viernes, 6 de febrero de 2026

EL VAMPIRO EN LA MONTAÑA




El rey del país de las montañas era muy rico. Tenía montones de oro guardados en cofres, un castillo majestuoso y una cuadra llena de mulos. Hubiera preferido caballos, pero todos saben que para escalar una alta montaña hay que ser bien mulo, nada de caballo. El único inconveniente es la tozudez del mulo: ya sabes, cuando dice que no, ni a palos sube.

Este rey del cuento era caprichoso, como todos los reyes, y le gustaba coleccionar rarezas. Por eso se le ocurrió tener un monstruo de verdad. Mandó emisarios por todos los lugares en busca de uno, pero nada. El último dragón estaba contratado para encender las fogatas de los campamentos de verano, la bruja trabajaba en un museo, el ogro era el director de una guardería infantil. Esas noticias eran muy desalentadoras. Le llegó un aviso de que en cierta ciudad vivía un trol, muy feroz, pero cuando llegaron allá se había convertido en papalotero y solo aceptó ir al castillo los fines de semana ventosos, a empinar papalotes con sus amigos que eran más de mil niños. Para ponerle la tapa al pomo, pidió con anticipación que le despejaran la galería donde estaban colgados los retratos de la dinastía real, para montar una exposición de chiringas, katanas, chichiguas y todas las variantes de los papalotes, y un gran salón donde organizar el taller “Cómo se fabrica un papalote”.

Recuperándose a duras penas de su decepción, he aquí que aparece una mañana, en pleno puente levadizo sobre las rocas, una cesta de mimbre con un pequeño vampiro dentro. Era un bebé vampiro y le habían colgado un letrero que decía: SOLO TOMA SANGRE DE GALLINITA DORADA.

—¡Oh —se dijo en alta voz el rey! —Tanto tiempo buscando un monstruo o ser sobrenatural y ahora aparece con semejante dificultad. En este castillo no hay gallinas y mucho menos, doradas. Si la hago construir de oro no tendrá sangre.

Entonces mandó llamar a sus consejeros y les preguntó si sabían qué hacer para fabricar una gallina dorada y lograr que tuviera sangre, para poder alimentar al bebé vampiro. Enseguida fueron respondiéndole:

—Yo no —dijo el ganso.

—Tampoco yo —dijo el pavo.

—Ni yo —respondió el pato.

—Trataré yo —dijo el niño, y nadie lo creyó. Solo el rey, que estaba muy esperanzado con tener su vampiro y confiaba en la imaginación del niño.

Entonces despidieron a los consejeros del salón del trono no sin que el rey ordenara antes que se pusieran todos en el castillo a la disposición de ellos, por si acaso encontraban una fórmula secreta.

Cada consejero se retiró a sus aposentos privados, donde cada cual tenía montado su propio laboratorio. El niño salió del castillo y se fue al bosque, mientras los otros lo vigilaban desde los altos ventanales, hasta que lo perdieron de vista.

El bebé vampiro lloraba por hambre a grito pelado, y el rey se encerró en la torre más alta del castillo para no escucharlo. Rogaba a los dioses que se encontrara la manera de alimentarlo.

El pato consiguió una mezcla de sangre de pato con un poco de la del propio rey y pensó que bien podría parecerse al sabor de una sangre de gallina dorada. Llegó a la habitación del vampiro y el pequeño, nada más olerla, empezó a gritar más fuerte. Ni siquiera la probó.

El ganso, con su fama de tonto, mezcló su sangre con la del jefe de la guardia del palacio, quien se creía valiente armado con su lanza, pero dormía siempre con una luz encendida pues le temía a la oscuridad. Tal vez podría parecerse a la sangre de una gallina dorada.

Esta vez el bebé la olió con cuidado, como si le fuera familiar, pero tampoco la probó, y gritó más alto aún.

