martes, 30 de mayo de 2017

Y SI NO DESPERTARA…



Luego de una muy triste noticia recibida la semana pasada, por inesperada aún más angustiosa, he estado los últimos días pensando más que otras veces acerca de la fragilidad de la vida humana. Nadie sabe hasta cuándo estaremos vivos. Ni siquiera imaginamos cuándo ocurrirá, aunque hay personas que, por padecer alguna enfermedad, la esperan con un poco más de certidumbre. No se sabe cuando la tercera parca cortará el sensible hilo que nos mantiene unidos a la vida. 
Para estar más cerca de los celtas, en gaélico irlandés expresaríamos:

Bás chomh cinnte a bhuachan a thugann dúinn sochar feadh an tsaoil.
En español: La muerte está tan segura de su victoria que te da una vida de ventaja.

Solo que muchas veces la noticia llega, te abofetea y sigue su viaje al infinito, sin dejarte respirar y sin tiempo para adaptarte a que no volverás a escuchar esa voz, que nadie responderá tus mensajes y que las conversaciones con esa persona solo podrán ser en la imaginación, o en sueños, que son la misma cosa. Como me sucedió con Pedro Assef, o con Ricardo.
La muerte es un silencio pequeño en el amor, dijo Assef, y creo que no es un silencio, es un grito angustiado y desgarrador cuando sentimos que personas tan queridas parten a otra dimensión y se alejan sus versos, sus risas, sus cercanas y necesarias voces.
Por eso hoy, cuando recibí esta carta de mi amiga Celima sentí que había llegado el momento que espero hace días para extrañar desde las palabras a un querido amigo que ha partido, sin que pudiéramos despedirnos, sin que la última vez que hablamos supiéramos que era la última, y porque también pensé que por ley natural de la vida en algún momento partiría yo primero, porque era muy joven.
Busco la frase exacta y encuentro lo que otras veces he escuchado:

“Aquellos a quienes los dioses aman mueren jóvenes”. Refieren en La Prensa que es una sentencia de Menandro, autor griego de comedias del siglo III antes de Cristo. Mientras que Plauto, también autor teatral, pero latino, expresó igualmente que “aquel a quien los dioses favorecen muere joven, mientras goza de salud y conserva sus sentidos y su juicio sanos”.

Pero he aquí la hermosa carta que enviara mi amiga, de una persona que está en esa edad de la vida en la que puede ocurrir que nos visite la muerte estando vivos, porque perder la memoria y nuestros recuerdos, es también morir un poco, aunque se respire.

Querida: 
Te escribo ahora, mientras duermes, por si mañana ya no fuera yo el que amanece a tu lado. 
En estos viajes de ida y vuelta cada vez paso más tiempo al otro lado y en uno de ellos, ¿quién sabe?, temo que ya no habrá regreso. 
Por si mañana ya no soy capaz de entender esto que me ocurre. Por si mañana ya no puedo decirte cómo admiro y valoro tu entereza, este empeño tuyo por estar a mi lado, tratando de hacerme feliz a pesar de todo, como siempre. 
Por si mañana ya no fuera consciente de lo que haces. Cuando colocas papelitos en cada puerta para que no confunda la cocina con el baño; cuando consigues que acabemos riéndonos después de ponerme los zapatos sin calcetines; cuando te empeñas en mantener viva la conversación aunque yo me pierda en cada frase; cuando te acercas disimuladamente y me susurras al oído el nombre de uno de nuestros nietos; cuando respondes con ternura a estos arranques míos de ira que me asaltan, como si algo en mi interior se rebelara contra este destino que me atrapa. 
Por esas y por tantas cosas. Por si mañana no recuerdo tu nombre, o el mío. 
Por si mañana ya no pudiera darte las gracias. Por si mañana, Julia, no fuera capaz de decirte, aunque sea una última vez, que te quiero. 
Tuyo siempre, 

T.A.M.

