lunes, 10 de diciembre de 2012

LA FORTALEZA (Peruso y el gato fantasma)



Demoran en subir la pendiente de piedra que los lleva a la puerta de la fortaleza porque se detienen a mirar el mar. El edificio se construyó a la misma entrada de la bahía y en un promontorio que la coloca por encima del nivel de las casas.
—¡Qué bonito se ve todo desde aquí! —exclama Ana Carla.
Los varones no hablan, pero también están fascinados por la vista. El pintor los contempla risueño. Nadie que llega hasta este lugar puede dejar de admirar la hermosa bahía. Raulín ha llegado hasta lo alto de la rampa y mira hacia abajo.
—¡Ey! Por aquí no se puede entrar —dice, y señala el espacio que separa el camino de piedras del portón de la fortaleza.
—Sí que podremos, muchachos, van a caminar por el único puente levadizo que aún queda en esta isla.
Como si las palabras de Donjuán fueran una contraseña, sienten el ruido de unas cadenas y ven cómo baja el puente de madera que va a reunirse con la piedra para completar el camino. Ahora se ve mejor el escudo de piedra sobre el dintel.
Están encantados. Les parece estar viviendo en otra época. Pasan con cuidado por el puente, quizás temiendo que ceda bajo su peso, y alcanzan la entrada, donde hay una muchacha que les da los buenos días y saluda a Donjuán cariñosamente.
—Verás, Baby. Estos amigos de mi nieta quieren ver el museo. Sé que todavía no está abierto, pero más tarde no podré venir con ellos y están interesados en mis cuadros.
—Usted siempre es bienvenido, Donjuán. Voy a buscar las llaves para abrir la sala donde está la exposición.
—Espere —le pide Luis Enrique a la guía del museo—. Si el puente lo bajan por la mañana, ¿a qué hora lo suben? ¿Por la tarde, o por la noche?
—A las diez de la noche —responde ella—. A esa hora solo queda alguien de guardia aquí.
—Y si le pasa algo a quien está de guardia, ¿cómo sale?
La muchacha coge aire como diciendo ¡qué fastidio!, pero su voz es amable cuando vuelve a hablar:
—Siempre hay dos o tres personas de guardia. Aquí hay teléfonos, y siempre puede volver a bajarse el puente, en caso de emergencia.
—¿Solo en caso de emergencia? —insiste Luis Enrique.
Ella afirma y se aleja, entonces corren al muro y se asoman por las aspilleras. Desde aquí se puede ver el otro lado de la bahía: es como una puerta natural para llegar a la ciudad. Mientras Donjuán conversa con otro señor, Osvaldo le pregunta a Luis Enrique:
—¿Por qué te pusiste tan pesado? ¿A qué viene esa preguntadera?
—Para saber si, en caso de que el gato viva aquí, puede entrar y salir libremente. Será fantasma, pero creo que los fantasmas no vuelan.
—¡Qué inteligente! Ese gato lo puede todo. Si no fuera así, ¿por qué se apareció el mismo día que vino Peruso, bobo? —dice Osvaldo.
—Pero no me negarán que se le pondrá más difícil con el puente cerrado —dice Luis Enrique.
—Bueno, si tú lo dices —opina el Guille—. Creo que es mejor averiguar si vive aquí.
Se callan, porque Donjuán se les acerca, sobre todo para que no los vea discutiendo.
Peruso le pregunta al pintor:
—¿También aquí hay una exposición suya, Donjuán?
—Sí, hijo. No puedo quejarme de cómo han celebrado mis setenta años —responde él con cara alegre.
Recorren la fortaleza y a Peruso le extraña una especie de sótano abovedado que hay abajo. Está oscuro y hay un poco de agua empozada. Ahora los llama Baby para que suban a ver la exposición de pintura. Mientras, contemplan las pinturas, embelesados.
—¿No se cansa de pintar el mar, Donjuán? —pregunta Guille.
—¡Qué va, hijo! Si te fijas bien, son muchas las cosas que pinto: peces, barcos,  cayos…
Dianamari lo interrumpe:
—A mí me gusta mucho este de las gaviotas. Parecen vivas —dice.
—Si se fijan bien, verán que siempre el mar está, pero es distinto en cada pintura.
Es verdad. En uno aparece calmado, en otro se encrespa con la tormenta; allí está azul muy pálido, allá casi verde…, siempre el mismo y nunca igual.
