lunes, 19 de noviembre de 2012

NOCHE DÉCIMA (La noche en el bolsillo)




He salido del aula porque me ahogo. No es calor, es una sensación de sofocación, de angustia. Total, que apenas me concentro para estudiar. Lo que no me sepa ya, no me lo aprenderé. Además, nunca me ha gustado estudiar de noche. Aquí no me queda otro remedio porque el horario de autoestudio es obligatorio. En el balcón hay un poco de frío. Es enero y,  al parecer, será un mes de invierno leve, lo que ocurre casi siempre en los últimos años. Oigo unos pasos detrás de mí y antes de volverme, siento una mano en mi hombro.

—¿Te sientes mal?
Es Juan Carlos. No me vuelvo: siento su respiración agitada en mi nuca. Cuando lo veo así, como un macho en celo, me da miedo. Por eso Estela me dice que le corte las aspiraciones, pero me da pena con él. Es muy cariñoso conmigo. Me cuida, lo quiero como a un hermano.
Me coge una mano y la besa. Este gesto es típico de él. Y esas cosas me gustan, pero él no. Me parece muy niño, siempre sé lo que piensa. Me viro y quedo entre el muro y él.
—Juanca, ¿terminaste de estudiar?
—No he terminado, pero no quiero seguir. O mejor, no puedo.
No quiero preguntar por qué, lo sé. Anoche me miraba de una manera y no paraba de suspirar. Pero que no hable de eso, por favor.
—Vamos a entrar —digo y doy el primer paso en dirección al aula, pero él se acerca más a mí.
—No. Tengo que preguntarte algo.
¡Lo sabía! Ahora no me quedará más remedio que rechazarlo.
—Mira, sabes que me gustas mucho —aprieta mi mano— y aunque estamos casi todo el tiempo juntos quiero algo más. ¿Quieres ser mi novia?
Ya está dicho. ¡Dios mío! ¿Ahora qué hago? No me salen las palabras. Él insiste:
—Dime que aceptas.
—Es que yo…
Entonces él interpreta mal mi confusión y me besa. Por instinto lo rechazo con brusquedad y no necesito darle una respuesta. Se pone serio y triste al mismo tiempo.
—¿No te gusto, verdad?
—Mira,  Juanca, yo…
Pero no me da tiempo a terminar.
—Soy un bruto, disculpa. Pensé que el tiempo que pasamos juntos, tu cariño, era otra cosa. No importa.
Sale caminando como un loco y se va, dejándome a mí con la tristeza de su dolor. ¿Por qué nos enamoramos casi siempre de la persona equivocada? Él es muy bueno. Merece que lo quieran, pero no puedo quererlo y no me lo explico. Es cierto que el amor es un misterio. Contemplo la noche y pienso en Merlín. ¡Si él me quisiera como Juan Carlos!

Otra vez oigo mi nombre. Es Gilberto, por suerte. Sus manos son grandes y rugosas. Parece más un trabajador del campo que un estudiante.

—¿Qué tienes? —pregunta  con ansiedad.
—Nada, Gilber. Estoy aburrida en el aula. Ya no tengo deseos de estudiar.
—No te hablo de eso. Vi irse a Juan Carlos. ¿Qué pasó?
—¿Qué tú crees?
—Que has hecho mal alentándolo. Todo el mundo sabe que está enamorado de ti como un bobo.
—No lo he alentado. Somos amigos. Me gusta estar con él, jugar juntos, ¿qué tiene de malo?
Gilberto tuerce los ojos.
—A veces eres egoísta y haces daño sin darte cuenta.
—No quiero hacerle daño. Es mi amigo y lo quiero.
—Entonces déjalo tranquilo. No lo mortifiques. Ni juegues más con él… al tenis. Ya te tocará sufrir. Y bastante.
Me suena a profecía. No había visto antes a Gilberto así.
—No tienes razón tú tampoco. Nunca lo alenté. Simplemente sucedió.
Él mueve la cabeza como diciendo “nada se puede hacer” y entra al aula. Yo sí que ahora no puedo entrar. Aunque me cueste un regaño voy para el dormitorio.
Bajo al segundo piso y atravieso el pasillo aéreo. En eso veo venir a los maleantes de doce: los de nombres raros. También viene el rubio narizón. Se paran delante y me cortan el paso. ¿Qué inventarán ahora? Está oscuro aquí,  pero pienso que no estén locos.
—Mira quien está aquí —dice el de las motas—. La tenista. ¿Dónde dejaste al guardaespaldas hoy?
No contesto y trato de llegar a la esquina del pasillo para esquivarlo, pero ellos también se corren. Me asustan cuando veo que el gordo bajito alarga la mano en dirección mía, pero en ese momento el rubio se aparta y me deja pasar. Salgo corriendo hacia la escalera.

