jueves, 28 de enero de 2016

ESE HOMBRE DE LA EDAD DE ORO



El 28 de enero de 1853 es una fecha que todos los cubanos conocemos desde pequeños: es el día en que nació José Julián Martí Pérez, en la humilde casita de la calle Paula marcada con el número 41. Hoy, con toda justicia, la calle lleva el nombre de su madre. Cuando escuchamos alguno de los versos sencillos, sobre todo el que comienza Cultivo una rosa blanca…todos sabemos que son suyos Esa rosa blanca y ese coraje que jamás desmereció su pluma, punzante y aguda como el puñal de sus entrañables versos, están unidas en nuestra memoria al luchador incansable, apóstol de la independencia, el que jamás dejó de aunar voluntades y convocar a los hombres y jefes militares en aras de la libertad de la patria aunque, como dijera en la carta a Máximo Gómez, sabía que consagrarse a la causa de la independencia solo contribuía al placer del sacrificio y la ingratitud probable de los hombres. 

Trajo consigo todo el sol y la luz de la aurora. José Martí, nuestro Martí y el de todos los que defienden, desde el corazón puro, la verdad y la justicia. Cada segundo se le ve, con el yugo ceñido, alumbrando con la estrella que ilumina y mata.

Fue un poeta genial, precursor del Modernismo en Hispanoamérica, periodista, prosista y orador extraordinario, talentoso estratega que asombró a todos con la urdimbre que armó para asegurar la discreción en las redes del Partido Revolucionario Cubano, diplomático, economista, filósofo, historiador, educador de generaciones, sociólogo, traductor excelente y crítico de arte y literatura, pero ante todo un ser humano cabal, honesto y un revolucionario íntegro que vivió y murió por la patria… polifacético hombre por el que debemos desafiar las normas y pensar y escribir en mayúsculas su nombre.

Nada humano le fue ajeno. No en balde cuando nos referimos a un tema siempre acudimos a su privilegiada palabra para fundamentar, orientar o aclarar, pues solo mencionarlo basta para que aceptemos su palabra como confirmación y aval de lo que se dice.

No creo que haya alguien en el mundo de la literatura de habla hispana que haya armonizado en sus escritos géneros y temas tan diversos por su contenido, forma, como por su intención: textos de hondura lírica como su poesía; complejos como el teatro y la novela; fustigadores y buen fundamentados, como sus discursos y artículos críticos de las realidades latinoamericanas y del resto del mundo (sobre todo en lo tocante a injusticias y desigualdades); tan imaginativos, fantasiosos, tiernos y de alto vuelo poético como los dedicados a los niños y jóvenes desde las páginas de La Edad de Oro.

Por eso creo que esas palabras suyas A los niños que lean la Edad de Oro son su declaración de principios como ser humano para la educación de los más jóvenes:

A los niños que lean “La Edad de Oro”

Para los niños es este periódico, y para las niñas, por supuesto. Sin las niñas no se puede vivir, como no puede vivir la tierra sin luz. El niño ha de trabajar, de andar, de estudiar, de ser fuerte, de ser hermoso: el niño puede hacerse hermoso aunque sea feo; un niño bueno, inteligente y aseado es siempre hermoso. Pero nunca es un niño más bello que cuando trae en sus manecitas de hombre fuerte una flor para su amiga, o cuando lleva del brazo a su hermana, para que nadie se la ofenda: el niño crece entonces, y parece un gigante: el niño nace para caballero, y la niña nace para madre. Este periódico se publica para conversar una vez al mes, como buenos amigos, con los caballeros de mañana, y con las madres de mañana; para contarles a las niñas cuentos lindos con que entretener a sus visitas y jugar con sus muñecas; y para decirles a los niños lo que deben saber para ser de veras hombres. Todo lo que quieran saber les vamos a decir, y de modo que lo entiendan bien, con palabras claras y con láminas finas. Les vamos a decir cómo está hecho el mundo: les vamos a contar todo lo que han hecho los hombres hasta ahora.

