martes, 11 de diciembre de 2012

OTRA VEZ EL GATO DESAPARECE (Peruso y el gato fantasma)




El regreso lo hacen más callados. Dianamari piensa que ver el atardecer en medio del mar es tan lindo que no tienen deseos de bromear. Yo creo que están intrigados por los últimos sucesos. Cuando no podemos explicarnos lo que ocurre siempre viene el silencio a acompañarnos, para pensar mejor.
Llegan casi de noche al edificio. Cada cual va para su casa y en la suya, Peruso encuentra una sorpresa.
La mesa para comer está preparada, pero su mamá tiene cara de preocupación cuando mira a Pedro el grande que no se aparta del teléfono y ni se da cuenta de que el hijo ha llegado.
—¿Qué pasa, mami? —pregunta, aliviado porque nadie averigua por qué ha demorado tanto en volver.
La mamá le hace una señal y va para la cocina. Detrás de ella va Peruso.
—Es que de la galería se perdió una pintura.
—¿Robaron?
—No. Es de lo más extraño. Deja que tu papá hable con el pintor para que te explique bien. El cuadro está allí, pero falta lo que estaba pintado.
«Peruso, es imposible lo que estás imaginándote», piensa. Va y se queda oyendo lo que habla su papá, sigilosamente, para que no crea que lo espía.
—…así mismo, Donjuán, aunque usted no lo crea. La pintura está allí: se ve la fortaleza, los árboles, las casas, pero el gato no está. No, si me di cuenta porque al salir yo reviso cada obra con el guardia y vi el espacio vacío. Tiene razón, lo espero mañana entonces. Hasta luego.
Pedro el grande cuelga y ve la cara preocupada de Peruso. Su hijo le pregunta:
—¿Cómo que el gato no está?
—No está, hijo. Imagínate qué situación. No puedo denunciarlo, porque no es un robo, pero se nota que falta algo en la pintura. Por eso llamé a Donjuán. Es un misterio.
Peruso todavía no se convence.
—El gato, ¿desapareció?
—Desapareció sin dejar rastro —responde Pedro el grande—: como si fuera un fantasma.
La madre y el padre miran a Peruso, quien parece estar pensando en algo lejano, y repite las últimas palabras del papá:
—…como si fuera un fantasma. 
Peruso sale de la casa, sin comer. Hay que hacer algo urgente. Esta es una situación de emergencia. Llama primero a Raulín, quien sale masticando todavía, mientras su papá lo llama sin lograr que el muchacho regrese a la mesa. Toda la pandilla acude cuando escucha el silbido número Uno, esto quiere decir: ¡peligro! Bueno, también es conocido como el silbido Peruso, pues es el único que sabe hacer.
Ellos se encargan de buscar a los demás y se esconden debajo de la secundaria, su refugio habitual, y esperan que se acaben las voces que los llaman a gritos.
Mientras Peruso explica, los demás están boquiabiertos:
—¿Quieres decir que el gato escapó de la pintura? —pregunta Ana Carla.
—No hay otra explicación —responde Peruso—, ¿pero por qué, si solo es un gato pintado?
Piensan y piensan. Esto es más misterioso todavía.
—Si ya el gato no está, quiere decir que el de la pintura es el gato en carne y hueso —dice Dianamari.
—¿Y el que vimos en el Castillo? —se asombra Luis Enrique.
—Seguro ya se había escapado. Fíjense que fue al final, cuando estábamos en casa del barbero —dice Osvaldo.
Los demás están de acuerdo. ¿Cómo pudo entonces atraparlo Donjuán en la pintura? Necesitan hablar con él.
—Peru, vas a tener que contarle todo, desde el principio —opina el Guille.
—¿Me creerá? —duda Peruso—. Además, nosotros lo vimos antes de ir al Castillo, cuando perseguía al perro. ¿Se acuerdan?
—Es verdad —admite Dianamari—. Lo vi bien. A él y a su tabaco.
—A esa hora ya la pintura estaría en la exposición. No tiene sentido. Tiene que haber otra lógica. ¿Serán dos gatos? —pregunta Peruso, como si pensara en alta voz.