Mira la chiquita del once. ¿Por qué me recordará a Luna? Es distinto. A esta me gusta mirarla nada más. A Luna la quisiera para estar tiempo con ella. Ahora los pesados estos quieren interrumpirle el paso. Ella se ve asustada, claro. Nápoles y el Bala se extreman. ¿Qué hago sin ponerme en contra de ellos? Aprovecho que ella trata de irse y la ayudo.

—¿Estás loco? ¿Por qué dejaste que se fuera?
—¿Y para qué querían ustedes que se quedara? Ya veo que últimamente están muy extraños. Ubíquense, que están en la escuela. Nos cogen en un brinco de esos y nos botan. ¿Qué querían hacerle, asustarla? Pues lo consiguieron. ¡Si parecen unos asaltantes de película!
Nápoles da un silbido:
—¡Pssss! Pareces una niña, asere. ¿Qué te está pasando? Yo creo que ya no quieres andar con nosotros. Tú tienes otra onda.
Me molesta lo que me dice y tiene razón: no tengo ganas de seguir andando con ellos. Pero tampoco quiero buscarme problemas.
—Mi socio, si crees eso, para luego es tarde. Yo nací solo.

Oigo a Ramón, al Pincho y al Bala que protestan: «Oye, no le hagas caso a Nápoles, que es un atravesa'o». «Nosotros no pensamos eso, socio»… pero yo aprovecho para desaparecer. Ya veremos luego cómo arreglo esto. Salgo medio escondido por la escalera del fondo de la escuela y voy al lugar de los encuentros. Sé que ella no va a ir, pero no importa. Estar allí me acerca a Luna. Claro, no me imaginé lo que veo ahora. El director en persona parado en medio de la oscuridad del área de voleibol. Me dura todavía la confusión con los socios y mi ánimo no me deja inventar un buen pretexto. De todas maneras hago como si no lo hubiera visto y me siento en la base de la farola apagada. Espero que venga hasta mí; bajo la cabeza, y seguro parezco un desahuciado de la vida. De todas formas no está lejos de lo que siento en estos momentos: renegando de lo que he sido hasta ahora y enamorado de una niña buena que, seguro, seguro, no querrá saber de mí.
Los pasos ya llegan. Estoy acabado porque solo un milagro me salvaría. Oigo la voz del director.

—Alumno, ¿puede explicarme qué hace aquí en vez de estar en el aula?
Me siento sin ánimos para inventar. Creo que me voy a buscar una buena ahora, porque estamos en semana de pruebas, casi al final del semestre, y ando faroleando; así que le digo la verdad, después de haberme puesto de pie, claro.
—Director, es que he tenido una discusión en el aula, me duele la cabeza y he salido a coger un poco de aire para que se me pase.
Me quedo callado, esperando su respuesta, la amenaza segura, pero no llega. Tal vez los milagros sí existan.
—Vaya a la enfermería a pedir una aspirina; no se quede aquí —dice, mientras me da una palmada en el hombro.

Sale caminando hacia la escuela y yo detrás de él. Al menos para disimular cojo por la escalera que va a la enfermería, pero no entro, sigo para el dormitorio.
No hay aspirinas que me alivien mi dolor, que tampoco es de cabeza. Llego a la cama y, cuando quito la sábana, cae algo al suelo. Es un papel. Las luces están apagadas, porque los demás no han llegado; así que no las enciendo y voy al baño a ver qué es.
Es la hoja de una libreta y alguien ha escrito con letra de molde, para que se entienda y creo que también para no ser reconocido:

        QUIERO AYUDARTE. CUANDO VAYAS A LA CAMINATA
        BUSCA A UNA MUCHACHA QUE TENGA UN PAÑUELO
ROJO CON LISTAS BLANCAS.
ESA ES LUNA. ESTARÉ CERCA, PERO TODAVÍA
NO TE DESCUBRAS. LA PODRÁS VER Y ESPERA
UN MEJOR MOMENTO PARA DECIRLE QUIÉN ERES.
                        UNA AMIGA

¡Ahora sí está bueno! ¿Quién puede saber que yo soy quien me encuentro con Luna? Tiene que ser la amiga de ella, esa de quien habla siempre. Seguro ella le ha contado y me ha seguido. Al menos ahora tengo una esperanza, pero debo esperar al sábado.
Me parece que falta una vida de aquí al sábado, porque hoy es miércoles.

sábado, 17 de noviembre de 2012

NOCHE NOVENA (La noche en el bolsillo)



(lacomunidad.elpais.com)