Para eso se publica La Edad de Oro: para que los niños americanos sepan como se vivía antes, y se vive hoy, en América, y en las demás tierras; y cómo se hacen tantas cosas de cristal y de hierro, y las máquinas de vapor, y los puentes colgantes, y la luz eléctrica; para que cuando el niño vea una piedra de color sepa porqué tiene colores la piedra, y que quiere decir cada color; para que el niño conozca los libros famosos donde se cuentan las batallas y las religiones de los pueblos antiguos. Les hablaremos de todo lo que se hace en los talleres, donde suceden cosas más raras e interesantes que en los cuentos de magia, y son magia de verdad, más linda que la otra: y les diremos lo que se sabe del cielo, y de lo hondo del mar y de la tierra; y les contaremos cuentos de risa y novelas de niños, para cuando hayan estudiado mucho, o jugado mucho, y quieran descansar. Para los niños trabajamos, porque los niños son los que saben querer, porque los niños son la esperanza del mundo. Y queremos que nos quieran, y nos vean como cosa de su corazón.

Cuando un niño quiera saber algo que no este en La Edad de Oro, escríbanos como si nos hubiera conocido siempre, que nosotros le contestaremos. No importa que la carta venga con faltas de ortografía. Lo que importa es que el niño quiera saber. Y si la carta está bien escrita, la publicaremos en nuestro correo con la firma al pie, para que se sepa que es niño que vale. Los niños saben más de lo que parece, y si les dijeran que escribiesen lo que saben, muy buenas cosas que escribirían. Por eso La Edad de Orova a tener cada seis meses una competencia, y el niño que le mande el trabajo mejor, que se conozca de veras que es suyo, recibirá un buen premio de libros, y diez ejemplares del número de La Edad de Oro en que se publique su composición, que será sobre cosas de su edad, para que puedan escribirla bien porque para escribir bien una cosa hay que saber de ella mucho. Así queremos que los niños de América sean: hombres que digan lo que piensan, y lo digan bien: hombres elocuentes y sinceros.

Las niñas deben saber lo mismo que los niños, para poder hablar con ellos como amigos cuando vayan creciendo; como que es una pena que el hombre tenga que salir de su casa a buscar con quien hablar, porque las mujeres de la casa no sepan contarle más que de diversiones y de modas. Pero hay cosas muy delicadas y tiernas que las niñas entienden mejor, y para ellas las escribiremos de modo que les gusten; porque La Edad de Oro tiene su mago en la casa, que le cuenta que en las almas de las niñas sucede algo parecido a lo que ven los colibríes cuando andan curioseando por entre las flores. Les diremos cosas así, como para que las leyesen los colibríes si supiesen leer. Y les diremos cómo se hace una hebra de hilo, cómo nace una violeta, cómo se fabrica una aguja, cómo tejen las viejecitas de Italia los encajes. Las niñas también pueden escribirnos sus cartas, y preguntarnos cuanto quieran saber, y mandarnos sus composiciones para la competencia cada seis meses. ¡De seguro que van a ganar las niñas!

Lo que queremos es que los niños sean felices, como los hermanitos de nuestro grabado; y que si alguna vez nos encuentra un niño de América por el mundo nos apriete mucho la mano, como a un amigo viejo, y diga donde todo el mundo lo oiga: "¡Este hombre de La Edad de Oro fue mi amigo!"

En realidad, ese hombre de La Edad de Oro ha sido el padre de los americanos, de las personas buenas y honestas, el padre de todos los cubanos, su prócer y el hombre más grande que ha dado nuestra hermosa isla.

Hoy es el aniversario del nacimiento del mejor de todos los cubanos. ¿Qué decir de Martí? Un verdadero genio político, de las letras, el más tierno y humilde de los hombres. Un verdadero paradigma de la grandeza humana. Creo que su misión fue demostrar que se puede ser sencillo y grande. Nadie ha hecho más por Cuba que él y nos dejó una obra literaria que es, sin duda alguna, la más grande de nuestro país en cualquier época. En él debe mirarse todo el que se crea talentoso, patriota u hombre de bien para convencerse de que cualquiera de nosotros está tan lejos de él como la más lejana estrella de la galaxia lo está del sol. Creo que las palabras no expresan lo que en justicia merece, así que es mejor leerlo a él. José Martí cumple hoy 163 años. Y está vivo.

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