El pavo demoró mucho en decidirse: se miraba en el espejo primero para comprobar que sus plumas estaban bien peinadas. Todavía se pavoneaba cuando el niño regresó del bosque y fue directo a la cocina del castillo. Allí pidió ayuda a la cocinera para preparar algo.

Todavía el pavo no había terminado de mirarse en el espejo cuando el niño llevó al vampiro una jarra de hojalata con un líquido rojo.

Enseguida subió un paje a la torre, para avisarle al rey que el bebé había dejado de llorar. El monarca bajó las escaleras de tres en tres y se acercó cauteloso a la habitación. Allí vio una escena que lo dejó más que asombrado: el niño leía al bebé vampiro el cuento de La gallinita dorada, mientras el vampiro se bebía el jugo de fresa silvestre y reía de vez en vez, enseñando sus pequeños colmillos.


jueves, 1 de enero de 2026

SUPERSTICIONES SOBRE EL CAMBIO DE AÑO: ¿QUÉ NOS TRAE EL 2026?

 




Es la noche del primer día de 2026 y llueve en Santo Domingo, ciudad capital de República Dominicana, al centro sur de la isla de igual nombre. El año se despidió con una lluvia, a veces intensa y otras, muy leve que comenzó la misma mañana del 31, se detuvo en horas de la mañana de hoy y luego continuó, sin descanso, como alguien que desea entregar un mensaje con su pertinaz presencia.

Ya otros días he revelado que soy supersticiosa y en todo cuanto ocurre busco señales, viviendo cada momento como el descubrimiento de cartas del tarot que vayan marcando el ritmo y explicando, sin palabras, la connotación tácita de acontecimientos presente o futuros.

Y he aquí que las palabras me han llevado por un camino completamente diferente al que ideé primero, cuando comencé a escribir. Quería decir solamente que, si el 2025 le entregó el batón de relevo al 2026 en medio de la lluvia, el nuevo año debe resguardarse para no pescar un resfriado y, además, si ha venido con agua debe augurar buenas cosechas y mucha humedad en este punto del trópico. Pero ya me estaba llevando a comentar los métodos de adivinación de las diferentes culturas, lo cual dejaremos para el dos o tres.

Pero no dejaré que el duende o burlón que tergiversa mi dirección se salga con la suya y vuelvo a referirme a las supersticiones. En mi familia, sobre todo por mi abuela materna, mi mamá y sus hermanas, lo que uno hacía en el momento de las doce de la noche marcaba el desarrollo del año recién llegado; por eso, no se podía pelear ni trabajar en las faenas domésticas en ese casi invisible umbral del tiempo entre la medianoche y los minutos siguientes. Debíamos bailar, brindar con sidra, comer las doce uvas (confieso que no me alcanza el tiempo para comer una por cada campanada) y reír mientras compartíamos con nuestra familia más cercana: padres, hermanos, sobrinos, nietos… en fin.

Pero existen rituales para atraer la buena suerte y la prosperidad relacionados con el arroz, las lentejas, los colores de la ropa interior o del vestuario, así como caminar con maletas dando vueltas a la manzana para atraer los viajes. Esta última se volvió muy popular en Cuba, a raíz de las carencias permanentes relacionadas con el aumento de los deseos de emigrar.

No sé si en algún caso concreto el resultado se haya correspondido con el ritual, pero de alguna manera si lo vinculamos a las modernas teorías de la ley de atracción o programación neurolingüística, los seres humanos se aferran a estos actos de fe con la esperanza de que se cumplan sus deseos, casi siempre relacionados con la abundancia material, la salud o el amor.

Menos la de las maletas, en mi familia casi siempre tratamos de recibir el año con alegría y recuerdo que muchas veces arrojábamos un cubo de agua a la calle para ahuyentar la mala suerte. Recuerdo a algunos vecinos que armaban muñecos y los quemaban a las 12, como un acto purificador de eliminar todo lo negativo del año que se despedía.

