martes, 20 de noviembre de 2012

NANA DE RETAHÍLA

(eltiempohabitado.wordpress.com)















Desde la luna al lucero
del lucero al azahar
del azahar a la rama
de la rama al ventanal
de donde miro la luna
junto al lucero brillar
mientras susurra una nana
con voz de dulce cantar:
“Duérmete ya, mi pequeño”…
de la ventana a la rama
de la rama al azahar
del azahar al lucero
del lucero hasta la luna
baja la luz a tus ojos,
para dormir y soñar.


(losmismosclavos.es)




lunes, 19 de noviembre de 2012

NOCHE DÉCIMA (La noche en el bolsillo)




He salido del aula porque me ahogo. No es calor, es una sensación de sofocación, de angustia. Total, que apenas me concentro para estudiar. Lo que no me sepa ya, no me lo aprenderé. Además, nunca me ha gustado estudiar de noche. Aquí no me queda otro remedio porque el horario de autoestudio es obligatorio. En el balcón hay un poco de frío. Es enero y,  al parecer, será un mes de invierno leve, lo que ocurre casi siempre en los últimos años. Oigo unos pasos detrás de mí y antes de volverme, siento una mano en mi hombro.

—¿Te sientes mal?
Es Juan Carlos. No me vuelvo: siento su respiración agitada en mi nuca. Cuando lo veo así, como un macho en celo, me da miedo. Por eso Estela me dice que le corte las aspiraciones, pero me da pena con él. Es muy cariñoso conmigo. Me cuida, lo quiero como a un hermano.
Me coge una mano y la besa. Este gesto es típico de él. Y esas cosas me gustan, pero él no. Me parece muy niño, siempre sé lo que piensa. Me viro y quedo entre el muro y él.
—Juanca, ¿terminaste de estudiar?
—No he terminado, pero no quiero seguir. O mejor, no puedo.
No quiero preguntar por qué, lo sé. Anoche me miraba de una manera y no paraba de suspirar. Pero que no hable de eso, por favor.
—Vamos a entrar —digo y doy el primer paso en dirección al aula, pero él se acerca más a mí.
—No. Tengo que preguntarte algo.
¡Lo sabía! Ahora no me quedará más remedio que rechazarlo.
—Mira, sabes que me gustas mucho —aprieta mi mano— y aunque estamos casi todo el tiempo juntos quiero algo más. ¿Quieres ser mi novia?
Ya está dicho. ¡Dios mío! ¿Ahora qué hago? No me salen las palabras. Él insiste:
—Dime que aceptas.
—Es que yo…
Entonces él interpreta mal mi confusión y me besa. Por instinto lo rechazo con brusquedad y no necesito darle una respuesta. Se pone serio y triste al mismo tiempo.
—¿No te gusto, verdad?
—Mira,  Juanca, yo…
Pero no me da tiempo a terminar.
—Soy un bruto, disculpa. Pensé que el tiempo que pasamos juntos, tu cariño, era otra cosa. No importa.
Sale caminando como un loco y se va, dejándome a mí con la tristeza de su dolor. ¿Por qué nos enamoramos casi siempre de la persona equivocada? Él es muy bueno. Merece que lo quieran, pero no puedo quererlo y no me lo explico. Es cierto que el amor es un misterio. Contemplo la noche y pienso en Merlín. ¡Si él me quisiera como Juan Carlos!

Otra vez oigo mi nombre. Es Gilberto, por suerte. Sus manos son grandes y rugosas. Parece más un trabajador del campo que un estudiante.

