miércoles, 2 de octubre de 2013

LOS ABUELOS SON LOS MAGOS Y HADAS DE LA FAMILIA

Abuela y nieto en el cumple de mi hijo en enero del 2013.



Ser abuela o abuelo es un estado de gracia especial. Es saber que ha llegado al universo una criatura que es dos veces nuestro hijo: hijo del hijo. Lo supe cuando mi hija trajo al mundo a mi nieto. Y sentí no poder estar más cerca de él y durante más tiempo. Solo un mes apenas después de nacido. Y en la distancia amarlo, extrañarlo y dedicarle poemas. Esos atardeceres en los que hay una campanita dentro del pecho que resuena y nos recuerda a los seres entrañables que están lejos. Ansiar verlo y escucharlo cuando empiezan a decir sus primeras palabras. Querer que nos vean y sepan que somos padres de sus padres: en mi caso, la madre de su mamá. Entonces, ponerse como una tonta a repetirles abue, abu, a ver si me dice al menos las primeras sílabas de abuela… alegrarme cuando tiende sus brazos para que lo cargue, lo lleve a ver los pajaritos que revolotean alrededor de sus nidos en el framboyán de enfrente de su casa, o me siente en el piso del portal a pasarnos la pelota… Por eso hoy descubrí este artículo en facebook, lo copié y me animé a traerlo al blog, luego de un inmenso letargo.
Por todo eso que dice este pediatra a quien no conocía hasta hoy, los abuelos somos los magos y las hadas de las familias y, casi siempre, los preferidos por los nietos.
«Los abuelos no solo cuidan de la familia extendida, aportan algo que los padres no siempre vislumbran: pertenencia e identidad. En los últimos 50 años, nuestro estilo de vida familiar cambió drásticamente como consecuencia de un nuevo sistema de producción. La inclusión de la mujer en el circuito laboral llevó a que ambos padres se ausenten del hogar por largos períodos creando como consecuencia el llamado “síndrome de la casa vacía”. El nuevo paradigma implicó que muchos niños quedaran a cargo de personas ajenas al hogar o en instituciones. Esta tercerización de la crianza se extendió y naturalizó en muchos hogares. Algunos afortunados todavía pueden contar con sus abuelos para cubrir muchas tareas: la protección, los traslados, la alimentación, el descanso y hasta las consultas médicas. Estos privilegiados chicos tienen padres de padres, y lo celebran eligiendo todos los apelativos posibles: abu, abuela/o nona/o bobe, zeide, tata, yaya/o opi, oma, baba, abue, lala, babi, o por su nombre, cuando la coquetería lo exige. Los abuelos no sólo cuidan, son el tronco de la familia extendida, la que aporta algo que los padres no siempre vislumbran: pertenencia e identidad, factores indispensables en los nuevos brotes. La mayoría de los abuelos siente adoración por sus nietos. Es fácil ver que las fotos de los hijos van siendo reemplazadas por las de estos. Con esta señal, los padres descubren dos verdades: que no están solos en la tarea, y que han entrado en su madurez. El abuelazgo constituye una forma contundente de comprender el paso del tiempo, de aceptar la edad y la esperable vejez. Lejos de apenarse, sienten al mismo tiempo otra certeza que supera a las anteriores: los nietos significan que es posible la inmortalidad. Porque al ampliar la familia, ellos prolongan los rasgos, los gestos: extienden la vida. La batalla contra la finitud no está perdida, se ilusionan. Los abuelos miran diferente. Como suelen no ver bien, usan los ojos para otras cosas. Para opinar, por ejemplo. O para recordar. Como siempre están pensando en algo, se les humedece la mirada; a veces tienen miedo de no poder decir todo lo que quieren. La mayoría tiene las manos suaves y las mueven con cuidado. Aprendieron que un abrazo enseña más que toda una biblioteca. Los abuelos tienen el tiempo que se les perdió a los padres; de alguna manera pudieron recuperarlo. Leen libros sin apuro o cuentan historias de cuando ellos eran chicos. Con cada palabra, las raíces se hacen más profundas; la identidad, más probable. Los abuelos construyen infancias, en silencio y cada día. Son incomparables cómplices de secretos. Malcrían profesionalmente porque no tienen que dar cuenta a nadie de sus actos. Consideran, con autoridad, que la memoria es la capacidad de olvidar algunas cosas. Por eso no recuerdan que las mismas gracias de sus nietos las hicieron sus hijos. Pero entonces, no las veían, de tan preocupados que estaban por educarlos. Algunos todavía saben jugar a cosas que no se enchufan. Son personas expertas en disolver angustias cuando, por una discusión de los padres, el niño siente que el mundo se derrumba. La comida que ellos sirven es la más rica; incluso la comprada. Los abuelos huelen siempre a abuelo. No es por el perfume que usan, ellos son así. ¿O no recordamos su aroma para siempre? Los chicos que tienen abuelos están mucho más cerca de la felicidad. Los que los tienen lejos, deberían procurarse uno (siempre hay buena gente disponible). FINALMENTE Y PARA QUE SEPAN LOS DESCREÍDOS: LOS ABUELOS NUNCA MUEREN, SOLO SE HACEN INVISIBLES».

(Enrique Orschanski. 19/01/2013).

Enrique Orschanski es un pediatra cordobés muy reconocido, y éste es un artículo que publicó en uno de los diarios de Córdoba.
Publicar un comentario

LinkWithin