Mujer con sombrilla, Claude Monet. |
El equinoccio de primavera marca formalmente el inicio de esta estación y ocurre cuando el Sol se encuentra directamente sobre el ecuador terrestre. En esta fecha, el día y la noche tienen prácticamente la misma duración en todo el mundo. Esto sucede porque la inclinación del eje de la Tierra es de 23.5 grados y durante el equinoccio, ambos hemisferios reciben la misma cantidad de luz solar. En el hemisferio norte, este evento ocurre alrededor del 20 o 21 de marzo, mientras que en el hemisferio sur, tiene lugar en septiembre.
En este año 2025 es hoy, 20 de marzo, el día del equinoccio de primavera. Nuestro planeta se prepara para recibir la florida y soleada estación en el hemisferio norte mientras en el sur se da la bienvenida al equinoccio de otoño y se apresta a recibir las bajas temperaturas del invierno.
La llegada del equinoccio de primavera ha sido motivo de celebración en diversas civilizaciones a lo largo de la historia. Para muchas culturas antiguas, este evento simbolizaba la renovación, la fertilidad y el renacimiento de la naturaleza, ya que los días empiezan a ser más largos y las temperaturas más cálidas, lo que favorece la siembra y el crecimiento de las cosechas. Ejemplos de festividades relacionadas con el equinoccio son el Nowruz, el Año Nuevo persa, y las ceremonias de los mayas, que construyeron templos como el de Kukulkán, en Chichén Itzá, para alinearse con este fenómeno.
Desde el punto de vista astronómico y espiritual, el equinoccio de primavera también se asocia con un equilibrio simbólico, ya que representa el balance entre la luz y la oscuridad. Es un momento ideal para la introspección y para marcar nuevos comienzos, tanto a nivel personal como colectivo. Muchas personas aprovechan este tiempo para establecer nuevas metas y objetivos, con la esperanza de que, al igual que la naturaleza, sus proyectos florezcan y se desarrollen en los meses venideros.
Los celtas celebraban el equinoccio de primavera con festividades vinculadas al despertar de la naturaleza y el renacimiento de la vida tras el invierno. Una de las celebraciones más importantes asociadas a este evento era la fiesta de Ostara, un festival que honraba a la diosa Eostre (o Ostara), la deidad germánica de la primavera, la fertilidad y el amanecer. Ostara simbolizaba el nuevo ciclo de vida, el florecimiento de la tierra y la fertilidad de los campos, por lo que se le ofrecían rituales para atraer la abundancia en las cosechas y el bienestar de las comunidades.
Durante esta celebración, los celtas realizaban rituales al aire libre, en los que encendían fuegos para simbolizar la luz y el calor del Sol, que comenzaba a ganar fuerza tras el invierno. También llevaban a cabo ofrendas de flores y huevos pintados, símbolos de fertilidad y renovación, que se colocaban en altares y se utilizaban en diversos rituales. Los huevos, al igual que hoy en día en las celebraciones modernas como la Pascua, eran un símbolo de la vida que comienza a surgir con la llegada de la primavera.
Los celtas también realizaban danzas y cánticos en honor a la naturaleza y a los ciclos de la vida. Esta festividad no solo era una oportunidad para conectar con la tierra y pedir una buena cosecha, sino también para agradecer por la renovación de la vida y el equilibrio que traía el equinoccio, un momento de armonía entre la luz y la oscuridad. La celebración de Ostara era tanto una fiesta espiritual como un momento de unión social, donde la comunidad se reunía para celebrar el inicio de un nuevo ciclo de abundancia y crecimiento.
Entre los pueblos nórdicos, el equinoccio de primavera también era un momento significativo, aunque no se celebraba de la misma forma que en otras culturas europeas como la celta. Los nórdicos, quienes vivían en una región con inviernos largos y duros, veían en la llegada de la primavera una ocasión importante para marcar el renacimiento de la naturaleza y el retorno de la fertilidad a la tierra. Si bien no existe un festival específico exclusivo del equinoccio en la mitología nórdica, este evento se entrelazaba con otras festividades vinculadas al ciclo agrícola y las deidades relacionadas con la fertilidad, como Freya y Freyr.
Freya, diosa del amor, la fertilidad y la belleza, era una figura clave durante las celebraciones primaverales. Los nórdicos realizaban ofrendas a Freya para pedir su favor en el crecimiento de las cosechas y en la fertilidad de la tierra. Freyr, por su parte, era el dios de la prosperidad, la fertilidad y las cosechas, y también jugaba un papel importante en estas festividades. En honor a estas deidades, se celebraban banquetes, se hacían sacrificios de animales y se realizaban rituales para asegurar una primavera fértil y una buena cosecha en los meses venideros.
Otra tradición vinculada a la llegada de la primavera era la encendida de hogueras para simbolizar la victoria de la luz sobre la oscuridad, algo muy relevante en las regiones nórdicas debido a la extrema diferencia entre las largas noches de invierno y los días más largos de la primavera y el verano. Estas hogueras servían no solo para iluminar y calentar las comunidades, sino también como una forma de purificación y protección contra los espíritus malignos o las fuerzas oscuras que pudieran haberse acumulado durante el invierno. Aunque los nórdicos no tenían una festividad tan estructurada como el Ostara celta, su conexión con la naturaleza y los ciclos estacionales se reflejaba profundamente en su espiritualidad y su vida diaria.
De alguna manera, la primavera siempre simboliza la alegría, el optimismo y el florecimiento de la naturaleza mientras que el otoño se asocia a la melancolía de las hojas que caen, dejando los troncos desnudos, el gris de los días nublados y plomizos…
Pero quiero creer que aun con el otoño, en las almas puede existir la más cálida de las primaveras.
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