—¿Y si tiene un doble, como los actores de cine? —pregunta Lazarito.
—O una pandilla de gatos —dice Ana Carla.
Osvaldo la mira y le hace una mueca de «ya está inventando de nuevo», pero ella ni lo mira.
—Tenemos que hablar con Donjuán —dice Peruso—. Y lo más rápido posible.
El Guille pone cara de aguafiestas.
—Pues esta noche no será, porque a esta hora no hay barco que salga para allá.
Tendrán que esperar a mañana. Trabajo les va a costar esperar y mucho más dormir con esa idea en la cabeza, pero no hay remedio.
—Muchachos, mejor nos vamos a comer y dejamos el viaje para mañana. ¿A qué hora sale el primer barco? —le pregunta Peruso a Luis Enrique.
—A las seis. ¿Tú crees que esa gente se levante tan temprano? Porque el barco llega al Castillo a eso de las siete.
Peruso se rasca la parte calva de la cabeza.
—Bueno, esperaremos a que se levanten. No podemos perder tanto tiempo. Ya es bastante que no podamos ir ahora mismo.
Dianamari pregunta:
—¿Cómo iremos vestidos?
—Con ropa, boba —le dice Osvaldo.
Ella lo ignora. Ni le contesta. Mira a Peruso, para que no haya dudas que es a él a quien pregunta:
—¿No sería mejor disfrazarnos de algo?
Osvaldo se ríe.
—¡Qué payasa! ¿Quieres ir disfrazada de pirata; o de Yolanda, la de El Corsario Negro?
—¡Jijiji! —se burla Dianamari—. A lo mejor me disfrazo de boba. Total, con tratar de parecerme a ti sería una boba perfecta.
—Lo que yo digo. Las payasas se hacen las graciosas.
Peruso se ríe. Lo de Osvaldo con las muchachas es una enfermedad. Siempre anda discutiendo con ellas. Pero Dianamari puede tener razón. No vendría mal tomar algunas medidas para despistar al gato. Quizás no un disfraz como ellos piensan, pero ir diferentes.
—Muchachos, pero es cierto que debemos preparar un plan.
Explica una idea que le ha llegado de pronto, seguro alguna idea loca de las más estrafalarias, porque de otro modo no me explico cómo se le ocurrió lo que les propone. Pero si la idea de él es loca, más locos son todos ellos que disfrutan desde ahora nada más de pensar lo que van a hacer mañana.
El Guille le dice a Peruso:
—Peru, yo no tengo bastón.
—No importa —contesta Peruso—. Todos no lo usan. Si todos fuéramos iguales sospecharían. Además, la idea también es dividirnos. Todos juntos nos veríamos raros.
Osvaldo, como siempre, propone:
—Las muchachas pueden ir aparte, creo yo.
Peruso decide fastidiarlo.
—Sí, pueden ir contigo. Los tres —se inclina y susurra unas palabras—,…eso es algo muy normal.
Luis Enrique, que está más lejos, no oye.
—¿Dos qué, Peruso? —pregunta.
Peruso se pone el dedo en la boca.
—Shhh. Estoy hablando bajito a propósito. ¿Y si él nos hubiera seguido hasta aquí? —responde Peruso, y todos saben muy bien a quién se refiere con ese él—. Raulín, dile tú de qué se trata.
Escuchan un grito muy cerca:
—¡Osvaldo!
—Esa es mi hermana y anda cerca. Mejor me voy, muchachos. Los veo mañana, en la esquina del parque.
Cuando se va, Peruso le dice a los demás:
—Es mejor irnos ya y no levantar sospechas. En nuestras casas nos conocen demasiado y luego se ponen a averiguar, porque saben que andamos en algo —estira la mano izquierda y mira hacia su muñeca, donde no hay ningún reloj—: sincronicemos los relojes, ¿a las cinco en punto?
Los otros repiten el gesto y repiten a coro:
—A las cinco en punto.
El padre de Peruso los ve salir del patio de la secundaria y arruga la frente. ¿En qué andarán ahora? Peruso se hubiera preocupado, pero no lo ve. Pedro el grande entra a la casa y, cuando llega el hijo, está sentado frente al televisor.

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