martes, 5 de febrero de 2013

CAMILA CUMPLE QUINCE AÑOS



Hoy mi sobrina Camila cumple 15 años. Mis sobrinos son también mis hijos, pues siempre han estado muy cerca de mí. Tengo ocho sobrinos: cinco varones y tres hembras. Pudiera decir muchachos y muchachas, pues excepto Cristian, que es el más pequeño, ya los demás tienen a partir de hoy, más de quince años.
Guardo muchos recuerdos entrañables de mis sobrinos. Los dos primeros nacieron cuando aún era una joven estudiante de preuniversitario y ya me han hecho tía abuela. Así que sigue siendo la nuestra una familia numerosa.
En Cuba, desde que era niña yo y desde mucho antes, existía la costumbre de celebrar la fiesta de los quince años de las muchachas, costumbre establecida por la burguesía y que constituía la presentación de las muchachas en sociedad, como una especie de anuncio a los efectos de que entraran en la vida social y en el mercado del matrimonio, pues las personas adineradas arreglaban muchas veces los matrimonios de sus descendientes, al estilo de la monarquía europea.
En el año 1959, con el cambio de sistema social, la mayoría (por no decir que todas) las familias acaudaladas emigraron del país, pero la costumbre se mantuvo. Quizás porque estaba muy arraigada, quizás porque ya había alcanzado el estatus de rito.
Cuando cumplí quince años, se usaba que las quinceañeras celebraran una fiesta en la que se bailaba un vals (de los clásicos, por supuesto), donde la pareja de la homenajeada era su novio, si lo tenía, o alguien de su familia. Era toda una representación: la muchacha salía al salón del brazo de su padre, y este la entregaba al joven que danzaría con ella. Normalmente la acompañaban catorce parejas de muchachas y muchachos.
Para mi fiesta, celebrada a instancias de mi padre en un salón de La Polar, no quise las quince parejas, pues era un proceso engorroso: seleccionar las parejas, ensayar, alquilar los trajes largos que se llevarían, en fin. Así que ese día de la celebración me rasuré las piernas por primera vez (se esperaba hasta esa fecha para hacerlo), me arreglé las cejas, maquillé e hice un peinado alto. Mi padre me sacó casi caminando (no sabía bailar) y bailé con mi hermano Tavito el famoso vals Danubio Azul. Aún conservo las fotos, que en algún momento escanearé e insertaré en este texto como testimonio gráfico del evento. Me encanta verlas y ver a mis padres tan jóvenes, a mis hermanos y primos muy chicos, amigos de la época, en fin.
Pero de aquella época, me queda el buen recuerdo de las fiestas de quince donde bailaba como una de las parejas de las quinceañeras. Lo mejor eran los ensayos. Recuerdo que cerca de mi casa había una sala de entrenamiento de boxeo y era allí donde se ensayaba por las noches. Podía ser dos o tres veces a la semana, meses antes del cumpleaños. Ya al acercarse la fecha eran diarios.
Nos divertíamos mucho. Había coreógrafos reconocidos en el barrio, que se dedicaban a esa tarea exclusivamente o la simultaneaban con otro trabajo. Porque cada quien deseaba una coreografía exclusiva, así que se elegía con cuidado a la persona que “montaría” los quince.
Primero ensayábamos la coreografía del vals y después, por lo general, había un cambio del traje por ropa a la moda y se bailaba una rueda de casino. Con música de los Van Van, ¡por supuesto!, que a finales de los setenta estaban en el apogeo de su gloria, aunque la han mantenido siempre, dentro y fuera de Cuba.
Es una lástima que no tenga recuerdos gráficos de las fiestas de quince con parejas. Seguro habrá quienes conservan las suyas. Fue una época mágica y que disfrutamos muy sanamente todos.