—¿Qué tienes? —pregunta  con ansiedad.
—Nada, Gilber. Estoy aburrida en el aula. Ya no tengo deseos de estudiar.
—No te hablo de eso. Vi irse a Juan Carlos. ¿Qué pasó?
—¿Qué tú crees?
—Que has hecho mal alentándolo. Todo el mundo sabe que está enamorado de ti como un bobo.
—No lo he alentado. Somos amigos. Me gusta estar con él, jugar juntos, ¿qué tiene de malo?
Gilberto tuerce los ojos.
—A veces eres egoísta y haces daño sin darte cuenta.
—No quiero hacerle daño. Es mi amigo y lo quiero.
—Entonces déjalo tranquilo. No lo mortifiques. Ni juegues más con él… al tenis. Ya te tocará sufrir. Y bastante.
Me suena a profecía. No había visto antes a Gilberto así.
—No tienes razón tú tampoco. Nunca lo alenté. Simplemente sucedió.
Él mueve la cabeza como diciendo “nada se puede hacer” y entra al aula. Yo sí que ahora no puedo entrar. Aunque me cueste un regaño voy para el dormitorio.
Bajo al segundo piso y atravieso el pasillo aéreo. En eso veo venir a los maleantes de doce: los de nombres raros. También viene el rubio narizón. Se paran delante y me cortan el paso. ¿Qué inventarán ahora? Está oscuro aquí,  pero pienso que no estén locos.
—Mira quien está aquí —dice el de las motas—. La tenista. ¿Dónde dejaste al guardaespaldas hoy?
No contesto y trato de llegar a la esquina del pasillo para esquivarlo, pero ellos también se corren. Me asustan cuando veo que el gordo bajito alarga la mano en dirección mía, pero en ese momento el rubio se aparta y me deja pasar. Salgo corriendo hacia la escalera.

Mira la chiquita del once. ¿Por qué me recordará a Luna? Es distinto. A esta me gusta mirarla nada más. A Luna la quisiera para estar tiempo con ella. Ahora los pesados estos quieren interrumpirle el paso. Ella se ve asustada, claro. Nápoles y el Bala se extreman. ¿Qué hago sin ponerme en contra de ellos? Aprovecho que ella trata de irse y la ayudo.

¿Estás loco? ¿Por qué dejaste que se fuera?
—¿Y para qué querían ustedes que se quedara? Ya veo que últimamente están muy extraños. Ubíquense, que están en la escuela. Nos cogen en un brinco de esos y nos botan. ¿Qué querían hacerle, asustarla? Pues lo consiguieron. ¡Si parecen unos asaltantes de película!
Nápoles da un silbido:
—¡Pssss! Pareces una niña, asere. ¿Qué te está pasando? Yo creo que ya no quieres andar con nosotros. Tú tienes otra onda.
Me molesta lo que me dice y tiene razón: no tengo ganas de seguir andando con ellos. Pero tampoco quiero buscarme problemas.
—Mi socio, si crees eso, para luego es tarde. Yo nací solo.

Oigo a Ramón, al Pincho y al Bala que protestan: «Oye, no le hagas caso a Nápoles, que es un atravesa'o». «Nosotros no pensamos eso, socio»… pero yo aprovecho para desaparecer. Ya veremos luego cómo arreglo esto. Salgo medio escondido por la escalera del fondo de la escuela y voy al lugar de los encuentros. Sé que ella no va a ir, pero no importa. Estar allí me acerca a Luna. Claro, no me imaginé lo que veo ahora. El director en persona parado en medio de la oscuridad del área de voleibol. Me dura todavía la confusión con los socios y mi ánimo no me deja inventar un buen pretexto. De todas maneras hago como si no lo hubiera visto y me siento en la base de la farola apagada. Espero que venga hasta mí; bajo la cabeza, y seguro parezco un desahuciado de la vida. De todas formas no está lejos de lo que siento en estos momentos: renegando de lo que he sido hasta ahora y enamorado de una niña buena que, seguro, seguro, no querrá saber de mí.
Los pasos ya llegan. Estoy acabado porque solo un milagro me salvaría. Oigo la voz del director.

—Alumno, ¿puede explicarme qué hace aquí en vez de estar en el aula?
Me siento sin ánimos para inventar. Creo que me voy a buscar una buena ahora, porque estamos en semana de pruebas, casi al final del semestre, y ando faroleando; así que le digo la verdad, después de haberme puesto de pie, claro.
—Director, es que he tenido una discusión en el aula, me duele la cabeza y he salido a coger un poco de aire para que se me pase.
Me quedo callado, esperando su respuesta, la amenaza segura, pero no llega. Tal vez los milagros sí existan.
—Vaya a la enfermería a pedir una aspirina; no se quede aquí —dice, mientras me da una palmada en el hombro.

