jueves, 6 de diciembre de 2012

VISITA AL CASTILLO

Fortaleza Nuestra Sra. de los Ángeles de Jagua
Cienfuegos, Cuba


Este viaje al Castillo es uno de los más bonitos que puedan hacerse en la ciudad. La pequeña lancha atraviesa la bahía, porque el barrio del Castillo está a la entrada, debajo de la fortaleza que construyeron los españoles cuando Cuba era una colonia, para defenderla de corsarios y piratas. Ahora es un museo, y nunca fue un castillo como esos de los cuentos, pero los pescadores le pusieron ese nombre al barrio donde están sus casas, al lado del mar.
La pandilla se acomoda en la popa, para ver la ciudad: se ven las torres y las chimeneas de las fábricas echando humo; también se pueden ver los edificios más altos, los pelícanos y gaviotas que les vuelan por encima y hasta una tonina que nada cerca. 
—¡Mira! —exclama Dianamari—. Hay una manada de peces de este lado.
A los demás les da gracia. Osvaldo no deja pasar la oportunidad.
—¿Estás segura, Dianamari que son de esos peces que llaman vaquitas?
Dianamari no entiende y su amigo se fija en Marilope, quien casi todo el rato que lleva con ellos ha estado seria, y ahora sonríe.
—¿Qué sé yo, Peruso, si son vacas o toros? Ni que fuera bióloga marina. Además, casi no se ven —responde ella, mortificada.
Osvaldo se da gusto:
—Tienes que saber, porque en manadas, que yo sepa, solo andan los animales esos como las vacas y los toros que tienen cuatro patas, o los elefantes.
Dianamari ve que quiere burlarse de ella y se defiende con otra pregunta:
—¿Y tú sabes si los burros andan en manadas? Porque las costumbres de los burros son iguales a las tuyas.
Peruso, que piensa merecer desde hace el tiempo el premio ese que dan a los que se preocupan por la paz, le responde:
—No, Dianamari: los burros, por lo menos hoy, andan en pandilla. Esa es la única explicación que encuentro para que estemos perdiendo el tiempo en boberías, con un misterio tan serio entre manos.
Todos se miran porque si Peruso no está para bromas, entonces el mundo se va a acabar. Eso es lo que dice Osvaldo, y hasta Peruso se asombra cuando ve que es verdad. Suspira varias veces.
—Ya se los dije. Tengo que cortarme el pelo para animar mis ideas porque ese gato lo ha puesto todo patas arriba.
Se escucha una voz.
—Se le dice mancha.
Los muchachos miran a Marilope, porque es ella quien ha hablado.
—¿Cómo dices? —pregunta Peruso.
Ella vuelve a hablar, pero bajito, como si le diera pena.
—Que cuando anda un grupo de peces juntos así, los pescadores le dicen mancha: es una mancha de peces.
Saben que ella puede contarle muchas cosas del mar y de la bahía. Empiezan a hacerle preguntas y tan entretenidos están que ni ven que ya han llegado. Un esquinazo de la lancha durante el atraque los hace caer y se forma un enredo de manos y pies en el suelo que para qué contarles.
Son los últimos en bajar y los muchachos ayudan a Dianamari y a Ana Carla, porque cuando van a ver, ya Marilope está esperándolos.
—Mi casa es por allí —dice, y señala hacia una especie de callejón que sube por un costado del atracadero.
Aunque todos han estado aquí, disfrutan haber venido juntos esta vez, así les parece todo más divertido. Delante de la casa de madera, donde vive Marilope, está esperándolos su abuelo.
Donjuán es alto y flaco. Se inclina un poco para darle la mano a cada uno, porque tiene como dos veces la estatura de ellos.
—Vengan acá, muchachos, que les hemos preparado un jugo de tamarindo muy especial.
En el mismo portal están la mesa y la abuela de Marilope, que se parece muchísimo a sus propias abuelas. Por eso no les da pena sentarse a tomar el jugo, que de verdad está riquísimo.
