viernes, 12 de octubre de 2012

NOCHE SÉPTIMA (La noche en el bolsillo)

("Terraza del café de la Place du Forum en Arlés por la noche", Vincent Van Gogh)



Por suerte, todo salió bien en el matutino. Nadie sospechó y Estela me llevó a la enfermería, donde unas gárgaras milagrosas me devolvieron la voz. Ahora estamos en el aula; es la hora del autoestudio y aprovecho para estudiar Física con Gilberto. Él me habla de energía cinética y yo le miro las uñas, comidas casi hasta la cutícula.
—¿No te duele? —le pregunto cuando le aprieto el pedazo de piel donde debía tener uña.
Dice que no, pero aparta los dedos para que no se los toque. Estela me está mirando y me hace una mueca desde la esquina del aula. En eso llega Mieres (yo no le hablo, porque es un gallina: el otro día le gritamos un nombrete y me cogió por las muñecas con una fuerza, que si no llega a ser porque viene Maykel, creo que me abofetea) y le pregunta algo a Gilberto. Me levanto y los dejo. Si Gilber se entera de lo que me hizo, lo mata. Voy a ver a Estela.
—¿Qué me quieres decir?
—Niña, que ya no sé si eres boba o te haces. Con las manos de Gilberto cogidas, hablándole bajito, no sé. Mira, cualquiera piensa que se están enamorando aquí en el aula.
—Estela,  ¿desde cuándo te importa lo que diga la gente? Además, ni tengo novio…
No me deja terminar.
—…no tienes novio, pero existe Merlín. ¡Ah! y Juan Carlos —mira a todos lados—, que por suerte no está aquí.
—Juanca no se pone celoso.
—No te lo dice, que es distinto, pero se pone color púrpura cuando estás en los jueguitos con Gilberto.
—¡Pero si Gilberto es mi amigo!
—¿Y tú, eh? ¿También serás “su amiga”? Que yo he visto cómo te mira.
Ahora sí, lo que faltaba.
—Estela, estás hecha una vieja chismosa, por favor.
Va a responder, un poco brava, y de pronto, se echa a reír.
—¿Tú crees que una pueda tener arteriosclerosis a los diecisiete? Porque es verdad, ni yo misma me soporto.
—Debe ser la luna. En estos días hay luna llena, ya sabes, los locos están de vena.
Me deja con la palabra en la boca y se va con Esperanza. Veo que Mieres se ha ido y vuelvo al asiento de Gilberto.
—¿Te pasó algo con Mieres? —me pregunta él.
—¿Qué me va a pasar? ¿Por qué lo preguntas?
—Porque te miró así, raro,  y no te saludó. Si te dice algo me avisas, que le entro a puñetazos.
—¿Ves lo que te digo? Para ti, todo se arregla con los puños. Voy a tener que dejar de hablar con ustedes. Contigo y con Juan Carlos. Es una violencia permanente. Sabes que eso no me gusta.
Me quita el pelo de la cara y me acaricia la cabeza.
—Es que eres mi hermanita. Si nada más me imagino que alguien te habla en mala forma o te va a hacer una mala acción, me enciendo sin fósforos. Los varones, te digo. Además, si tú eres la más buena y la más dulce que hay aquí. Pero también eres muy burlona.
No sé cómo se las arregla para ser tan tosco y tierno al mismo tiempo.
—Bueno, explícame el ejercicio, que nos quedamos a medias.
—¡Mentirosa! Lo sabes hacer mejor que yo, es para adularme.
—¿Cómo que adularte, Edison? Si eres un genio.
Se oye una voz medio ronca reclamando atención.
—Caballeros —no sé por qué nosotros usamos esa palabra, pero es así—, al terminar el horario del estudio individual nos quedamos para hacer el plan de actividades del comité de base.
Después de que Eduardo habla, Gilberto hace una trompa con la boca.
—Se quedan ustedes, los militantes. Me voy echando.
Lo aguanto por la manga y pregunto en voz alta:
—¿No quedamos en que las actividades eran para todo el grupo, no solo del comité de base?
Eduardo me da la razón.
—Sí, es verdad que lo hablamos. Si todos estamos de acuerdo…
Se forma un pequeño barullo, que si no podemos perder tiempo, que si estamos en pruebas, para al final aprobar la idea.
Estela, que odia las apariciones en público, se queda con la tarea de hacer el mural del grupo. Entonces es cuando Eduardo nos revela la muy brillante idea de hacer un boletín de noticias.
—¡Figúrense! Boletín del 25 —dice, orondo.
A la loca de Thais se le ocurre ponerle Algo.
—Bueno, es que tendrá algo de noticias, algo de deportes, algo de la producción y hasta algo de literatura.
—No, y hasta algo de bobería, ¡ja, ja, ja! —se ríe el sangrón de Nápoles, exhibiendo su muela de oro.
Ramón, que es a quien él viene a buscar, no le aplaude la gracia. Se aparta y yo oigo que le dice:
—Caballo, me vas a poner la cosa mala en el grupo, asere. Espérame en el pasillo.
¡Ah, sí! Porque no había dicho que Ramón es uno de los extraterrestres que anda con los de doce grado.
—Entonces —me pregunta Eduardo—, ¿te vas a encargar tú del boletín?
—¿Yo? —me asombro, es algo que sorprende—. ¿Por qué yo?
—Porque tú eres la que más sabe de Español, te pasas la vida leyendo y metida en la biblioteca.
—Por eso no —lo interrumpo—, que Estela siempre está leyendo también.
Estela se desquita.
—Qué va, mi ángel, yo no sé redactar ni un párrafo. Escribo a duras penas.
—Eduardo, estamos en pruebas. Hay que estudiar.
—Claro, si no tiene que ser este mes. Puede ser para febrero y es mejor. El primero lo sacamos el día de los enamorados. Como es mensual, hacemos cinco este curso.