—Te juro, Estela, que no sé qué voy a hacer ahora. ¿Has oído lo que te he dicho?
Estela está muy ocupada en pegar de nuevo el papel de un cigarro que se le ha despegado.
—Espérate, chica, que este es el último y no puedo desperdiciarlo. Enseguida que lo pegue hablamos. Por dos segundos el mundo no se acaba.
—Pero puede arder, Este.
Levanta los ojos, mira por encima de sus espejuelos, y me dice:
—El día que inventaron la exageración tú caíste dentro de la cazuela.  Ya, mira, lo pegué, soy toda oídos.
—Estela, que no puedo seguir engañándome, estoy enamorada de Merlín. ¿Qué hago ahora?
Camina unos pasos y llega a la ventana. Estamos en el baño del dormitorio y todas duermen, aunque no estoy segura de la hora. Dejé el reloj en la taquilla.
—Todavía no sé cómo te hablo con naturalidad. Si me haces caso, harás lo que hace cualquier muchacha normal: te harás novia de él.
Me desesperan esas respuestas de Estela.
—Pero no es eso lo que te pregunto. Me da miedo, ¿y si me deja, Estela, y sufro?
—Harás como todas las personas desde que el mundo es mundo: arreglártelas como puedas, olvidarlo, enamorarte de otro. No será tan fácil como lo digo, pero la vida sigue. Haces una tormenta en un vaso de agua. ¿Serás boba? Tú eres como los demás. Acaba de entender eso. Hija, ¿cuándo te vas a decidir? Si fueran otros tiempos, te comprendería, aunque no estoy tan segura. ¡Caramba, me quemo!
Ahora el cigarro se le despegó otra vez y parece una antorcha. Todavía la miro, indecisa, porque sé que si digo algo parecido va a insultarme.
—No sé qué voy a decirle. Ahora de pronto, tampoco puedo enamorarlo y le prohibí que me enamorara.
Levantó la ceja izquierda.
—Eso siempre se sabe. Solo deja que llegue el momento. El amor tiene sus códigos, y su lenguaje propio.
La miro con curiosidad.
—Estela —digo solo su nombre, que flota en el aire mientras ella regresa de botar el cigarro al cesto, después de apagar por fin la llamarada debajo de la pila de agua—, a veces me pregunto si eres tú quien habla. Cuando dices esas cosas pienso en las historias antiguas. Hablas como un oráculo, o como una sacerdotisa en trance. Parece que tuvieras por lo menos cincuenta años.
Se ríe con mirada de duende traviesa.
—¿Quién dice que no lo sea? La vida tiene secretos y asuntos ocultos. ¿Cuándo vas a verlo otra vez?
—El domingo, después de la caminata. Le dije que esta semana hay pruebas.
—Error número uno. ¿Por qué le dijiste eso si tú casi no estudias, superdotada?
—No sé. Quería tener un pretexto para no bajar allá todos los días.
—Y comerte las uñas aquí pensando que podrías estar allá con él, ¿no?
—Critícame, pero sigo mis impulsos. Hay momentos en que quisiera decírselo, pero no tengo valor. Y además, no estuve segura hasta hoy.
Ahora se pone irónica.
—¡Ah! Así que hoy tuvimos una revelación divina.
—Humana, porque al fin me di cuenta.
Estela se limpia las uñas de bruja. Me mira con ojos pícaros.
—Sí, tú te das cuenta de casi todo. Vamos a dormir, algo me dice que tendremos días difíciles. Toma tu benadrilina, así no estarás tensa en los exámenes.

Vamos para la cama. Me acuesto, pero no puedo dormir. No sé cuánto tiempo estoy despierta. Percibo una respiración al lado mío y me siento en la cama. En la oscuridad no descubro quién es, pero no es conocido. Es un muchacho. No puedo evitar un grito. Se pone un dedo en la boca. Entonces me doy cuenta de que no tiene cara. Es un hueco negro, con pelo rubio alrededor. Me da escalofríos la visión, pero no siento miedo.
—Vete de aquí o grito —alcanzo a decir.
Entonces alarga una mano y me acaricia el brazo.
—¿Por qué me tratas así, Luna? Solo quiero verte un rato.
Ahora sí no me contengo y grito, a todo pulmón, aunque ni sé qué digo.
Lo otro que siento es que me sacuden duro. Abro los ojos y estoy acostada. Me siento en la cama.

—¿Te sientes bien? Creo que tenías una pesadilla —me dice Rebeca.

No contesto. Estoy atontada. Pregunta si quiero que me traiga agua. Le digo que no y va para su cama. Me quedo despierta. Desde la ventana veo un tinte rosado en el horizonte. Va a amanecer. Por eso el muchacho no tenía rostro. No conozco a Merlín. Se me está volviendo una obsesión el hecho de no verlo. Es un  fantasma de quien solo conozco la voz, como el hombre invisible. ¿A él le pasará lo mismo?