—Abuelo —pregunta Marilope a Donjuán—, ¿puedo enseñarles el lugar donde trabajas?
—Claro, hija. Vamos todos.
El pintor se levanta y camina delante de ellos. Le dan un rodeo a la casa hasta llegar al patio, donde hay una arboleda. Los muchachos no se dieron cuenta cuándo torció el callejón, porque el patio queda frente al mar y se ven los cayos que están dentro de la bahía, la ciudad en la distancia y hasta la silueta de las lomas del Escambray.
Peruso enseguida va al asunto del gato.
—Donjuán, ¿cómo se le ocurrió pintar el cuadro del gato?
El pintor mira a Marilope y a su abuela que están cerca del caballete de pintura.
—Tendré que decirles cómo pinto para que entiendan.
Entonces se enteran que Nena, la abuela de Marilope, es una cuentera que se pasa la vida contando historias de esas que no están en los libros, pero que se las escuchó a su abuela quien, a la vez, se las aprendió de la suya y así, a través de muchos años, porque un antepasado suyo fue un centinela de la fortaleza que se enamoró de la dama azul. Así que, cuando Marilope llega de la escuela, los tres trabajan: la nieta preparando la mezcla para pintar, la abuela contando cuentos y él pinta lo que se le ocurre.
Nena habla ahora:
—Ese gato del cuadro existe —y cuando dice esto, la pandilla se mira y a Dianamari un escalofrío le recorre la espalda—. Yo lo he visto al menos cuatro veces, y siempre ocurre algo malo. Nadie sabe de dónde sale. Otras personas también lo han visto.
—¿Siempre aquí en el pueblo? —quiere saber Ana Carla.
—Solo una vez lo vieron en un barco de pesca y fue un momento antes de que se hundiera, pues se levantó una tormenta. Los hombres del barco se salvaron, porque fue cerca de Cayo Carenas y pudieron nadar hasta la orilla.
Lázaro silba de sorpresa. La conversación sigue. Nena les cuenta otros sucesos misteriosos que los dejan pasmados. Peruso les recuerda que es tarde y se despiden de la familia, más preocupados que antes, si esto fuera posible.
Donjuán y Marilope los acompañan hasta el portal. El pintor les dice al marcharse:
—Vuelvan cuando quieran. Gracias por acompañar  a mi nieta.
A ellos les hubiera gustado quedarse, pero la cabeza de Peruso necesita un barbero.
Por suerte, Tavo está en la casa y la tía de Luis Enrique los invita a almorzar. Peruso no quiere perder tiempo. Les dice que almuercen mientras él se pela, que ya comerá después. Dianamari le dice:
—Te esperamos. Va y a lo mejor después no comes, y no quiero oír a tu mamá decir que por eso estás flaquito.
Peruso frunce la frente (como siempre que le molesta algo) porque su amiga al decir «flaquito» ha puesto la voz parecida a la de su mamá, burlándose. Gracias a que recuerda su regaño a la pandilla cuando Dianamari descubrió la «manada de peces» no se pone bravo, incluso intenta una sonrisa que le sale casi igual a una mueca.
—¡Qué va! —dice Osvaldo, con tono de broma—. Esto se va a poner muy mal si Peruso no se pela pronto.
Por suerte, el tío Tavo tiene un solo cliente: un niño que grita a toda voz porque no quiere pelarse. La madre de la criatura y la tía de Luis Enrique lo aguantan por los hombros, no vaya a ser que le den un tijeretazo.
Cuando Peruso se sienta en la silla del barbero, los otros se van con la tía a recoger mangos del patio. Raulín, que más parece una araña que un humano, sube a la mata y va tirándolos a los que están abajo. Ana Carla mira un mango y se lo enseña a Osvaldo. ¡Qué raro! Tiene un mordisco y Dianamari, como un sabueso, lo huele.
—Uhm. Me huele a tabaco.
—No puede ser —dice Luis Enrique—. El olor de estos mangos es tan fuerte que no pueden oler a otra cosa que no sea mango.