Es cierto que con los años hemos ido prosperando, nuestras vidas son mejores y de alguna manera, hemos logrado que las distancias geográficas nos acerquen en vez de alejarnos. Pero ya quedaron muy atrás los bombillos de colores con que adornábamos la mata de granada del pequeño jardín, o el rojo explosivo de aquella flor de Pascua de mi madre.

Pero incorporemos supersticiones sanas al acervo familiar: hablemos en el último minuto del año viejo o en los primeros del nuevo con nuestros seres queridos, para mantenerlos cerca del corazón; hablemos de los momentos felices, de los recuerdos que compartimos y nos hacen quienes somos, de nuestros sueños y cuánto logramos y cuánto queremos hacer en este Año Nuevo.

Ya veo de nuevo bailar en las luces del arbolito el rojo de la flor de Pascua y escucho a mi madre cantar aquellas melodías españolas que escuchó de su padre en su niñez y aún las canta, como se las canto yo a mi nieto o quizás a mi hija, si me lo pide.

Porque el tiempo es una línea que no va siempre en línea recta: salta, se endereza, gira, sube, para luego acercarse a cumplir nuestro más grande anhelo que, casi siempre, tiene que ver con el amor y la esperanza.

Por eso, el 2026 nos traerá toda la abundancia que imaginemos, el amor que dé calidez a nuestros corazones y la paz que inunde los días con la serenidad de los atardeceres. Trabajemos para que esos sueños nos arropen y despierten.

Que así sea.

jueves, 18 de diciembre de 2025

CAMPANA SOBRE CAMPANA (HACIA LAS ESTRELLAS)


Ya casi termina este año 2025, con algunas penas y la gloria inmensa de disfrutar a mi hermosa familia en paz, con salud, después de una recuperación increíble de mi madre y el gusto de haber compartido con ella esos días difíciles, igual que con mis hermanas. Retrocedimos en el tiempo y discutimos como niñas, nos mimamos, disculpamos y volvimos a pelear… El cariño sigue intacto, así que alguna razón tiene ese refrán de que La sangre pesa más que el agua, porque con amigos quizás enseguida renunciáramos, pero con la familia, jamás. 
Llegó un nuevo miembro a la familia, Bastian, otro Tauro que presiento va a tener el carácter de Diego y mío, así que disfruté verlo y jugar con él, salir una mañana juntos a ver las ardillas que saltan en las ramas de los árboles cercanos a su casa y descubrir juntos pequeños lagartos extraños que caminan por la acera. 
Por primera vez hice un viaje en compañía de uno de mis hijos y fue un gusto atravesar aeropuertos y mares en su compañía. Creo que cada día aprecio más estar cerca de mis hijos y la familia que han formado. 
Mi otra tía querida partió hacia las estrellas y me quedó el anhelo de verla nuevamente en ese país alejado al sur, Ecuador, desde donde partió un primo que adoraba, a destiempo, pero su corazón no aguantó la lejanía, el ostracismo, el verse en ese país frío y huraño. Pero sé que están en buen lugar y desde acá, les recuerdo y extraño. Como extraño a mis otros tíos que se fueron antes y me protegen siempre.
No pude terminar de escribir ninguno de los libros que empecé a escribir (son tres), pero ya sé que, sin avisarme, llegará el tiempo y el deseo de terminarlos, quizás en este breve descanso del fin de año. Pero quiero despedir este año haciendo votos de paz y prosperidad. Porque la paz es lo más importante para lograr todo lo que nos importa en la vida. La prosperidad, para poder compartir con otros nuestra suerte. 
Conjuremos a los malos espíritus y a la infame apatía del desinterés y la abulia. Que nuestro umbral esté protegido por la luz de los corazones buenos y el poder de los pensamientos alegres. Mientras existamos en este planeta la apuesta por la vida y el amor sigue en pie, con más fuerza que nunca: Ad Astra per aspera (hacia las estrellas a través de las dificultades), porque el camino será difícil, pero glorioso.

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