Ya sé que no me queda más remedio que aceptar, pero pongo otro obstáculo:
—¿Dónde se va a imprimir?
—En la imprenta del papá de Belkis. Aunque, si se demora, hacemos algunos en una impresora. Entonces —Eduardo me mira casi suplicante—, ¿aceptas?
—Sí, pero quiero hacer una aclaración: cada cual tendrá que entregar noticias; hasta Ramón —declaro, con voz firme, y nadie me contradice, pero se ríen con Gilberto cuando exclama:
—¡Señores, yo soy el guardaespaldas! No vaya a ser que sigan la moda y nos quieran secuestrar a la periodista.
Yo, que no encuentro otra cosa mejor que hacer, le saco la lengua y para no perder la costumbre, lo pellizco con toda mi fuerza.
 Gilberto se frota el brazo pellizcado y espera que yo me incline a recoger las libretas de la mesa para acercarse y clavarme sus dedos índices, al mismo tiempo, en mi cintura. Yo salto, por las cosquillas, y él grita mientras sale:
—¡El salto del ángel!
¡Sinvergüenza!


sábado, 6 de octubre de 2012

NANA DE DIEGO PARA SU ABUELA














Aunque yo no sepa hablar
mira mis ojos, abuela
pues yo te quiero contar
quien no deja que yo duerma.

Cuando abrí primero un ojo
-era casi madrugada-
extrañé un arrullo tibio
que muy bajo me acunaba.

Sentí tus brazos muy suaves
y una canción no escuchada,
abuela desde lo hondo
a mi mamá ya buscaba.

El ver tanta luz afuera
y a ella, muy quieta en la cama,
no dormía ni soñaba
mientras que tú me cargabas.

Quería que mi mamá
contra el pecho me apretara
y sentir la piel de siempre
mientras su voz me cantaba.

Abuela, yo no me duermo
porque quiero acariciarla;
y aunque a veces cierro un ojo
velo porque no se vaya.

Abuela, díselo ahora
cuando la noche es más clara
que no me voy a dormir
en toda la madrugada.

Y si viniera algún duende
cuando sea de mañana
le pediré despertarme
mientras mi mamá descansa.

