó el batón de relevo al 2026 en medio
de la lluvia, el nuevo año debe resguardarse para no pescar un resfriado y, además,
si ha venido con agua debe augurar buenas cosechas y mucha humedad en este
punto del trópico. Pero ya me estaba llevando a comentar los métodos de
adivinación de las diferentes culturas, lo cual dejaremos para el dos o tres.
Pero no dejaré que el duende o burlón que tergiversa
mi dirección se salga con la suya y vuelvo a referirme a las supersticiones. En
mi familia, sobre todo por mi abuela materna, mi mamá y sus hermanas, lo que
uno hacía en el momento de las doce de la noche marcaba el desarrollo del año
recién llegado; por eso, no se podía pelear ni trabajar en las faenas
domésticas en ese casi invisible umbral del tiempo entre la medianoche y los minutos
siguientes. Debíamos bailar, brindar con sidra, comer las doce uvas (confieso
que no me alcanza el tiempo para comer una por cada campanada) y reír mientras
compartíamos con nuestra familia más cercana: padres, hermanos, sobrinos,
nietos… en fin.
Pero existen rituales para atraer la buena suerte y la
prosperidad relacionados con el arroz, las lentejas, los colores de la ropa
interior o del vestuario, así como caminar con maletas dando vueltas a la
manzana para atraer los viajes. Esta última se volvió muy popular en Cuba, a
raíz de las carencias permanentes relacionadas con el aumento de los deseos de
emigrar.
No sé si en algún caso concreto el resultado se haya
correspondido con el ritual, pero de alguna manera si lo vinculamos a las modernas
teorías de la ley de atracción o programación neurolingüística, los seres
humanos se aferran a estos actos de fe con la esperanza de que se cumplan sus
deseos, casi siempre relacionados con la abundancia material, la salud o el
amor.
Menos la de las maletas, en mi familia casi siempre tratamos
de recibir el año con alegría y recuerdo que muchas veces arrojábamos un cubo
de agua a la calle para ahuyentar la mala suerte. Recuerdo a algunos vecinos
que armaban muñecos y los quemaban a las 12, como un acto purificador de
eliminar todo lo negativo del año que se despedía.
Es cierto que con los años hemos ido prosperando, nuestras
vidas son mejores y de alguna manera, hemos logrado que las distancias geográficas
nos acerquen en vez de alejarnos. Pero ya quedaron muy atrás los bombillos de
colores con que adornábamos la mata de granada del pequeño jardín, o el rojo
explosivo de aquella flor de Pascua de mi madre.
Pero incorporemos supersticiones sanas al acervo
familiar: hablemos en el último minuto del año viejo o en los primeros del nuevo
con nuestros seres queridos, para mantenerlos cerca del corazón; hablemos de
los momentos felices, de los recuerdos que compartimos y nos hacen quienes
somos, de nuestros sueños y cuánto logramos y cuánto queremos hacer en este Año
Nuevo.
Ya veo de nuevo bailar en las luces del arbolito el
rojo de la flor de Pascua y escucho a mi madre cantar aquellas melodías
españolas que escuchó de su padre en su niñez y aún las canta, como se las
canto yo a mi nieto o quizás a mi hija, si me lo pide.
Porque el tiempo es una línea que no va siempre en
línea recta: salta, se endereza, gira, sube, para luego acercarse a cumplir
nuestro más grande anhelo que, casi siempre, tiene que ver con el amor y la esperanza.
Por eso, el 2026 nos traerá toda la abundancia que
imaginemos, el amor que dé calidez a nuestros corazones y la paz que inunde los
días con la serenidad de los atardeceres. Trabajemos para que esos sueños nos
arropen y despierten.
Que así sea.

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