Sale caminando hacia la escuela y yo detrás de él. Al menos para disimular cojo por la escalera que va a la enfermería, pero no entro, sigo para el dormitorio.
No hay aspirinas que me alivien mi dolor, que tampoco es de cabeza. Llego a la cama y, cuando quito la sábana, cae algo al suelo. Es un papel. Las luces están apagadas, porque los demás no han llegado; así que no las enciendo y voy al baño a ver qué es.
Es la hoja de una libreta y alguien ha escrito con letra de molde, para que se entienda y creo que también para no ser reconocido:

        QUIERO AYUDARTE. CUANDO VAYAS A LA CAMINATA
        BUSCA A UNA MUCHACHA QUE TENGA UN PAÑUELO
ROJO CON LISTAS BLANCAS.
ESA ES LUNA. ESTARÉ CERCA, PERO TODAVÍA
NO TE DESCUBRAS. LA PODRÁS VER Y ESPERA
UN MEJOR MOMENTO PARA DECIRLE QUIÉN ERES.
                        UNA AMIGA

¡Ahora sí está bueno! ¿Quién puede saber que yo soy quien me encuentro con Luna? Tiene que ser la amiga de ella, esa de quien habla siempre. Seguro ella le ha contado y me ha seguido. Al menos ahora tengo una esperanza, pero debo esperar al sábado.
Me parece que falta una vida de aquí al sábado, porque hoy es miércoles.

sábado, 17 de noviembre de 2012

NOCHE NOVENA (La noche en el bolsillo)



(lacomunidad.elpais.com)

—Te juro, Estela, que no sé qué voy a hacer ahora. ¿Has oído lo que te he dicho?
Estela está muy ocupada en pegar de nuevo el papel de un cigarro que se le ha despegado.
—Espérate, chica, que este es el último y no puedo desperdiciarlo. Enseguida que lo pegue hablamos. Por dos segundos el mundo no se acaba.
—Pero puede arder, Este.
Levanta los ojos, mira por encima de sus espejuelos, y me dice:
—El día que inventaron la exageración tú caíste dentro de la cazuela.  Ya, mira, lo pegué, soy toda oídos.
—Estela, que no puedo seguir engañándome, estoy enamorada de Merlín. ¿Qué hago ahora?
Camina unos pasos y llega a la ventana. Estamos en el baño del dormitorio y todas duermen, aunque no estoy segura de la hora. Dejé el reloj en la taquilla.
—Todavía no sé cómo te hablo con naturalidad. Si me haces caso, harás lo que hace cualquier muchacha normal: te harás novia de él.
Me desesperan esas respuestas de Estela.
—Pero no es eso lo que te pregunto. Me da miedo, ¿y si me deja, Estela, y sufro?
—Harás como todas las personas desde que el mundo es mundo: arreglártelas como puedas, olvidarlo, enamorarte de otro. No será tan fácil como lo digo, pero la vida sigue. Haces una tormenta en un vaso de agua. ¿Serás boba? Tú eres como los demás. Acaba de entender eso. Hija, ¿cuándo te vas a decidir? Si fueran otros tiempos, te comprendería, aunque no estoy tan segura. ¡Caramba, me quemo!
Ahora el cigarro se le despegó otra vez y parece una antorcha. Todavía la miro, indecisa, porque sé que si digo algo parecido va a insultarme.
—No sé qué voy a decirle. Ahora de pronto, tampoco puedo enamorarlo y le prohibí que me enamorara.
Levantó la ceja izquierda.
—Eso siempre se sabe. Solo deja que llegue el momento. El amor tiene sus códigos, y su lenguaje propio.
La miro con curiosidad.
—Estela —digo solo su nombre, que flota en el aire mientras ella regresa de botar el cigarro al cesto, después de apagar por fin la llamarada debajo de la pila de agua—, a veces me pregunto si eres tú quien habla. Cuando dices esas cosas pienso en las historias antiguas. Hablas como un oráculo, o como una sacerdotisa en trance. Parece que tuvieras por lo menos cincuenta años.
Se ríe con mirada de duende traviesa.
—¿Quién dice que no lo sea? La vida tiene secretos y asuntos ocultos. ¿Cuándo vas a verlo otra vez?
—El domingo, después de la caminata. Le dije que esta semana hay pruebas.
—Error número uno. ¿Por qué le dijiste eso si tú casi no estudias, superdotada?
—No sé. Quería tener un pretexto para no bajar allá todos los días.
—Y comerte las uñas aquí pensando que podrías estar allá con él, ¿no?
—Critícame, pero sigo mis impulsos. Hay momentos en que quisiera decírselo, pero no tengo valor. Y además, no estuve segura hasta hoy.
Ahora se pone irónica.
—¡Ah! Así que hoy tuvimos una revelación divina.
—Humana, porque al fin me di cuenta.
Estela se limpia las uñas de bruja. Me mira con ojos pícaros.
—Sí, tú te das cuenta de casi todo. Vamos a dormir, algo me dice que tendremos días difíciles. Toma tu benadrilina, así no estarás tensa en los exámenes.