viernes, 28 de abril de 2017

LA ISLA DE LOS PÁJAROS





¿Será posible que haya una isla solo habitada por pájaros? Pelícanos, cotorras, tijeretas, gaviotas...
Cuando la maestra dijo que ese fin de semana irían de excursión a Los Haitises, Talía y Lili no podían creerlo. ¡Podrían conocer a un solenodonte, a una jutía, ver a un manatí y reírse de la conversación de un montón de cotorras!
—Y veremos pelícanos y  flamencos —exclamó Carlos Alberto.
Buscaron en el libro y le preguntaron a la maestra cómo se llamaba esa roca enorme en medio del mar, que se veía verde por los árboles.
—Ese es el Cayo de los Pájaros —les respondió ella.
—¡Fuiiiiiiiii! —silbó Diego, mientras los demás se quedaban con la boca abierta—: ¿Hay un cayo solo de los pájaros?
Entonces aprendieron que se llama así porque todo el tiempo los pájaros vuelan por encima de ese islote, sobre todo los pelícanos. Y aunque en Los Haitises hay manglares, árboles grandes como los copeys, higueras o almendros y muchas especies de aves, tortugas marinas y ¡hasta lechuzas!, la mayor cantidad de especies son de pájaros.
Ella sonrió al ver a las niñas y los niños alborotados, enseñándose unos a otros las láminas del parque, preguntando por los animales.
—¡Aquí se ven delfines! ¡Y un manatí!
La maestra les dijo que el manatí y el solenodonte están en peligro de extinción, lo que quiere decir que ya quedan pocos, que están amenazados con desaparecer, por la caza de los hombres. Les habló sobre las cuevas donde hay pinturas de los taínos, como en las cuevas de la Reyna y de la Línea.
—Maestra, ¿podremos entrar a una cueva? —preguntó Sofía.
Claro, respondieron a coro. Y Diego dijo que en ellas no solo vivieron los taínos, sino que se escondían los piratas, cuando navegaban por el Mar Caribe. Maribí, que es una miedosa, empezó a temblar:
—¡Qué miedo! ¿Y si nos secuestran los piratas? Como ese fantasma que sale en Los piratas del Caribe, la película, que tiene una barba como un pulpo?
Los otros amigos se rieron de ella, pero la maestra les pidió silencio.
Les preguntó entonces si sabían por qué habían declarado Los Haitises como Parque Nacional. La respuesta de Yasmín era la de todos:
—Porque debemos cuidar la vida, maestra. La de las personas, las plantas y los animales.

Y el burlón de Luis le puso en la cabeza un pelícano de papel que había recortado, mientras salía caminando moviendo los brazos como si él mismo fuera un pelícano...bueno, en realidad una gaviota, que son las que planean con sus alas cuando vuelan sobre el mar.

martes, 11 de abril de 2017

CUANDO YO SEA GRANDE




Hay una palabra muy misteriosa. Algunas personas lo tienen a veces, a otras, les falta; en ocasiones está bien y en otras está mal. A veces corre, otras veces vuela, pero también puede ser lento. A lo mejor ya alguno de ustedes habrá adivinado que es la palabra tiempo. Piensen un poquito nada más en estas frases: No hay tiempo; Cuando tenga tiempo; Me falta tiempo para eso; ¡Ay, si tuviera tiempo! El tiempo vuela. ¡Cómo corre el tiempo!... Ufff, una lista interminable.
En el aula se ha hablado del tiempo y la maestra nos explica qué es el calendario para que aprendamos a señalar las fechas y buscar nuestro cumpleaños.
Miro las filas de los números debajo de cada letra. ¡El tiempo es mago! Convierte los días en una sola letra mayúscula: el lunes es la L, el martes, la M y así, los demás. Nada más que los meses conservan su nombre completo. He estado pensando: si vemos un mes, ese cuadrado lleno de números parece mucho tiempo y el año, ni hablar, porque tiene 12 de esos cuadrados, pero en la vida de verdad los días pasan volando. Me acuerdo del cumpleaños de mi amiga Olivia cuando cumplió cinco. Las dos cumplimos cinco años juntas. Nos celebraron la fiesta y todos, nosotras y los invitados, fuimos disfrazados. Dentro de una semana ella y yo cumplimos seis. ¿Tan rápido? Lo sé, el tiempo pasa rápido. Me imagino que en cualquier momento tendré el cabello blanco y necesitaré un bastón para apoyarme, al caminar, como mi bisabuela. Pensé que, muy pronto, seré grande. ¿Qué haré cuando sea grande?
A veces quiero ser periodista para escribir sobre todo lo que pasa en el mundo; otras, quisiera ser veterinaria, para curar a los perritos abandonados que veo en la calle, abandonados y enfermos… Pero sería veterinaria de perros y gatos. Ah, puede ser que cure también a los lagartos, que me gusta verlos como sacan su pañuelo al sol. Pero nada de curar vacas o leones, ¡ni elefantes! Qué va, pienso que son tan grandes que me pueden aplastar, sobre todo la vaca y el elefante.
Creo que tendré tiempo para pensar qué estudiaré. Ya sé lo que quieren estudiar algunos amigos. Diego quiere ser fotógrafo; Ana Carla, será nadadora; Osvaldo, bombero y Olivia, pintora. Sandor será escritor; Claudia quiere ser bailarina y Ernesto, cosmonauta.
No creo que sea difícil ser lo que queremos, pero sobre todo quiero que, cuando seamos grandes, sigamos siendo amigos.

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