Te pido, abuela que siempre
tus buenos hechizos hagas
para que mamá me arrulle
con todas tus tiernas nanas.



viernes, 5 de octubre de 2012

NOCHE SEXTA (La noche en el bolsillo)

(fotosamor.net)



No he podido resistir la tentación de venir. Claro, Estela también ayudó a convencerme. Hoy llegué primero que Merlín. Imagino que luego de su insistencia para encontrarnos no faltará a la cita. Escucho unas pisadas y luego su voz.
—Hola, ¿estás ahí, Luna?
—Sí, aquí estoy, hola.
—Gracias por venir. Me he pasado estos tres días pensando en nuestro encuentro de esta noche. ¿Estás bien?
—Sí. No tienes que dar las gracias. No he venido por ti —le digo y enseguida me arrepiento, porque creo oír a Estela diciendo “¡qué burra eres!” y trato de arreglarlo—: es decir, no solo he venido por ti. Recuerda que antes de conocerte venía aquí, para escaparme del dormitorio.
Se queda callado un momento. Pienso que, aunque traté de arreglarlo, le he querido decir que hubiera venido igual sin él.
—Soy un bobo. Cuando te escuché, pensé que venir hoy, después de habértelo pedido yo, era una manera de hacerme ver que te gusta hablar conmigo.
No cabe duda. Es inteligente, y sabe recuperarse rápido.
—También eso es verdad, no estás equivocado.
—¿Qué es verdad, Luna?
—Eso, que me gusta hablar contigo.
Otro silencio, esta vez más largo.
—Es cierto,  pero que no pase de largo —dijo y rió bajito.
Ahora sí no entendí lo que quiso decir.
—¿Quién no debe pasar de largo?
—El ángel. ¿No dicen que cuando hay un silencio entre dos es porque pasa un ángel? Solo que no quiero verlo partir. Lo quiero conversando conmigo, como ahora.
Entiendo, y como cada vez que la conversación toma ese giro, cambio el tono.
—Muy gracioso. Y nada original.
—Creo que contigo me va a costar mucho ser original. Todo lo cursi ahora me parece bonito para decírtelo.
No puedo evitar un estremecimiento. Ha hecho un pacto con el diablo. Es como si me leyera el pensamiento.
—Como te das cuenta de lo que digo, cambiemos el rumbo. ¿No estás estudiando para las pruebas?
—¿Sabes algo? Estudio poco. Para las pruebas, te digo. Me gusta leer y aprendo sobre lo que me gusta.
—¿Y qué te gusta, Merlín?
—La astronomía. Estoy al tanto de cualquier noticia, y cuando puedo entrar a Internet, busco información sobre el tema: los últimos descubrimientos, artículos interesantes…
—Es linda la astronomía. Yo quiero ser escritora. Solo que eso no es una profesión. Tú sí podrás ser físico y dedicarte a investigar. Claro, eso no tiene que ver con el baile.
—¿Por qué no, si me gusta la música?
—A mí me gusta la música, pero oírla, no bailarla.
—Esa es nuestra diferencia, pero me sigues gustando.
Menos mal que está oscuro, porque debo haberme puesto roja.
—¿Cómo puedo gustarte, si no sabes nada de mí, ni me has visto?
—Sí te he visto. En mi imaginación.
—¿Y si no soy como te imaginas?
—Serás como eres. Así me gustas.
— A ver, descríbeme.
—Eres sincera, apasionada e inteligente, además de una persona sensible: es suficiente. Te gusta la noche y es nuestro gusto común. Ahora mismo podría salir a enseñarte los nombres de las constelaciones que se ven desde aquí.
—¡Ni pensarlo! Siempre buscas la forma de verme.
Se ríe, para que yo me erice.
—Y tú siempre piensas mal. Pero es verdad que quiero verte. Y también me gustaría compartir contigo mi amor por las estrellas.
—Es muy temprano aún. Debemos esperar un poco más.
—¿Temprano para verte o para ver las estrellas?
Vuelve a enredar las cosas, con su sentido del humor que voy conociendo.
—Para las dos cosas.
—No siempre. Observa la noche y verás.
—¿Por eso me llamaste Luna?
—Claro, es inconsciente relacionarlo todo con la mayor pasión nuestra, ¿no crees?
—Puede ser. A Merlín también le fascinaba la astronomía.
—Y si pienso como tú, me llamaste Merlín por tu amor a la literatura, a la mitología, porque al final, Merlín es una leyenda.
—Puede ser —repito, haciéndole el juego—, y porque eres un misterio…
Me interrumpe:
—…o un mago. O es este un acto de magia: el encontrarnos por casualidad, conocernos.
—Mi abuela dice que la casualidad no existe.
—Sí creo en la casualidad. Pero nosotros luego seguimos un camino. Eso hicimos. Es raro que tu abuela no crea en la casualidad. Las personas mayores son supersticiosas y creen en muchas cosas.
Ahora soy yo quien ríe.
—No conoces a mi abuela. Es toda una científica. Se dedicó a la botánica porque vivía en el campo y ama la naturaleza. Todavía hoy, que está jubilada, pertenece a un grupo ecologista, escribe para revistas científicas y se mantiene al día en todo.
—Me va a gustar tu abuela. Es una lástima que no pueda conocerla. ¿Llegará ese día?
—No lo sé. Depende de muchas cosas.
—Depende de nosotros, Luna. De que no seas tan desconfiada. Y que dejes de tenerle miedo a la vida.
—No le tengo miedo a la vida. En eso te equivocas.
—Me tienes miedo a mí. Y la vida es eso: emprender, amar, equivocarse y hasta sufrir. Cada vez que te digo algo que pueda significar pensar en otra relación entre nosotros, huyes.
—Yo no huyo de ti. Vengo para encontrarme y hablar contigo.
—¡Al fin lo reconociste! —logra hacerme caer en la trampa—. Estás aquí y sin moverte, me huyes todo el tiempo. Nada más te digo algo que nos acerque y cambias el tema.
—Vinimos para hacernos compañía y tener con quien hablar. En eso quedamos la primera vez.
—Pero ha cambiado. Pienso mucho en ti. Quiero conocerte. No puedo decir que estoy enamorado —aquí respiro, porque una declaración de amor sí no la resistiría—, pero tampoco puedo decirte que no lo estoy. Me siento bien hablando contigo, respirándote…
—No te conozco. Y tienes razón en algo. No quiero sufrir. No ahora. Me tomo las cosas muy a pecho. Estoy en esta escuela para estudiar. Para mí es lo más importante.
—¿Sabes algo? Estás fuera de época. Ninguna chiqui… muchacha  piensa como tú ahora.
—Y tienen un novio todos los días. No pienso así. Y no sé si es por la forma en que he vivido, por mi familia, o por qué. Por lo menos, respeta que sea así.
—Lo respeto. Solo que eso no me hace sentir mejor, ni dejo de pensar en que ahora mismo quisiera poder hacerte mi novia, besarte…
Me levanto con rapidez.
—Por favor, está bien. Ya es muy tarde. Vete ahora, para irme luego yo.
Se queda en silencio. Por su voz no parece que esté bravo. Parece triste.
—Como quieras. Pero no te ofendas. Vamos a estar muchos días sin vernos. Ahora ni siquiera puedo preguntarte cuándo nos veremos. También le tienes miedo a algo más: a ti misma.
Voy a responderle cuando siento que sus pasos se alejan. Estoy furiosa conmigo. No puedo controlar mis impulsos.
Claro que en el dormitorio me espera Estela. Sabía que ahora iba a vigilar mis salidas.
—Ay, Estela, soy una boba. Lo he echado todo a perder.
Ella se asusta y me cuchichea «vamos para el baño». En el baño también tenemos que hablar bajito, para que no se despierte alguien.
—Cuéntame qué pasó —dice y me mira asustada—. ¿Te sorprendió algún profesor?
—Ojalá hubiera sido eso —respondo con voz trágica de telenovela.
—¿Peor que eso? Entonces la cosa debe ser grave. Acaba de decirme, niña, que me vas a matar del corazón, y a esta hora no hay ambulancias para correr conmigo.
Sonrío. Estela es única. No sé cómo logra tranquilizarla a una con sus disparates.
—No, Este. Es que armé tremendo lío y, al final, casi terminamos bravos. No puedo evitar ponerme nerviosa, decir lo que no quiero decir, o empeorarlo todo para que no vaya a pensar que me derrito por él.
—¿Y te derrites? —me mira como si tuviera un rayo láser en los ojos, para saber si le digo la verdad.
Muevo la cabeza como Steve Wonder al cantar Somos el mundo y soy sincera:
—Me derrito. No sé si como mantequilla o helado, pero me pasa. Entonces me enfurece sentirme así y soy brusca.
Ella no me contradice. Busca información, como moderna Sherlock Holmes que es.
—¿Qué hace él?
—Ser divino, qué puedo decirte. Se calla, me dice después palabras más tiernas todavía, se recupera y lo siento humilde, como si se arrodillara ante mí.