Hoy me sentí más desamparado. Es como si ella me protegiera, y eso que nunca he necesitado ayuda. Es curioso: siempre alardeé de conseguir a cualquier chiquita que me gustara y esta se me ha resistido de tal manera, que no quiere ni verme la cara. Ojalá pudiera llegar ahora hasta donde duerme y aparecerme como un fantasma a su lado, acariciarla. Nada más que por eso valdría la pena ser un fantasma, aunque tuviera que estar muerto. ¡Estoy loco! ¿Cómo puedo ni por un momento desear estar muerto, ni por veinte como Luna? Bueno, es que estoy seguro que no hay veinte como ella, ni siquiera habrá otra. ¿Será bonita? No me interesa. Sé que tiene una belleza especial.
Lo peor es que no tengo con quién hablar de ella. ¿Y si hablo con mi mamá? Es mujer y debe saber cómo tratarla para hacerle saber que solo quiero poder hacer juntos las cosas que me gustan a mí o las que ella quiera. No sé si esto será amor, pero no me había sentido así con otras muchachas. Además, pienso en Luna y solo se me ocurren cosas buenas, amables. ¿Puede alguien cambiarlo a uno así? Me imagino si Nápoles, el Pincho o el Bala se enteran. Tremendo chucho. Debo estar callado para que no se enteren: son capaces de irle con cuentos a Luna. Ahora me siento como si no la mereciera. Es muy inocente. Aunque yo no soy un delincuente ni algo parecido, pero no soy como ella. Quién sabe si me aceptará así. A lo mejor cuando me descubra no quiere saber de mí. Por eso es mejor que por ahora no sepa quién soy. Tiene que pasar más tiempo para poder cambiar y ser mejor. Por lo menos, para que los demás tengan otra opinión. Aunque, ¿cuál será la opinión que tienen ahora? Porque eso antes no me había preocupado.
Miro por la ventana y ya amanece. Otro día sin ver la cara oculta de Luna.

viernes, 16 de noviembre de 2012

NOCHE OCTAVA (La noche en el bolsillo)

La noche estrellada sobre el Ródano,(Van Gogh)



He pensado con nostalgia en Merlín. No encuentro placer ni siquiera en los ocasionales juegos de ping-pong que nos permitimos Juanca y yo para relajarnos un poco de la tensión del estudio. Estela no me ha dejado que le hable durante la semana, porque dice que tengo la culpa de sentirme así. Es un desasosiego extraño, y apenas me concentro. Por poco pierdo un punto en la prueba de Literatura y ¡por una falta de ortografía! Escribí, hablando de Galileo, “los discorsi”. Por suerte, lo vi a última hora, ya que la D era en mayúscula, porque es el título de la obra. Lo peor es que la respuesta era como de una página. Me pasó por lucirme y hacerme la sabihonda, porque en realidad la pregunta era sobre el teatro de Brecht.  Si me puse mal yo, peor se puso el profe Raúl. No quería creerlo. Me adora casi como a una diosa. Ese es el temor que me da con todos: con Gilberto, que me imagina dulce y buena como una virgen; con el profe Raúl, para quien soy una moderna Sor Juana; con Juanca, quien piensa que soy la más bonita y la más inteligente. Al final, yo me veo como todo el mundo y temo decepcionarlos. Lo peor es que cuando trato de sacarlos de su error, piensan que también tengo la virtud de la modestia, y no es verdad. Soy soberbia y me disgusta equivocarme. Lo que sí no tengo ningún ánimo de lastimar a los demás, y siempre me acuso si soy dura o áspera con alguien.
Por eso aprovecho que dieron permiso para estudiar hasta más tarde en las aulas y me escurro hasta mi rincón de la caseta, con uniforme y todo. Daba por descontado que Merlín no estaría, así que no tomé precauciones. Me siento en un cartón.
—Cuando estaba la noche más oscura, salió la luna para alumbrar mi corazón.
—¡Merlín!
—Yo mismo, sin vara mágica, sin la danza de los gigantes y como un simple mortal, esperando, alimentado por una mínima esperanza. A veces, cuando te extraño, quisiera llevar la noche en el bolsillo y sacarla, como un pañuelo, y agitarlo en el aire para extender las sombras y las estrellas, para escucharte, Luna, y sentir ese olor tuyo, a flor, a madera, a ti…

Tengo que decir que para mí son estas las más románticas palabras del mundo y que no cambio a mi Merlín por ningún personaje de novela. «¿Ni siquiera por el verdadero Merlín?», preguntaría Estela. Dudo, pero no conozco al verdadero y la magia de este la logra solo con tenerlo cerca, como ahora. Para mí, suena un arpa dulcemente y flota en el espacio, a nuestro alrededor, un coro de voces angelicales.