—Compruébalo tú mismo —le dice ella.
Luis Enrique olfatea y pone cara de asombro.
—Es verdad. ¿Ustedes creen…?
La pregunta queda en el aire cuando Lazarito les enseña otro, con el mismo mordisco. En ese momento Raulín da un grito y ven cómo viene directo para el suelo. Los muchachos lo rodean y Dianamari se agacha sobre él. Por suerte no estaba en una rama alta, pero se ha raspado la pierna. Sale la tía, avisada por la algarabía y ve a Raulín en el piso.
—¡Ay, muchacho! ¿Cómo te subiste a la mata, si aquí hay una vara? Es muy peligroso. ¿Dónde te diste el golpe?
Osvaldo se ríe y señala para el fondillo del pantalón.
—No se preocupe, María. Si hubiera sido Peruso sí estaría lastimado, pero a Raulín la manteca lo salva.
Todos se ríen, pero cuando María entra en la casa a buscar algodón y timerosal para curar la peladura de la pierna, Raulín les enseña la mano, que tiene unos arañazos.
—No me lo van a creer. ¿Quién creen ustedes que estaba allá arriba y me arañó?
Se miran. Ana Carla habla:
—El gato fantasma —le responde, mientras enseña los dos mangos mordidos—. Huele aquí.
Raulín echa la cara atrás.
—¡Uf! Puro tabaco. Claro que es él. Pero saben una cosa: yo vi solo un gato. No tenía ningún tabaco en la boca.
Todos, menos Ana Carla, se ven extrañados.
—Claro que no lo tenía. ¿Cómo iba a comer mangos si no se quita el tabaco de la boca? —le dice.
—¿Tú crees? —pregunta Raulín.
—Seguro lo tenía cerca. Pero solo da una mordida, no se come el mango entero —se queda pensativa—. A saber si el tabaco tiene algún significado. ¡Quién sabe si lo usa como si fuera una especie de varita mágica!
—¡Ah, no Ana Carla! Ahora no vengas con ese invento. ¿Qué varita mágica ni nada de eso?
Como María vuelve para curar a Raulín dejan de hablar del gato, entonces ella se extraña de lo callados que están.
—No se preocupen, que es una rozadura. Seguro que te arde, ¿eh? —le pregunta a Raulín.
—Sí, pero no mucho. ¿Podemos pelar mangos?
—Claro, hijo, pero vayan a la cocina a lavarlos. ¡Ah! No se llenen, que el almuerzo está esperándolos.
Cuando van a la cocina ya Peruso los está buscando. ¡Verdad que Peruso luce raro con esos pelos!
Tavo viene con las tijeras en la mano y muerto de risa.
—Luis Enrique, creo que en una barbería a tu amigo deben cobrarle la mitad del precio de un pelado. ¡Total, si solo se corta el pelo de la mitad de la cabeza!
Les da gracia y se ríen, hasta Peruso. Deja que se entere que el gato tumbó a Raulín de la mata.
Esperan a despedirse y salir al camino para contarle.
—¿Están seguros que era él, muchachos?
—Seguros, seguros, no —responde Raulín—, pero, ¿no te parece muy extraño todo? Yo creo que nos está vigilando. Si no fuera así, ¿por qué aparece en todos los lugares adónde vamos?
Los otros están de acuerdo.
—Y otra cosa, Peru. Creo que es el mismo gato del tren.
Ahí mismo empieza el dime que te diré. Cada uno tiene su teoría propia sobre el gato, dónde vive, por qué estaba en el tren.
Dianamari es la única que está callada. Peruso lo nota y le pregunta:
—¿Qué tú crees, Dianamari?
Ella contesta despacio:
—Creo que el gato trata de decir algo importante. Bueno, en realidad trata de decírtelo a ti, Peruso, que te lo estás encontrando desde el puente del casi.
Hay silencio general. Se quedan parados en medio del callejón que baja al embarcadero. Cada cual entiende que Dianamari, esta vez, tiene toda la razón.
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