lunes, 28 de mayo de 2012

NANA DE ABRIL


Arrorró mi Diego
que debes dormir
la luna se asoma
y te trae a ti
un nuevo lucero
nacido en abril.

Me dice la tarde
que te vio venir
y pidió una estrella
parecida a ti
para que alumbrara
la noche de abril.

Y yo que miraba
tus ojos abrir
supe que un lucero
debía venir
con luz de tus ojos
la noche de abril.

domingo, 27 de mayo de 2012

EL CUENTO DE LOS DIBUJOS



(Tomado de educacion2.com)









La tía de Andrés le regaló una caja de lápices de colores y un cuaderno para llenarlo de nubes, lomas, papalotes y flores.
Un día, el niño se puso a dibujar paisajes y barcos de vela. Se entusiasmó tanto que cuando vino a darse cuenta sólo quedaba una hoja en blanco.
Pensó que hacía tiempo quería  tener un perro de mucho pelo y rabo corto. Entonces cogió el lápiz rojo y lo dibujó. No se parecía a ningún otro perro conocido pero a fin de cuentas, era como le gustaba.  Seguro que sus amiguitos de la escuela lo iban a querer. Ahora tendrían un perro distinto y si uno sabe que tiene algo lindo, es feliz.
Tendría que cuidarlo y buscarle un hueso todas las mañanas. Pequeño, sí, porque este perro es pequeño y se llama Garabato. El niño lo dibujó así de travieso: cuando ladraba en el cuaderno las matas  de coco temblaban mientras los cocuyos apagaban sus luces verdes.
Pero entre todos los habitantes del lugar no había quien pudiera  correr con Garabato por los valles sembrados de flores. Por eso Andrés dibujó a la perra Amiga. No la pintó de rojo, sino de azul, para diferenciarla bien de Garabato.
Ahora sí se divertían. Corrían sin cansarse desde la primera hasta la última página.
Casi todas las semanas cambiaban de casa. Primero vivieron en una loma que tenía sus lados medio jorobados porque, precisamente al dibujarla Andrés, una mosca le hizo cosquillas en la nariz.  Después  se mudaron para una nube de los más simpática, pero la abandonaron un día a causa de sus continuos estornudos.
Una tarde muy calurosa, Garabato y Amiga decidieron bañarse en la playa. Todo fue de maravillas hasta que vieron a Velero. Se mecía suavemente en las olas azules y parecía invitarlos a dar un paseo. No lo pensaron dos veces; subieron al barco de vela y ¡a navegar se ha dicho! Al principio les fue bien, pero llegaron al final de la hoja y tuvieron que detenerse porque ya se acababa el mar.
Ahí mismo empezó la tristeza. Apenas si correteaban y la nube se extrañaba de no escuchar sus alegres ladridos asustando a las otras figuras.
Andrés se apenó mucho al verlos así y se dispuso a ayudarlos. Al conocer el deseo de sus amigos no supo qué hacer. No podía alargar la hoja y el cuaderno se había terminado. Probó a pegar con goma un pedazo de hoja al final de la página. Después dibujó más olas. Garabato y Amiga salieron a pasear en barco, pero el agua de mar despegó el trozo del dibujo y estuvieron a punto de naufragar.
Pensó en llevarlos a navegar al río pero la corriente podría arrastrarlos lejos y ¡sentiría tanto separarse de Amiga y Garabato! Andrés estaba preocupado. Esa noche soñó que andaba volando con los perritos.
Por fin decidió algo. Salió al patio con su cuaderno para dibujar. Andrés se reían contento, sin importarle que la lluvia cayera y mojara su cara. Cuando el agua llegó hasta donde estaba el cuaderno, el niño había tenido tiempo para dibujarse en la hoja y los tres: Garabato, Amiga y él, se alejaron a bordo de Velero por el canal que formaba la lluvia junto a la calle.