—Es que soy hijo del mar, muchachos, y a pesar de eso me sorprende. Yo soy pescador a mi manera: no atrapo los peces, solo sus colores.
Y la mirada se le vuelve azul de mar mientras habla, como si el agua le llenara los ojos.
—¿Han visto algo que les haya llamado la atención? —pregunta.
Se miran entre ellos. Salvo que les encanta la fortaleza no han encontrado ningún sitio que pueda servir de escondite al gato. Ni siquiera los torreones, pues son pequeños.
—¿Habrá algún lugar oculto? ¿Un pasadizo secreto, como en esos castillos de las películas? —pregunta Peruso.
—No que yo sepa, hijo. Hasta ahora, todo lo que existe aquí está a la vista.
—¿Y ese sótano que está al lado del patio? —pregunta Dianamari.
—¿El aljibe? —pregunta el pintor, y no espera la respuesta para explicar—: esa era la manera de guardar agua en las fortalezas y los castillos. Había un sistema de canales que llevaban el agua hasta un depósito. En las casas de ese tiempo también recogían el agua así. Por eso hay ese pozo en el centro del patio de abajo.
—Pues no veo ningún lugar, Donjuán, donde el gato pueda esconderse. A lo mejor antes sí, cuando la fortaleza estaba abandonada, pero ya no.
Ahora pasan por al lado de un torreón y descubren una escalera de piedra.
—¿Y esta escalera? —pregunta Peruso y los otros vienen a mirarla.
Está limitado el paso por un aviso:
PELIGRO
NO PASAR
—¡Apártense, muchachos! Ha habido muchas caídas en esa escalera y no lleva a ningún sitio —les dice el pintor.
Ponen cara de extrañeza todos y Ana Carla se atreve a preguntar:
—¿Seguro que no llega a ninguna parte?
—Se los aseguro. Vámonos ya, que Nena va a preocuparse.
Atraviesan la plaza de los cañones para irse y Peruso le habla a Dianamari al oído.
—Donjuán —lo llama la muchachita—, usted no vino con nosotros al muro. ¿Qué son esas torres que echan humo por allá? —le pregunta, señalando con el dedo unas columnas que sobresalen en medio del paisaje.
—Vamos hasta allí, muchachos, para decirles.
Peruso aprovecha que van para el muro y rapidísimo llega a la escalera, brinca el cordel y empieza a bajar.
El pintor termina de señalar los lugares y salen. No ha notado la ausencia de Peruso pero ya en la entrada va a preguntarle algo y no lo ve.
—¿Dónde está Peruso? —les pregunta.
En la pandilla son buenos actores y nadie les gana en hacerse los desentendidos. Hay frentes que se arrugan, miradas alrededor, pero Dianamari le contesta tranquila:
—Ya debe estar esperándonos afuera. Seguro estaba cansado de no descubrir pistas.
Donjuán piensa que sí y salen, después de despedirse de la guía. Cuando ven que Peruso no está afuera, Donjuán se alarma.
—¿Dónde se habrá metido este muchacho? —se pregunta en alta voz.
El Guille le toca el brazo.
—¡Ay, Donjuán! Todavía no lo conoce. Ese debe estar llegando a su casa. No tiene paciencia para esperar.
Sí, sí, confirman los otros y convencen al abuelo de Marilope quien está callada, porque ella sí vio cómo Peruso se escurría por la escalera, pero no quiere delatarlo.
Ya casi llegan a la casa cuando Peruso sale por un callejón a su encuentro.
—¡Muchacho! Me has dado tremendo susto —le dice Donjuán.
—Perdone, es que salí antes y no pensé que había caminado tan rápido.
Si no llega a ser por lo que ven entrando al callejón, quizás Donjuán se fijaría en la cara sudada y roja de Peruso, en la rodillera del pantalón rota y hasta manchada de un poquito de sangre que lo desmienten. Pero ahora no es lo más importante, porque encima de un latón de basura que hay en el callejón está el gato ¡con su tabaco en la boca!
Los mira; luego salta y se escurre como una sombra.
—¡Caray, vaya con el dichoso gato! —exclama Donjuán.
Todos tienen frases de admiración o asombro, pero se callan cuando oyen preguntar a Marilope:
—Abuelo, ¿los gatos se ríen? Porque creo que ese gato se está riendo de nosotros.

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