miércoles, 31 de agosto de 2016

MI TIA CHACHA Y EL VIKINGO DE NUNCA JAMÁS



La fecha de hoy 31 de agosto me trae uno de mis más tristes recuerdos y por otra parte, es el día en que nació un poeta de verbo claro y luminosa presencia.
Pienso que siempre debemos celebrar la vida y pensar en quienes se han marchado con la alegría y el amor que nos entregaron en vida. Ese es el caso de mi tía Chacha, que fue otra madre y, a falta de mi abuela (por perderla siendo una niña), ella y mi tío el Niño eran mi evocación de la casa familiar de Yaguajay en la calle Zayas, cerca del río, de la línea del tren por donde pasaba el mítico gascar que iba a Seibabo, donde también vivía una parte de la familia materna. Siempre digo que voy a escribir esas historias y las voy apartando, pero debo escribirlas para que mi mamá las revise y se divierta con esos recuerdos que fueron sus historias desde muy pequeños. 
La vida ha querido que siempre las personas entrañables vayan unidas en mi recuerdo, por el día o por el mes en que llegaron o se fueron de mi vida.
Por eso esta breve nota, más que entrada o publicación es mi manera íntima y personal de decirle al Universo que el 31 de agosto hay dos seres especiales que bailan en mi corazón y me hacen darle gracias a la vida por conocer, compartir y amar a esas dos personas extraordinarias.
Gracias, mi querido José Manuel Espino, por hacer de la poesía una forma de vida y amistad y permitir compartirla contigo y esa hermosa madre a quien recuerdo siempre sonriendo.
Gracias, mi adorada tía Chachita, por todo el amor que siempre me diste, por tu lección de humildad y ternura hasta el último aliento de tu vida. Por esa manera especial de estar presente en mis hijos, en mi vida, en la que siempre estarás mientras yo respire. Acudes a mis sueños con tu sonrisa de niña pícara, tus adornos y ese exquisito gusto para vestirte y arreglarte que te hacía parecer una princesa.
Si leyera ahora las cartas, aquellas que tan originalmente leías, te diría que eres la persona que llegó de un pueblo pequeño y se instaló en ese pedacito tibio y acogedor que es mi alma para jamás abandonarla.

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