lunes, 18 de enero de 2016

RUBÉN DARÍO Y LA PRINCESA TRISTE



Hay quien relaciona el nombre de este poeta con los cisnes; yo, jamás dejaré de vincularlo con la princesa triste de la boca de fresa y, para reforzar los recuerdos de las clases aquellas de Literatura (las que nos hicieron buscar dónde estaba Ormuz o Golconda, qué era hipsipila y el azor), ahora existe la canción de Sabina que la menciona.          https://www.youtube.com/watch?v=PmOsNNzYU8Y

Actualidades aparte, lo real es que Rubén Darío es el máximo exponente del Modernismo en Hispanoamérica, no solo porque la obra que marca el surgimiento del movimiento literario modernista es Azul, que trascendería a la historia de la literatura (poesía) hispanoamericana de forma impactante y traería a América el protagonismo de este movimiento en la lengua española.

Los teóricos definieron al movimiento modernista como el que se desarrolló aproximadamente entre 1880 y 1920, el cual nació y floreció esencialmente en el género poético, caracterizándose por la renovación del lenguaje, la rima y la métrica, la rebeldía y el refinamiento, la sonoridad de los versos, el uso de neologismos y arcaísmos, el preciosismo en el léxico, la nostalgia por los tiempos idos y la creación de situaciones relacionadas con personajes fantásticos como hadas, gnomos, ninfas, etc. Creo que lo más relevante es la intención (y materialización) de la ruptura temática y formal, así como la perfección de esta última.

Se dice que sus precursores fueron José Martí, Manuel Gutiérrez Nájera, José Asunción Silva y Julián del Casal, y sus principales representantes Rubén Darío, Salvador Díaz Mirón, Leopoldo Lugones, Amado Nervo y José Santos Chocano, aunque hay otros muchos nombres asociados a la creación modernista.

También, como con los demás movimientos conceptualizados en el arte y la literatura, supone más una actitud ante la vida que se traduce en la forma de crear. Coincidiendo con los años de final y principio de siglo, encarna o expresa la crisis espiritual que sociológicamente se produjo en esta etapa.
Los modernistas fueron exquisitos, transgresores y atrevidos, herederos de la tradición post-romántica, renovándola e imprimiendo bríos nuevos a los temas que siguieron acaparando su atención como el amor, la muerte, la religión, los lugares exóticos y el misterio, regodeándose aún con la melancolía, el hastío de la vida y la angustia romántica.
Los aportes de Rubén Darío al Modernismo se hallan precisamente en el aspecto formal de su obra y en el sentido simbólico de esta, profundamente filosófico; la renovación de la métrica, escribiendo versos de nueve, doce o catorce sílabas (ya entonces en desuso); el apego a los cánones que definieron el movimiento y lo identificaron, conjuntamente con la grandilocuencia lingüística y el preciosismo.
Su papel fue fundamental en el logro de impulsar «a la vez una literatura orientada a definir la identidad cultural latinoamericana a través de su producción textual», según Francisco Solares-Larrave.
Sus muchos detractores miran el adorno inmisericorde de la palabra, el rebuscamiento y exhibición de recursos léxicos que consideran obsoletos o inoperantes. Pero es genial la rima de sus poemas, esa cadencia que va desgranando las palabras sin que nada falte ni sobre, puro ritmo, la hondura lírica y la dignidad a la cual elevó la poesía escrita por autores nacidos de este lado del mundo hispano… y quien no crea lo que digo, que lea su historia de la princesa de la boca de fresa.


Sonatina

La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa? 
Los suspiros se escapan de su boca de fresa, 
que ha perdido la risa, que ha perdido el color. 
La princesa está pálida en su silla de oro, 
está mudo el teclado de su clave sonoro, 
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor. 

El jardín puebla el triunfo de los pavos reales. 
Parlanchina, la dueña dice cosas banales, 
y vestido de rojo piruetea el bufón. 
La princesa no ríe, la princesa no siente; 
la princesa persigue por el cielo de Oriente 
la libélula vaga de una vaga ilusión. 

¿Piensa, acaso, en el príncipe de Golconda o de China, 
o en el que ha detenido su carroza argentina 
para ver de sus ojos la dulzura de luz? 
¿O en el rey de las islas de las rosas fragantes, 
o en el que es soberano de los claros diamantes, 
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz? 

¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa 
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa, 
tener alas ligeras, bajo el cielo volar; 
ir al sol por la escala luminosa de un rayo, 
saludar a los lirios con los versos de mayo 
o perderse en el viento sobre el trueno del mar. 

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata, 
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata, 
ni los cisnes unánimes en el lago de azur. 
Y están tristes las flores por la flor de la corte, 
los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte, 
de Occidente las dalias y las rosas del Sur. 

¡Pobrecita princesa de los ojos azules! 
Está presa en sus oros, está presa en sus tules, 
en la jaula de mármol del palacio real; 
el palacio soberbio que vigilan los guardas, 
que custodian cien negros con sus cien alabardas, 
un lebrel que no duerme y un dragón colosal. 

¡Oh, quién fuera hipsipila que dejó la crisálida! 
(La princesa está triste. La princesa está pálida.) 
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil! 
¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe, 
(La princesa está pálida. La princesa está triste.) 
más brillante que el alba, más hermoso que abril! 

-«Calla, calla, princesa -dice el hada madrina-; 
en caballo, con alas, hacia acá se encamina, 
en el cinto la espada y en la mano el azor, 
el feliz caballero que te adora sin verte, 
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte, 
a encenderte los labios con un beso de amor».
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