sábado, 26 de mayo de 2012

EN BUSCA DE LA ESCOBA



No puede negarse que Peruso sabe hacer las cosas. Al otro día, en el patio de la escuela, se va con la pandilla al terreno de pelota. Allí, en la arena del home empieza a dibujar el plan para encontrar la escoba.
Raulín está impresionado. Con una rama, Peruso hace con un rectángulo el apartamento de Lázaro.
─Ahora vamos a ver, por cada lugar, cualquier escondite donde pueda tener tu mamá la escoba, Lazarito ─explica Peruso.
Osvaldo piensa que esto es una exageración.
─ ¿Para qué hace falta el dibujo? ─pregunta.
La cabeza de Peruso parece decir “¡perdónenlo, no sabe lo que dice!”.Así y todo, se llena de paciencia y le explica.
─Antes de ir a una batalla, los grandes generales siempre estudiaban la táctica a seguir. Hay que tener muy claro el tamaño del terreno enemigo, los accidentes del terreno que se pueden aprovechar para cumplir la misión, y otros detalles. Eso me lo explicó mi abuelo.
─!Ah! Resulta que encontrar la escoba es una operación militar.
Peruso sigue serio.
─Si tú quieres, piensa que es un juego, bobo. Esa escoba es más poderosa que un cañón, seguro. Tú no sabes el poder que da a las brujas. A ver ─se vuelve hacia Lázaro─, ve diciéndome donde hay un armario, alguna puerta que esté prohibido abrir, cualquier cosa.
Van señalando en el plano los posibles escondites de la escoba. Al final, se ponen de acuerdo para revisar la casa el domingo. Lazarito está impaciente, porque faltan cuatro días, pero no hay otra forma: es el día que su mamá va a la peluquería.
Llega el momento esperado y la pandilla está escondida en la escalera. Cuando la mamá de Lázaro sale, suben corriendo. Lazarito les abre.
En el balcón del fondo hay un estante alto, con candado, que él solo no puede abrir. Empujan la mesa de la cocina hasta allí. Lázaro va probando las llaves, hasta que encuentra la del candado. Sacan unos cuantos trastos, un rollo de soga, una lata de pintura y ven, en lo último, una funda de tela. Desamarran el cordel y sacan la funda.
Lazarito está asombrado. ¡Era verdad! Aquí está la escoba, pero se ve vieja, y no es como las que venden en las tiendas.
─Es una escoba de palmiche ─les dice Osvaldo─. En el pueblo de mi abuela hay un viejito que las hace.
─¿Tù crees que sea una escoba de bruja, Peruso? ─pregunta Lázaro.
Peruso duda. No puede estar seguro.
─Pero es muy sospechoso que la tenga así, tan bien guardada, sin usarla para barrer. Por si acaso, yo me la llevo y la guardamos en el garaje de Raulín. Después veremos.
Pasa una semana. El dos de abril la pandilla está preocupada. Lazarito no ha llegado a la escuela. Empiezan a cuchichear.
─Es muy raro ─dice Luis Enrique─. ¿Y si la bruja le ha hecho daño? A lo mejor eso de que el papá de Lazarito está muerto es un cuento. Y nunca vienen los tíos de visita, ni abuelos. ¿La bruja se lo habrá robado a los padres verdaderos?
La maestra los manda a callar.
Peruso está preocupado. ¿De verdad estará pasando algo malo? A la hora del receso se escapan de la escuela y van a buscar a Lázaro. Silban desde abajo.
Oyen cómo se abre la puerta y unos pasos en la escalera. Es Lázaro. En la cara se ve que estuvo llorando.
─Raulìn, tráeme rápido la escoba ─pide con voz ronca.
Raulín mira a Peruso y sale corriendo, sin esperar respuesta.
─ ¿Qué pasa? ─le pregunta Peruso.
─Mi papá no está muerto ─responde Lázaro.
Los amigos cambian miradas.
─Se fue de la casa cuando yo nací ─aclara él.
─ ¿Y la escoba? ─pregunta Osvaldo.
─Es un regalo de la abuela de mi mamá. El único recuerdo de ella que le queda.
En eso se asoma la mamá de Lazarito. Tiene los ojos hinchados y rojos, como si tuviera alergia. Él sube para su casa.
Enseguida empiezan las opiniones y las preguntas. Que si las brujas no se enferman, que si la escoba no es de bruja dónde está la verdadera, que si el padre se fue de la casa cuando supo que era bruja, que si…
Peruso tiene la mirada ausente.
─Me doy cuenta ahora que no siempre son las escobas quienes hacen a las brujas. Parece que las cosas tristes pueden volver bruja a una buena mamá. Ahora tenemos que ayudarla a ser una mamá como las de nosotros.
Y vuelven al aula, brincando la cerca del patio.