—Estar a tu lado es como flotar en el tiempo, en contra de la gravedad.
¡Si es como lo digo! Me lee el pensamiento. O tal vez es que siente lo que yo siento. ¿Será posible? A lo mejor es un falso y se ha aprendido esas frases para engañar a bobas como yo. Me pongo en guardia.
—Yo pensé que la astronomía era parte de la física.
—Así es. ¿Por qué lo preguntas?
—Porque si desafías la gravedad, estás desconociendo una de las leyes físicas, lo cual para ti es muy importante. A la hora de estudiar Astronomía, quiero decir.
Se ríe, el muy bandido. Debe saber que eso me encanta.
—Solo que el sentido del humor no es una ley de la física, es una cualidad humana y por estar siempre a la defensiva, cuidándote de mí, perdemos los mejores momentos de estar juntos. ¿Quieres que te proponga otro trato?
—Está bien. Pero no te puedo prometer aceptarlo —respondo yo, sospechando.
—No hace falta que prometas algo. Sé que te conviene.
—Claro, como eres adivino…
—Adivino, no, soy mago. Recuerda que me nombraste Merlín. Y las cosas, según una frase de un cuento de Onelio Jorge, son como uno las va nombrando por el camino. Así que soy mago, por obra y gracia tuya.
—Muy gracioso —le arrugo la nariz, por gusto, porque él no puede verme.
—¿Sabes que me parece que haces muecas? —respiro hondo, ¡también lo sabe!—. Lo que te propongo es no decirte más piropos ni enamorarte. Hablar como dos amigos, al final es lo que somos. Y podré conocerte y disfrutarte mejor. Dejarás de estar a la defensiva. Quiero gozar de tus ocurrencias, de tu gracia.
Me confunde. Es verdad que temo al enamoramiento, pero me gusta todo lo que me dice.
—¿No estaba en lo cierto? Es la mejor propuesta que puedo hacerte. Pero no me pidas que deje de venir aquí. Todo, menos eso.
No puedo decir nada en contra.
—Estoy de acuerdo. Pero por ahora no podremos seguir viniendo. Hoy me escapé un rato porque mañana no tenemos prueba. Hasta pasado, que es la de Historia, hay un receso.
—¡Menos mal! Ya me asfixio si no vengo acá alguna noche y, aunque no estés, hay algo en el ambiente que te recuerda.
No respondo. Me cuesta hablar ahora, porque no sé si será mejor tenerlo distante. Creo que será peor. A uno siempre le gustan las cosas difíciles. ¡Mi madre! Ahora sí seguro que me enamoro. Tengo que inventar algo para acabar con esto.
Después de las pruebas haremos una caminata a la sierra Las Casas, porque termina el semestre. Es en la madrugada del domingo, así que no salimos de pase. Después, cuando vayamos a la casa, tenemos cuatro días de vacaciones.
—Ahora vamos a estar tiempo sin vernos. Después de las pruebas, tendremos la caminata y las vacaciones.
—No son tantos días. Si no fueras así, tan caprichosa, pudiéramos ir a casa de tu abuela en esos días. Me gustaría muchísimo.
A mí algo se me mueve por dentro. No sé si el estómago o el corazón.
—¿Y qué me dices de tu mamá? Ahora necesita compañía. Tu hermano es chiquito y contigo podrá hablar mejor.
—Si supieras, desde que por fin se separaron, las cosas están mejor. Y compañía, tiene. Mi tía vino para la casa y se ha quedado un tiempo en mi casa. Ella vive en Matanzas, porque trabaja en la termoeléctrica de allá, pero está haciendo un curso sobre protección ambiental. Se va a quedar seis meses. Eso a mami le viene muy bien. Además, Luna, ¿de qué va a hablar conmigo? Ella es diseñadora de modas y de ahí a la astronomía, hay millones de años luz.
—No, qué va. Hay millones de años hombres, y déjame decirte que es muchísimo, porque el machismo viaja más rápido que la luz.
Pensé que le iba a dar un ataque, porque no paraba de reírse.
—¿Ves lo que te digo? Eres muy ocurrente. No soy machista, pero no tengo que ver con el diseño de ropa, y ese es el mundo de mi mamá.
—Pues mira, ahora que no tiene pareja, es cuando le hace falta que la acompañes a desfiles o a presentaciones, que te intereses por lo que hace. No puedes ser egoísta.
Se hace un silencio corto.
—Quizás algún día tú puedas salir con ella.
—Pudiera ser. ¿Quién sabe? A lo mejor un día a las ranas le crecen barbas, y a ti, cuero de ganado vacuno.
—¡Ay, Luna! Qué cosas tienes. Está bien, pero si es ganado vacuno, que sea un toro.
—Te lo decía ya. Enseguida supe que eras de ese grupo.
—Pues te equivocaste. No me gusta el diseño de modas, pero tampoco me gustan las carreras de motos, por ejemplo. Una actividad muy “masculina”, que yo sepa. Sin embargo, me encanta el ballet y el teatro. Cuestión de gustos, Luna, no de actitud ante la vida.
De pronto se oyen unas voces y vemos la  luz de una linterna. Oigo cómo Merlín se levanta y viene hacia mí. Estoy tan nerviosa que no atino a moverme. Me dice bajito: «Escóndete atrás. Yo veré quiénes son».
Voy hasta la parte de atrás de la caseta. En eso sale Merlín:
—¿Qué hacen ustedes aquí a esta hora? —oigo que pregunta con voz de trueno, igual a la de un profesor. Después llegan las respuestas,  asustadas.
—Venimos a coger aire —dice uno, con voz de niño chiquito, y hay otra voz detrás de la de él, muy parecida, que trata de confirmar.
Se oye entonces otra, muy diferente.
—¡Eh! ¿Qué te importa a ti, mi hermano, lo que estamos haciendo aquí? No eres profesor, ni cura, ni policía —dice el sujeto que parece ser de los aseres de la escuela.
Oigo un forcejeo y un ruido de cuerpos que chocan. ¡Mi madre! ¿Qué estará pasando? Pero no puedo salir de mi escondite. Parece que ahora el guapo reconoció a Merlín.
—¡Oye! No sabía que eras tú, mi socio. Vine a abrirle unos huecos en las orejas a los chamacos estos para que se pongan aretes.
—¿Aretes?¿Estás loco, Pochi? Primero, esto está oscuro, capaz que le hagas el hueco fuera de lugar y además, se le infecta. Eso tiene que ser en la enfermería.
El socio se echa a reír.
—Yo no soy enfermero, mi hermano. Y si es allá no me busco unos pesos.
«¡Qué asco!», pienso. Ese tipo está cobrándole a esos dos novatos por echarle a perder las orejas. Siempre encuentra uno a algún bobo.
Merlín habla tranquilo, pero firme.
—Que no se te ocurra hacerle nada a estos chamacos. Y ustedes, andando pa'la escuela, ¡vamos!
Siento como se van corriendo y el otro le dice algo que no logro oír. Pero sí oigo a Merlín.
—Mira, Pochi, por una cosa de esas te embarcas y te botan de la escuela, compadre. Usa la cabeza, anda.
El otro no contesta enseguida. Después, llega la pregunta.
—¿Y qué tú haces aquí, mi hermano? Porque  a este lugar no se llega por casualidad.
—Estoy esperando a alguien, mi socio. Por eso me hace falta que esto esté despejado.
—¿Alguna jevita, asere?
—Eso es asunto mío, Pochi. No me malees.
Todavía oigo un murmullo y risas. Menos mal, pero se tienen que haber dado algunos golpes, por los ruidos que sentí. ¡Qué susto! Merlín me habla.
—Luna, ya no hay peligro.
—¿Te hicieron daño?
—No soy tan débil —responde, con voz cansada.
—Espero, por tu bien, que sea así —le digo, y se me ocurre otra pregunta—. ¿Te gustan los piercings?
Contesta muy socarronamente.
—¿Dónde?
—En la nariz, en la ceja, en la lengua, dondequiera.
—No me gustan. Ni tampoco me gustan los tatuajes. Todo eso sí me haría parecer ganado vacuno.
¡Menos mal! Yo no resisto esos chiquitos llenos de argollas. Ni los tatuajes tampoco. Antes, los tatuajes se los hacían los marineros y los presos. Eso dice mi mamá. Ahora se ha vuelto una moda. Y entre las muchachas, más. Se lo digo y ríe.
—Eres una extremista, Luna. A las personas no se les puede juzgar porque quieran marcarse el cuerpo, o usar una moda. ¿Tú ves que ahora cualquiera puede usar el pelo largo? Pues dice mi mamá que cuando ellos eran jóvenes, si tenías el pelo largo pensaban que eras un delincuente y hasta podías ir preso y todo.
—Eso es una exageración, Merlín. A las personas las llevan presas por robar, golpear a alguien, por hacer algo que está prohibido, pero no por el pelo.
Ríe a carcajadas.
—Luna, me preocupa tu inocencia. No siempre es así. La justicia y las leyes las hacen las personas, y las personas se equivocan.
—Uno puede equivocarse, pero no así.
—Desgraciadamente, sí.