Vamos para la cama. Me acuesto, pero no puedo dormir. No sé cuánto tiempo estoy despierta. Percibo una respiración al lado mío y me siento en la cama. En la oscuridad no descubro quién es, pero no es conocido. Es un muchacho. No puedo evitar un grito. Se pone un dedo en la boca. Entonces me doy cuenta de que no tiene cara. Es un hueco negro, con pelo rubio alrededor. Me da escalofríos la visión, pero no siento miedo.
—Vete de aquí o grito —alcanzo a decir.
Entonces alarga una mano y me acaricia el brazo.
—¿Por qué me tratas así, Luna? Solo quiero verte un rato.
Ahora sí no me contengo y grito, a todo pulmón, aunque ni sé qué digo.
Lo otro que siento es que me sacuden duro. Abro los ojos y estoy acostada. Me siento en la cama.

—¿Te sientes bien? Creo que tenías una pesadilla —me dice Rebeca.

No contesto. Estoy atontada. Pregunta si quiero que me traiga agua. Le digo que no y va para su cama. Me quedo despierta. Desde la ventana veo un tinte rosado en el horizonte. Va a amanecer. Por eso el muchacho no tenía rostro. No conozco a Merlín. Se me está volviendo una obsesión el hecho de no verlo. Es un  fantasma de quien solo conozco la voz, como el hombre invisible. ¿A él le pasará lo mismo?

Hoy me sentí más desamparado. Es como si ella me protegiera, y eso que nunca he necesitado ayuda. Es curioso: siempre alardeé de conseguir a cualquier chiquita que me gustara y esta se me ha resistido de tal manera, que no quiere ni verme la cara. Ojalá pudiera llegar ahora hasta donde duerme y aparecerme como un fantasma a su lado, acariciarla. Nada más que por eso valdría la pena ser un fantasma, aunque tuviera que estar muerto. ¡Estoy loco! ¿Cómo puedo ni por un momento desear estar muerto, ni por veinte como Luna? Bueno, es que estoy seguro que no hay veinte como ella, ni siquiera habrá otra. ¿Será bonita? No me interesa. Sé que tiene una belleza especial.
Lo peor es que no tengo con quién hablar de ella. ¿Y si hablo con mi mamá? Es mujer y debe saber cómo tratarla para hacerle saber que solo quiero poder hacer juntos las cosas que me gustan a mí o las que ella quiera. No sé si esto será amor, pero no me había sentido así con otras muchachas. Además, pienso en Luna y solo se me ocurren cosas buenas, amables. ¿Puede alguien cambiarlo a uno así? Me imagino si Nápoles, el Pincho o el Bala se enteran. Tremendo chucho. Debo estar callado para que no se enteren: son capaces de irle con cuentos a Luna. Ahora me siento como si no la mereciera. Es muy inocente. Aunque yo no soy un delincuente ni algo parecido, pero no soy como ella. Quién sabe si me aceptará así. A lo mejor cuando me descubra no quiere saber de mí. Por eso es mejor que por ahora no sepa quién soy. Tiene que pasar más tiempo para poder cambiar y ser mejor. Por lo menos, para que los demás tengan otra opinión. Aunque, ¿cuál será la opinión que tienen ahora? Porque eso antes no me había preocupado.
Miro por la ventana y ya amanece. Otro día sin ver la cara oculta de Luna.

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