viernes, 19 de septiembre de 2014

MIRTHA EN EL BOLSILLO DE LA ADOLESCENCIA CUBANA, por Alina iglesias Regueira




Cuando las luces se apagan, voy al encuentro de la noche. No siempre ha sido así. Antes me quedaba tranquila en la cama, escuchando las voces del sueño a mi alrededor (…) Ahora me escurro sin hacer ruido, bajo las escaleras y miro desde el descanso para ver si descubro al profesor de guardia.

Un encuentro fortuito entre adolescentes de distinto sexo dispara los sentidos entre ellos y… también los del lector. La intriga comienza desde el primer capítulo, asegurando la fidelidad del lector hasta el final. Pero no, no pensemos en una relación amorosa pasional y tremebunda: ambos jóvenes eligen la noche como lugar de encuentro, sí: ella, porque es una soñadora y desea ser escritora; y él, él quiere ser astrónomo. Se bautizan con los simbólicos sobrenombres de Luna y Merlín, y deciden seguir el juego hasta ver adónde llegan, sin merma del respeto, como dos entes sin cuerpo a quienes une la noche. Simplemente la noche.

Así se inicia La noche en el bolsillo, una tierna y amena novela para adolescentes creada por Mirtha González Gutiérrez, en la cual afloran los recuerdos de una beca de preuniversitario ―típica del periodo entre los años 1975 y 1985― y los momentos más intensamente vividos de una etapa que, al parecer, no volverá a reeditarse entre los jóvenes cubanos de hoy. Pero… Amanda está en séptimo grado. Tiene doce años ―casi trece― y se lo leyó de un tirón: “–Mami, se lo voy a decir a todos en el grupo para que se lo lean. ¡Está precioso! ¡Léelo tú, anda!”

Así sucede, porque La noche en el bolsillo, recién presentada en la Feria Internacional del Libro, es una obra para la adolescencia de todas las épocas; tiene esa pureza que persiste en la añoranza de la experiencia. Evoca textos tan bien recibidos en aquellos pasados años como La Única, de Clara Jarunková, Dingo, historia de un primer amor, de Ruvim Fraerman, La cinta blanca en tus cabellos, y muchas otras deliciosas novelas para muchachas y muchachos, venidas de países del este europeo o de autores soviéticos y dedicadas a aquellas personitas que comenzábamos a sentir las primeras vivencias del amor de pareja.

La novela se estructura en doce partes ―o “noches”― en las cuales los protagonistas se encuentran ―amén de exámenes, caminatas, desmayos y otros sucesos imprevistos―, en un terreno contiguo a los albergues, para contemplar el cielo y conversar. Sí, porque esta obra ofrece un ejemplo divino a algunos jóvenes actuales que sustituyen la comunicación verbal y humana por modernas conexiones con máquinas, eludiendo la relación personal más primitiva y, a la vez, funcional y superior, al cultivar la espiritualidad. Esta es la excelente propuesta de Mirtha: recuperar ese terreno perdido, volver al rito, retornar al regodeo verbal ―sin cursilerías ni ridiculeces― para hallar, de una manera más completa, la primera ilusión del amor.

Ya al final, la autora ofrece los puntos cardinales de su obra, extraídos de la más cercana realidad, aquella que lleva bajo su piel de adulta. Una adulta que nunca ha dejado de soñar, pues ha publicado varios cuentos para los más chicos, como el tan gustado Peruso y La ciudad de los recortes, entre otros como Talía y sus papeles, Los cuentos de Peque y La niña que salió a buscar un cuento.

Pero el libro que ocupa no es, en modo alguno, una novela rosa: entre los acontecimientos narrados y descritos hay encuentros desafortunados con pandillas escolares, delincuentes mayores que cobran a los menores por taladrar partes de su cuerpo, para estar a la moda con aretes y tatuajes, y toda clase de sucesos penosos y negativos que sabemos riesgosos y presentes en nuestra becas estudiantiles de hoy. Así, la autora proyecta su propia experiencia hacia el presente y la recontextualiza, quizás imbuida de vivencias actuales de conocidos suyos.

La original edición de la obra es de Gretel Ávila Hechavarría, y combina disímiles tipografías para diferenciar los segmentos de pensamiento o discurso interior de aquellos de anécdotas, narrados por los dos personajes, pero siempre en primera persona, cual un diario a cuatro manos. El diseño corresponde a María Elena Circard Quintana y la composición es de Marla Albo Quintana. Merece un aparte, sin dudas, la cubierta de Abenamar Bauta Delgado, donde los azules índigos de la noche se mezclan con tonos marinos típicos de las profundidades oceánicas, para matizar la esencia de esta niña-mujer que narra la historia, quien es representada con mirada soñadora pero firme, agarrando a la Luna como el globo de sus sueños de futuro, inmersa en un entorno estrellado que penetra su propio cuerpo.

La noche en el bolsillo, perteneciente al apartado Primavera de la colección Juvenil de Gente Nueva, espera por las manos y los ojos vibrantes de esos adolescentes que aún no lo han leído; pues muchos otros son ya los que, sin duda, tienen la novela entre sus lecturas preferidas.


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