Estela da una palmada.
—¡Dios mío! ¡Qué mujer más burra esta! Tienes que dejar de ser así. No puedes cerrarte tanto. Los sentimientos son los sentimientos. El amor es lindo, mi ángel.
—Pero me da miedo. ¿Cómo crees que se va a enamorar de mí, y si se burla?
—Menos mal que las personas normales no piensan como tú, porque la especie humana no existiría ya en el planeta Tierra. Todos pasamos por eso, todos nos arriesgamos. De eso se trata. No puedes evitar el dolor, el desengaño. Por favor, ya no eres una niña. Crece.
Ahora me mortifica oírla decir esas cosas. Lo recuerdo a él.
—Hablas como Merlín.
—Merlín se enamoró, pero renunció al amor terrenal por su magia. Imposible que yo hable como él, aunque suena lógico. Merlín era muy sensato.
—Te hablo de mi Merlín. Eso fue lo que me dijo hoy. Y el tuyo no renunció al amor. Fue traicionado, que es otra cosa.
—Ay, chica, es que me has robado hasta el nombre del mago que adoro para dárselo a ese muchacho. Y que conste, procura que lo merezca. Cuenta, vamos, cuenta.
Le digo más o menos lo que recuerdo, y tengo que taparle la boca de vez en cuando porque sus exclamaciones van a despertar al dormitorio completo. A las personas que ahora duermen, claro.
—A ver si te he entendido. Te aguantó que hablaras de tu abuela y hasta quiere conocerla, dice que le gusta estar hablando contigo como un bobo sin saber quién eres, sin tocarte ni la mano y arriesgándose a que lo boten de la escuela por andar afuera de noche. Si lo sorprenden como el otro día, porque seguro fue él quien pasó la noche esperándote y lo vio el subdirector —no sé cómo puede deducirlo todo, coge aire y sigue—. Chica, ¡ese niño está enamorado! Mira: estar enamorado es un estado especial del alma, hija mía. Se ha enamorado de tu voz, de lo que le dices, está enamorado de un fantasma, pero lo está. Te toca ahora hacer que la verdadera tú sea el fantasma que él ama.
—A eso le tengo miedo. ¿Y si cree que soy más bonita? Si no soy su tipo,… en fin, si se desilusiona cuando me conozca.
—Entonces, ahí acaba todo. ¿Y si no? ¿Si por tu bobería estás perdiendo vivir un amor con ese tal Merlín? Además, ¿de dónde sacaste la bobería esa de preferencias por tipo? Si me entero que estás leyendo las revistas esas Hola o Vanidades que trae la sesohueco de Mariela, eso sí no te lo perdono. A mí me encantan los rubios y me enamoré de Roberto que no se sabe si es indio, mulato o tostado por el sol. El amor es otra cosa, piénsalo. Si es que tú en realidad pareces una monja del siglo quince cuando ya hay estaciones espaciales.
—No sé, Estela. Estoy tan confundida, que dentro de la cabeza tengo un torbellino y un ruido, como si hubiera alguien estrujando papeles.
Me hace la mueca de “no tienes remedio”.
—No voy a atormentarte más, pero eso de que estás aquí para estudiar nada más, no tiene que ver con lo otro. Mira la hora que es y nosotras aquí, hablando de Merlín. Mañana a nuestro grupo le toca el matutino, y tú tienes que leer las noticias. Así que te acuestas y duermes, porque después te pones más nerviosa y mueves el periódico como si tuvieras el mal de Parkinson.
—¡Ay, no! —digo desesperada—. Tienes que ayudarme. No puedo leer las noticias. Me va a reconocer la voz.
—¡Ahora sí está bueno esto! Vas a convertirte en una apática por ese chiquito. En mí ni pienses. Sabes que ayer se me rompieron los espejuelos. Casi estoy de oyente en las clases hasta el fin de mes. Ni pensar que pueda leer el periódico.
—¿Qué hacemos, Estela?
—Hablar con Flor. Ella sueña con ser locutora, así que mañana nos levantamos. Te quedas muda, y yo le digo que te quedaste sin voz. Eso sí, por lo menos hasta la tarde no puedes recuperar el habla, si no, quedo como mentirosa.
Me río al final. ¡Qué cosas se le ocurren! Pues sí, es una buena solución.
Salimos del baño y miro a la noche desde la ventana. Se ve una estrella grande, haciendo guiños desde lejos. ¿Será Venus, la diosa del amor?





