viernes, 23 de marzo de 2012

EL FINAL DEL BAILE

La Cenicienta
(http://www.cinetecanacional.net

El reino puede caber en un zapato, viajar incluso a bordo de una calabaza tirada por ratones, pero no se puede olvidar nunca el principio.
El principio es el trabajo, la paciencia al tolerar adversidades y hacer amigos que compartan el pan y los desvelos. El principio es la ceniza de la chimenea y escoger uno a uno los guisantes de la suerte: el esfuerzo por guardar el corazón de las tormentas y procurarle un nido aquí, dentro del pecho, alejado de las mezquindades. 
Al final todos tenemos el baile, la escalera y el zapato. Sin dudas cada quien tiene su propia medianoche esperando por las campanadas. Pero el baile es otro disfraz de aquel principio. Nadie puede saber donde terminan las historias.

ALGUNA VEZ LEÍ SOBRE PENÉLOPE


Penélope tejiendo el tapiz

La espera es una de las artes del amor. Los dioses a veces intentan cerrar los caminos a través de las tierras y los mares, pero la amante espera una señal mientras desteje el tapiz de las urgencias.
No es necesario construir un lecho en el tronco del olivo para sostener la espera. Cuando la paz del mundo asoma en tu mirada no cuentan las borrascas. ¿Qué pueden hacer los días contra el embrujo de la ternura?
La soledad tiende sus puentes más allá de la memoria y llega al verde calmo de tus ojos. Después de naufragar en esos ojos, nada puede el dolor contra tu ausencia.
Miro cómo las velas engullen las distancias y te espero. El silencio lastima un poco mis oídos, pero aún así te espero.
Recuerda, la espera es una de las artes del amor. Cuando se trata de un arte y un amor, todo es posible.

jueves, 22 de marzo de 2012

PAPEL DE AMIGA ( De Talía y sus papeles)






(http://lanuevanani.blogspot.com/2011/02/amigas.html

Ese día se juntaron todas las cosas malas en la casa de Maribí (así le dicen a mi amiga que se llama María Beatriz). Y si no, digan ustedes mismos: la maestra fue a darle quejas a su mamá porque no había hecho la tarea, su papá y su mamá discutieron por no se qué de un creyón de labios en un pañuelo, y el papá salió enfurecido, sin despedirse de ella y, por último, se perdió el gato arrabalero al que ella llama Chulo. Yo, que iba a estudiar a su casa, me encontré aquel lugar como el aula después de un día sin maestra: los muebles y la cabeza de Maribí patas arriba así que, aunque no le había dicho nada a mi mamá, la invité para venir a mi casa. Su mamá, medio llorosa, le dijo que sí y vinimos para acá. Lo único malo que cuando llegamos me di cuenta que la llave se había perdido y no podíamos entrar.

Yo, que me he estado entrenando para ser saltadora en un futuro, le dije a Maribí: “No te preocupes, ahora salto por la cerca del patio.” Es verdad que ella no quería brincar, pero como la puerta de la cocina estaba cerrada y no podía entrar en la casa, regresé a la cerca para que saltara y me acompañara.

No fue fácil convencerla, porque se me olvidó decirles que Maribí es muy miedosa. Le tiene miedo a las ranas, a las lagartijas, a las arañas y a las cucarachas, por decir nada más los animales más chiquitos, porque se pone a temblar si ve un perro, una gallina o el rinoceronte del zoológico. ¡Qué manera de tener miedo! A mí me parece que ella recogió todos los miedos de su familia. Pero le gustan los gatos: así sean negros, carmelitas o esos blancos de ojos azules.

¿Por dónde iba? Ah, sí. Por la cerca. Al fin la convencí de que la brincara y entonces pasó el accidente. Ella tiene un pelo largo, largo, y crespo. Por esas dos cosas fue que se le enredó en los pinchos y no pudo saltar. Se quedó en el aire, colgando, a un pedazo de llegar a la tierra. Primero me asusté, pero luego vi que Maribí no iba a llegar al suelo. Aunque, por muy flaquita que sea, ella pesa más que el pelo y podía caerse. Busqué una caja de madera y la puse por el lado más alto,  para que le llegara hasta los pies. Se pudo apoyar y, como lloraba tanto, me quedé al lado de ella, hasta que llegara mi mamá. No sé cuantas horas se demoró mami, pero me dio tiempo a cantar todas las canciones que me sé (y repetí la del espantapájaros, pues le gusta mucho) y hasta le hice tres cuentos del libro que me trajo tía el día de mi cumpleaños.

¡Pobre Maribí! Ese día para ella fue malo, malísimo. Por suerte, tiene una amiga, yo, que no la dejé sola en la cerca. La acompañé todo el tiempo. Mami me dijo, “Claro, si fue tu culpa, por andar inventando eso de saltar cercas, como un marimacho.” Total, no le hice caso. Yo me quedé allí porque quería estar con ella, no por eso de la culpa. Pensándolo bien, si por tener uno la culpa, ayuda a las personas, entonces esa culpa no debe ser tan mala.




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