Entonces me habla de los hippies, de los cantantes de la Nueva Trova, de los Beatles, de música que no podía oírse sino a escondidas y me asombra saber cosas que pasaron hace solo veintipico de años pero que parecen ser de la edad de las cavernas. Escucho hablar a Merlín y me lo imagino viejo. Sí, habla como si fuera mayor: su vida no debe haber sido fácil, es como si hubiera tenido que crecer de repente para alcanzar el lugar donde se le permitía aspirar el oxígeno. He sentido esa sensación cuando me zambullo y salgo a la superficie, solo que no es igual. Salir del agua toma unos segundos, ¿cuánto le habrá costado a Merlín salir a respirar? Me parece que muchas cosas no tan envidiables. Eso me acerca más a él. Lo hace parecer un héroe ante los muros destruidos de mi fortaleza, porque sí, es cierto, no me lo puedo ocultar a mí misma: estoy enamorada de él. No sé si una puede saber la cantidad exacta del amor. Pero es muchísimo en mi caso. No lo puedo medir. Es igual a cuando uno le dice a su mamá que la quiere mucho, abre los brazos y señala de aquí al cielo. Creo que es así. Enamorada de aquí al cielo, pero ida y vuelta un montón de veces, hasta el infinito. ¿Esto es amor, de verdad? Temo que sí. Aunque de nada sirve temer en mi caso. «Para ti, hija, el amor es una enfermedad contagiosa para la cual no se ha inventado todavía una vacuna», me dijo Estela la última vez que hablamos del tema. Solo siento mucho miedo: a sufrir, a perderlo…  Aunque también recuerdo algo que leí en algún lugar. Nos asustamos y tememos a algo, pero cuando las cosas ocurren no son tan malas, o al menos, no duelen tanto como uno se imagina.