jueves, 4 de octubre de 2012

UNA CARTA DE AMOR



(lacoachdelamaestra.com)

En una ciudad cualquiera del mundo, cierto día del año en que nos despedimos.

Amor:
Si es que aún puedo llamarte amor, porque hoy me ha despertado la incertidumbre de que ya no lo seas. Después de días y noches de insomnio y lágrimas reprimidas, me siento liberada; liberada de tu recuerdo, de la nostalgia que sentía al escuchar alguna frase propia de ti, de cualquier exclamación o canción que me hablara de cómo nos conocimos o nuestros primeros encuentros.
¡Tantas veces me pediste que te olvidara! Pues creo que tus deseos fueron escuchados más que los míos: nunca quise olvidarte, no pude ni quise. He aquí que, de golpe, he recordado cómo se olvida. Justo en este momento, cuando he comprendido que soy mejor persona amándote en el silencio que olvidándote en el bullicio atolondrado de este vacío que dejas.
Recuerdo que un día te dije, para expresarte mi amor, que solo deseaba ser perfecta para que pudieras amarme. Ser joven, hermosa y simpática para merecerte. Tal vez si hubieras respondido otra frase te hubiera olvidado mucho antes, pero dijiste: “eres perfecta para mí”. Y eso te hizo serlo a ti, si es que ya no lo eras. Porque la perfección no está avalada por ninguna medida humana. Es perfecto el ser amado a los ojos de su amor, y ese es el milagro. Así… eres perfecto para mí, de la manera en que pueden ser perfectas las imperfecciones que nada tienen que ver con los sentimientos. De un misterioso modo apreciaba que encontraba en ti las mejores cualidades que anhelaba reunir en un hombre.
Me has hecho sentir de nuevo adolescente, con esa primera pasión que se enciende en nosotros y provoca que nuestro corazón salte como si jugáramos a la tacha: cuando esperamos que aparezca por la esquina del colegio, y escuchar su voz nos estremece y tenerte delante descubre un sudor inesperado en las manos que oculto tras mi espalda, para no delatarme, y solo atino a sonreír, aunque quizás nada más hayas comentado que hay mal tiempo. Y yo, con deseos de gritar que no hay mal tiempo cuando me miro en tus ojos y te escucho.
Bien saben unos pocos lo que es estar en cualquier sala de espera y sonreír de pronto, en medio del soliloquio, porque en mi mente escuchaba frases o palabras que me dijiste en algún momento, sin importar que los demás miren y sonrían también, por mi locura.
Caminar al amanecer por las calles de una ciudad que se despierta, para sentir el olor del rocío que desprenden los árboles, alegrarse por el rayo de sol que me encandila o la ráfaga de aire que despeina mi cabello; respirar el aire puro y sentirse feliz solo por existir y andar, y ver en todo eso la señal única que busco: existes y me amas.
Y de pronto, abrir los ojos y sentir que estoy sola, no porque nadie más esté en la habitación, sino porque la dulce inquietud de tu ausencia me ha abandonado. Solo la paz invade mis sentidos y es como estar encerrada en una jaula de vidrio, adonde no llegan los sonidos del exterior. No escucho el gorjear de un pájaro, ni el rumor de las hojas del roble que crece junto a mi ventana, ni las voces de los muchachos que bailan el trompo al lado de la cerca.
En medio de esta nada, donde el silencio me ensordece y atormenta, solo atino a tomar papel y lápiz, como en tiempos de Cyrano, y escribirte esta carta de amor.
Amado mío, necesito que vuelvas a enamorarme como entonces. Te pido que repitas aquellas primeras palabras que me hicieron amarte. No me animan motivos como el orgullo o la pasión carnal. Es un asunto crucial, de vida o muerte: pude vivir con tu desamor un día tras otro, pero no sobreviviré a olvidarte.
No quiero despedidas. Solo una esperanza de reencuentro en la piel de este tiempo, infinito e inmenso sin la calidez de tu recuerdo; tiempo que quiere ser siempre tuyo y nuestro.
Hasta que nos volvamos a amar, en cualquiera de los mundos posibles o imposibles.
Hasta entonces.

miércoles, 3 de octubre de 2012

INTERMEDIO (La noche en el bolsillo)