viernes, 25 de mayo de 2012

LA NIÑA QUE SALIÓ A BUSCAR UN CUENTO: LA CIUDAD DE LAS SOMBRAS



 

 La niña entra a la casa y se despide de su mamá. No le queda más remedio que cargar con una mochila de explorador para llevar agua y comida. Sale por el camino del norte y ve, a lo lejos, la silueta de una ciudad. Parece una fortaleza gris. Al entrar, se deslumbra: los edificios son tantos y tan altos, que si uno mira al cielo no consigue descubrirlo y la cabeza empieza a darle vueltas. Como el sol no se ve, se vive en una noche interminable y hay luces brillando hasta a lo largo de las aceras.
Después de recorrer dos o tres calles siente mucho más el mareo; tiene que sentarse a descansar en un banco. Se le acerca un niño que trae su perro atado a una cadena brillante.
―¿Puedo sentarme en este banco?― pregunta.
―Claro que sí ―responde ella―. Es lindo tu perro, pero demasiado tranquilo.
El niño toca la oreja del animal y éste empieza a ladrar.
―¡Uf! ―exclama la niña―. Este perro ladra muy raro.
―Es que la batería está un poco gastada, tengo que comprar una nueva.
―¿Batería? ―se asombra nuestra niña―. ¿No es un perro de verdad?
El chico le cuenta que aquí los perros son automáticos, porque no hay jardines ni árboles para arrimarse, levantar la pata y orinar. Eso no le gusta a los perros.
―Se han traído algunos perros de verdad, pero al poco tiempo escapan, en cuanto dejan de ser cachorritos― explica él.
“Por eso me siento ahogada en este lugar”, piensa ella. “Esto no es una ciudad: es una locura”.
―¡Aluminito! ―grita una mujer.
―¡Ya voy, mamá!
El niño le dice que va para su casa.
―¿Te llamas Aluminio?
―Sí― responde él― ¿Te parece bonito mi nombre?
A la niña le da pena ofenderlo.
―Me parece... metálico.
Aluminio se va con su perro automático y ella tiene ahora un mareo grande como un edificio. Baja la cabeza y la pone entre sus rodillas.
Una señora le habla.
―Pobrecita, deben ser las luces ―dice―. Atraviesa por esta calle y anda hasta que puedas ver la chimenea.
Aunque no entiende qué quiere decir con eso la mujer, la niña sigue el camino indicado. Intrigada ve cómo muchas personas siguen su dirección.
Llega a un espacio libre de edificios donde se alza sólo una chimenea de ladrillos rojos, igual a las chimeneas antiguas que ha visto en los libros donde se cuentan historias de países de nieve.
Lo mejor es que sobre la chimenea se asoma el sol, y a ella le parece que es más amarillo y brillante. Sin saber por qué la niña siente que la nostalgia entra en su corazón y se lo estruja. Tiene deseos de llorar y piensa en su madre. ¿La extrañaría tanto así?
Esta chimenea la construyó un artista. Él mismo moldeó los ladrillos de barro, ayudado por un viejo alfarero.
En este momento la niña ve una cara conocida y se angustia. Es Cálculo Pérez, sólo que no viene con su secretaria ni tiene la calculadora. Empiezan a escucharse sus comentarios.
―A estas alturas, una chimenea no sirve para nada.
―Pero es linda― dicen quienes le oyen.
―Sí, pero un edificio sería mejor. Podrían vivir muchas personas, o poner tiendas que vendan cosas útiles― contesta Cálculo Pérez, seguramente calculando ganancias para él y para su empresa.
―Estamos cansados de ver sólo edificios y luces; desde aquí se ve el sol― dicen los habitantes.
Cálculo saca su calculadora del bolsillo y una libreta para notas, pero no va a suceder lo mismo que con los árboles. Lo rodean muchas personas y sin saber cómo, desaparecen la libreta y su calculadora. Asustado, echa a correr hacia los edificios.
La niña descubre un camino al costado de la chimenea y lo sigue. Al final se abre un prado extenso por donde caminan muchas personas. Por todos lados hay hornos de los que sacan decenas de ladrillos y puede ver algunas casas que enseñan sus aleros al sol.
Estas personas encontraron el camino, se dice ella, algún día podrán mojarse en un aguacero y crecerán los árboles. Entonces Aluminio tendrá un perro de verdad. ¿Se cambiará el nombre ese día?
                                        (De La niña que salió a buscar un cuento)