Cuando mi hija cumplió sus quince años, la usanza era hacer la fiesta sin las parejas y tomarse fotos más bien artísticas, en casas preparadas para ese fin o en lugares atractivos. Vivíamos en Cienfuegos. Cuando entonces. Celebramos una fiesta con sus amigos en un restaurante llamado Sueños de Juventud, donde el administrador era amigo nuestro (Vitico) y ella se divirtió muchísimo.
Quiso tomarse las fotos en la Habana Vieja y guarda un precioso álbum con esas fotos, en las que aparece con trajes que la hacen aparecer como una dama del siglo XIX cubano, y mi hermano Carlos grabó un video con el proceso entero, ya que fue un suceso familiar. Estaba mi hermana Valia, con Aiara, (venidas desde España para el acontecimiento), mi hermana Elvira (como directora artística), Carlos mi hermano, (camarógrafo), los padres de la quinceañera, su hermano Alejandro y demás primos y tíos.
Cuando mi sobrina Any cumplió los suyos, además de una preciosa fiesta, tiene unas fotos espectaculares, pues ella es hermosa, igual que todas las mujeres de la familia, pero tiene una gracia especial y la encuentran parecida a mi. 
Aiara, mi otra sobrina, es un sol, como una modelo, y no pudimos estar junto a ella el día de sus quince, el pasado año. Pero mi mamá sí estuvo. Como vive en España, no tienen esas costumbres de Cuba. Pero los celebró luego con un paseo por la Alhambra, en Andalucía.
Todo eso me lo ha recordado hoy el cumple de mi sobrina: cumple quince años y estaré lejos de ella. Solo estará con su familia más cercana: padres y hermanos, y una de sus tías, Magaly, que también vive cerca de ellos.
Pero la distancia no será motivo de tristeza. La veré en mi mente bailando un vals vienés (quizás no Danubio azul, que es emblemático, pero tal vez Rosas del sur) y con esa sonrisa tierna y dulce, a quien siempre recuerdo, junto con Aiara, como una de mis más fieles lectoras y a quien dedico estas tiernas palabras que escribiera José Martí a su querida María Mantilla, de modo que le sirvan de guía en los años por venir, con todo mi amor:
«Donde yo encuentro poesía mayor es en los libros de ciencia, en la vida del mundo, en el orden del mundo, en el fondo del mar, en la verdad y música del árbol, y su fuerza y amores, en lo alto del cielo, con sus familias de estrellas, y en la unidad del universo, que encierra tantas cosas diferentes, y es todo uno, y reposa en la luz de la noche del trabajo productivo del día. Es hermoso, asomarse a un colgadizo, y ver vivir al mundo: verlo nacer, crecer, cambiar, mejorar, y aprender en esa majestad continua el gusto de la verdad, y el desdén de la riqueza y la soberbia a que se sacrifica, y lo sacrifica todo, la gente inferior e inútil. Es como la elegancia, mi María, que está en el buen gusto, y no en el costo. La elegancia del vestido, la grande y verdadera, está en la altivez y fortaleza del alma. Un alma honrada, inteligente y libre, da al cuerpo más elegancia, y más poderío a la mujer, que las modas más ricas de las tiendas. Mucha tienda, poca alma. Quien tiene mucho adentro, necesita poco afuera. Quien lleva mucho afuera, tiene poco adentro, y quiere disimular lo poco. Quien siente su belleza, la belleza interior, no busca afuera belleza prestada: se sabe hermosa, y la belleza hecha echa luz. Procurará mostrarse alegre, y agradable a los ojos, porque es deber humano causar placer en vez de pena, y quien conoce la belleza la respeta y cuida en los demás y en sí. Pero no pondrá en un jarrón de China un jazmín: pondrá el jazmín, solo y ligero, en un cristal de agua clara. Esa es la elegancia verdadera: que el vaso no sea más que la flor. Y esa naturalidad, y verdadero modo de vivir, con piedad para los vanos y pomposos, se aprende con encanto en la historia de las criaturas de la tierra».
                                                                                                                                             José Martí


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