El estanque de los nenúfares (Claude Monet)

Apenas amanece viene Estela a buscarme. Se porta como siempre, me apura para ir a tomar café y yo, con mi sentimiento de culpa en la mente, solo atino a vestirme lo más rápido que puedo para darle gusto a ella. Nos sentamos en la escalera. Me mira y se las arregla como una malabarista para aguantar el cigarro y sonar las uñas al mismo tiempo. No tiene que hablar para que yo comprenda que espera la explicación de mi salida. Esa mirada lo dice todo, o mejor, lo pregunta. Hago lo único posible: ser sincera y reconocer que soy una basura por guardarle un secreto.
—Estela, sabes que eres mi mejor amiga y te quiero como a una hermana…
Abre los ojos y parece que el globo blanco va a saltar de pronto y emprender vuelo.
—¿A qué viene eso ahora, mi ángel?
Esa costumbre de ella me deja sin respiro, nunca nadie ha hecho tan real el refrán ese de coger al toro por los cuernos. Por eso hago lo que decidí anoche.
—No sabes que, cuando no puedo dormir, salgo de la escuela…
Me interrumpe, asombrada:
—¿Que tú sales de la escuela por las noches, después del silencio? ¡Dios mío! Ahora sí sé que el mundo se acaba, que viene el Armagedón o el segundo gran diluvio. ¿Para qué sales? ¿Adónde vas?
Entonces le cuento todo. Mis escapadas, lo de Merlín. Estela es una actriz por naturaleza. Mi relato va haciendo que ella ponga distintas caras. Primero está furiosa, después decepcionada, pero al final, tiene los ojos húmedos.
—¡Pero si esto es una novela rosa, querida! —por sus frases, parece que de verdad está en el escenario—. No sé qué decir.
Baja la vista al suelo, callada y pensativa. A mí la voz casi no me sale de la garganta.
—¿Me perdonas? Sabes que yo misma no me perdono, pero me daba pena contártelo. Después, cuando me encontré con Merlín, fue peor. Ya eso era un secreto más grande y no sabía por dónde empezar.
—Tenías que haber empezado por el principio, ¿no? Ven acá, cabeza loca —dijo, mientras me abrazaba—. ¿Qué es eso de pena conmigo? Pero te conozco y sé que es verdad. Algún día tendrás que dominar esa timidez. Uno actúa de acuerdo con su cabeza —se llevó la mano izquierda al pecho— o con su corazón. Nada tengo que perdonarte. ¡Ay, chica, cómo me he perdido cosas por no contarme!
Lloro de alivio y ella me seca las lágrimas, pero después levanta el dedo índice con su uña de bruja y me dice:
—Lo que no te perdono es el nombre. Trata de que sea una estrella el chiquito ese, porque tú sabes que Merlín es mi ideal —entonces se da un golpe en la frente, muy teatral—. ¿Y Juan Carlos? Ahora sí que a ese pobre le da un infarto masivo.
Me hace reír. ¡Qué cosas se le ocurren!
—Este, yo quiero mucho a Juanca, pero sabes que no me gusta como para ser su novia.
—Qué se le va a hacer. Una nunca se enamora de quien debe —cuando dice cosas así parece que tuviera sesenta años y toda la experiencia del mundo—. Vamos, que ya casi es la hora de la formación y nos van a coger fuera de base. ¿Vas a ir a casa de Rebeca el domingo?
—No, Estela. El domingo es el cumpleaños de mi abuela y vamos para su casa. Como es tan lejos regresaremos tarde, por la noche. No me va a dar tiempo.
—Niña, cualquiera piensa que San José es el fin del mundo si se guía por ti.
—No será el fin del mundo, pero sí está lejos. Al menos, para hacer las dos cosas.
Subimos corriendo las escaleras a buscar las mochilas. Bajamos al área de formación en el mismo instante en que el director hablaba. El mismo teque de siempre sobre el estudio y las pruebas. De lejos veo al de los ojos verdes, pero está ausente. En eso mira para acá y desvía pronto la mirada, como si lo hubieran cogido en falta. ¿Tendrá novia? Seguro. Hace un tiempo lo veía mucho con la pesada de Mariela, pero ahora siempre anda con los extraterrestres de sus amigos.
Por fin dan la salida. Me espera un fin de semana solitario. Y sin Merlín.



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