Alejo el silencio y mis cavilaciones cuando me levanto y le digo:
—Debo irme, Merlín. Ya es tarde.
Él responde desde la puerta de la caseta.
—Nos quedamos mudos. Quédate otro rato, Luna. Todavía es temprano.
—Me prometiste no insistir cuando decidiera irme.
Se rinde. Siempre consigo rendirlo con esa suerte de propuesta amenaza que lo asusta, porque piensa que puede dejar de verme, digo, oírme.
—Está bien. Me voy primero. ¿Cuándo vuelves?
—No lo sé. Creo que será antes de las vacaciones. La caminata es el sábado. Podríamos venir el domingo. No salimos hasta el lunes esta vez.
—De acuerdo. ¿Vas a cuidarte?
—¿En la caminata? No soy tan débil. Me canso un poco, pero nada más.
—Lo sé. Pero cuídate de todos modos. ¿Lo prometes?
—Prometido. Adiós.
—Adiós.
Oigo sus pasos que se alejan y siento deseos de gritarle que vuelva, pero nada digo. ¡Si pudiera tenerlo cerca durante la caminata! Saber que estará al tanto de mí. De todas formas sería imposible, porque están Gilberto y Estela que no me dejarán sola.





sábado, 10 de noviembre de 2012

LA AVENTURA DE VIVIR




Es legítimo parafrasear el título de la obra de Zola para abordar la vida y azares de una temática literaria que el transcurso de los años y la ardiente defensa de sus seguidores han elevado a la categoría de género, de tal suerte, que al citar cualquiera de las novelas clasificadas dentro de él nos referimos al género de aventuras.

Su génesis se sitúa en la aparición del folletín, allá por el siglo xix, en la llamada también novela por entregas y con el objetivo de crear una literatura popular para los más pobres, quienes habían sido alfabetizados y solo tenían acceso a los periódicos fundamentalmente, de modo que se incluían estos textos como capítulos breves en la franja de abajo o en cuadernillos o folletos. Usaban el recurso de terminar en un pasaje de suspenso, que atrapara al lector y lo hiciera buscar el próximo número para seguir leyendo. Con el tiempo muchas de ellas se publicaron en forma de libros y han llegado hasta nuestros días. Luego surgirían revistas especializadas en la publicación de estas novelas por entregas.

Acudiendo a ese inestimable recurso que es Wikipedia, cito:
”Si bien los periódicos La Presse y Siècle son los primeros que hacen estas publicaciones, la idea viene de más lejos. Cuando durante el Consulado y el Primer Imperio los periódicos eran muy reducidos en razón de la censura, comienzan a publicar un suplemento literario. Finalmente, surgen revistas especializadas en la literatura por entregas, como la Revue des deux mondes y Revue de Paris, en las que publicaron autores tan prestigiosos como Balzac.

La Presse publicó entre 1837 y 1847 las novelas de Balzac a razón de una por año, así como obras de Eugenio Sue. El Siècle publicó las de Alejandro Dumas, entre las que por su popularidad se destacan Los tres mosqueteros. Y Le Journal des Débats hizo lo propio con Los misterios de París, de Eugène Sue. El judío errante, del mismo autor fue publicada por el Constitutionnel, y El Mensajero también publicó en Rusia numerosos e importantes folletines.
Uno de los iniciadores del subgénero es Eugène Sue (1804–1857), con las novelas Los misterios de París o El judío errante, así como Ponson du Terrail o Paul Féval (Enrique de Lagardere). Pero es Alejandro Dumas (1802–1870) quien representa el máximo esplendor del folletín, con Los tres mosqueteros, El Vizconde de Bragelonne o El conde de Montecristo, entre otras muchas obras muy reimpresas y justamente celebradas, no siempre debidas a su pluma, sino a la de sus colaboradores. Otros autores más famosos recurrieron a este género, como Víctor Hugo, que publicó de esta forma su novela Los miserables; Honoré Balzac, todo un profesional del folletín, quien publicó de esta manera su Comedia humana; y Gustave Flaubert, su Madame Bovary en La revue de Paris desde octubre de 1856.