jueves, 24 de mayo de 2012

PEQUE Y EL SUEÑO


(Tomado de coachingactivo.wordpress.com)


Conocí a un niño pequeño que no quería dormir. Le gustaba más jugar durante horas, saltando de aquí para allá como un grillo en compañía del gato Misu o buscando el toc toc del pájaro carpintero.
Pues sí que era majadero Peque a la hora de dormir. De lo molesto, hasta se le perdían las pecas.
—Mamita linda. ¡Yo no quiero dormir! Déjame jugar, anda.
Pero la mamá explicó que debía dormir para descansar y seguir jugando al otro día.
—Es que ese sueño es malo, muy malo. ¿Dónde vive?
Y la mamá le explicó que  vivía debajo de la cama, pero no se podía ver. Esa misma noche, Peque  habló con el sueño.
Mire, señor Sueño, yo no quiero dormir porque tengo mucho que jugar todavía. Voy a dormir cuando  tenga los años de abuelo Pancho. Además, (y bajó un poco la voz para decirlo) al capitán de los soldados le da miedo quedarse solo.
                      Habló y explicó un montón de razones, pero parece que el Sueño no quiso llegar a un  acuerdo porque no dijo ni media palabra. Entonces Peque decidió inventar un plan para acabar con él.
Salió al patio y buscó al sapo Panzaverde.
—Panzaverde, tienes que cantarle duro para que se asuste y se vaya. Cántale esa canción de cuando te comiste cien hormigas tambochas sin tomar agua siquiera. ¡Vamos!
Entraron en la casa y el sapo cantó con una voz terrible, pero parece que el Sueño era valiente pues no se movió de su lugar.
Salieron tristes del cuarto y al sapo casi le llegaba al piso su enorme panza verde.
Peque siguió  pensando hasta que se le ocurrió otra idea. Salió con Misu a recorrer los caminos y regresaron con latas viejas, pedazos de palo y cajas. Fueron poniéndolas debajo de la cama hasta no dejar ni un rincón vacío para el sueño.
A la otra noche Peque no protestó cuando la mamá lo llevaba a dormir, y se iba riendo.  “¿Por qué reirá tanto Peque?”, se preguntaba la madre.
Esa noche Peque no durmió, ni la otra, ni la otra tampoco y cuando llevaba tantos días sin dormir como dedos tiene su manita, se le caía la pelota de las manos y no tenía fuerzas para jugar con los soldados y su capitán. La mamá se dio cuenta.
—¡Peque!, te estás quedando dormido así de pie. ¿Qué te pasa?—preguntó.
Peque le pidió entonces que lo acompañara y entre los dos sacaron todas las cosas que él y Misu pusieron debajo de la cama. Ya esa noche pudo dormir y al día siguiente salió bien temprano al patio para conversar con Panzaverde y como Misu se estaba burlando, le tiró un poco de los bigotes.
—Un poco nada más, gato—le decía el niño, divertido.
Ahora, cuando va a dormir, Peque no protesta y está muchísimo rato conversando con su sueño. Parece que son amigos porque Peque se ríe y luego, cuando está dormido, tiene cara de gente feliz.

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