En el Reino Unido, destacan Robert Louis Stevenson, publicando en 17 entregas en el periódico Young Folks su novela Flecha negra (The Black Arrow), luego reunidas en volumen en 1888; igualmente, Charles Dickens y William Wilkie Collins publicaron de esta forma muchas de sus novelas.

El folletín, llamado en italiano romanzo d'appendice, fue la forma en que Emilio Salgari publicó sus novelas sobre el príncipe malayo Sandokán o Carlo Collodi Le avventure di Pinocchio.
En Rusia fueron folletines Crimen y castigo (Преступление и наказание) y Los hermanos Karamázov (Брать Карамазовы), publicados en El Mensajero por Fedor Dostoievski; lo mismo cabe decir de Guerra y paz (Война и мир), siempre en El Mensajero, por León Tolstoy.

En España, Benito Pérez Galdós…” y otros importantes autores”.



Exceptuando las obras excepcionales que se publicaron como folletines y que acabo de citar pero que no entran en el denominado “género de aventuras”, muchos consideran a esas novelas como novelas menores, pero lo cierto es que las obras, más allá de su valor literario, han trascendido el tiempo y siguen siendo leídas por lectores adolescentes, jóvenes y otros no tan jóvenes. Cabe preguntarse entonces, ¿cuál misterio encierra la estructura lineal sobre la cual fueron y son escritas esas obras, el atractivo de sus personajes y el interés que despiertan esos argumentos, la mayoría pertenecientes a sociedades o ambientes ajenos al lector? A esta interrogante múltiple puede responderse con infinidad de respuestas y todavía faltarían algunas por enunciar.
Si recorremos las historias narradas nos damos cuenta de que el argumento, en esencia, responde a la representación de una situación determinada en la cual, como efecto de un acto de injusticia o maldad, un personaje o un grupo de ellos se ve obligado a realizar actos heroicos para vencer al mal, objetivo que se logra inevitablemente con el desenlace. Esto quiere decir que tratan, más que cualquier otra obra literaria de la lucha entre el bien y el mal (o la justicia contra la injusticia), eterno leit motiv del ser humano durante su existencia.
No debemos olvidar que en el siglo xix nace y florece el Romanticismo, no solo como un movimiento literario sino también como una actitud ante la vida y abarcó las otras manifestaciones del arte. En líneas generales, corresponden al Romanticismo la mayoría de las características de la novela de aventuras de tal modo que, aún en nuestro siglo, las obras actuales mantienen la línea argumental y otras condicionantes románticas: el héroe invencible, la lucha y el triunfo del bien sobre el mal, exotismo en lugares y ambientes, obstáculos para que se realice el amor de los protagonistas, el ideal patriótico, la religiosidad o misticismo, además del inevitable misterio. El sufrimiento como un elemento purificador del o de los protagonistas deviene un instrumento casi divino para merecer al final el alcance de sus nobles objetivos.
Soy una apasionada de la novela de aventuras, de ese folletín tan llevado y traído por tantos “críticos” literarios e intelectuales de alto vuelo y ocupados solo con temas trascendentales y filosóficos.
Soy fiel cómplice de Los tres mosqueteros, El corsario negro y Sandokan; me convierto en Scaramouche  y doy un Viaje al centro de la Tierra o recorro Veinte mil leguas de viaje submarino para conocer a Las hijas de los faraones. Comparto los ciervos ilegalmente cazados en los bosques de Sherwood por Robin Hood con La flecha Negra, El prisionero de Zenda, El hombre de la máscara de hierro o Ivanhoe, según sea el caso. Y por si acaso jamás olvido dejar, indeleble, La marca del Zorro. Es suficiente para habitar en La isla misteriosa de la fantasía y la imaginación que me acompaña, cual La Isla del Tesoro, cuyo secreto guardamos arropado en el mapa del corazón.



sábado, 3 de noviembre de 2012

NANA DE LAS ESTACIONES






(manualidades.facilisimo.com)


















Cuando naciste en abril
como decía el poeta:
"Abril sus flores abría"
y era plena primavera.

Por querer ver las estrellas
no dormiste en primavera.

Con ese verano ardiente
del lagarto que habitamos
preferiste abrir los ojos
a la luna del verano.

La luna es azul de plata
en las noches de verano.

Cuando los árboles pierden
sus hojas, salen los gnomos
y así preparan el sueño
que viene tras el otoño.

Las noches se vuelven grises
para vivir el otoño.

El invierno llega entonces
con tímidos parpadeos
y el mundo todo prepara
su largo sueño de invierno.

Las noches son muy oscuras
en el tiempo del invierno.

Por eso espero que duermas
ahora que el invierno llega
debajo del manto tibio
que te abriga y te calienta.

Duérmete en invierno, Diego:
abuela te lo aconseja.






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