viernes, 12 de octubre de 2012

NOCHE SÉPTIMA (La noche en el bolsillo)

("Terraza del café de la Place du Forum en Arlés por la noche", Vincent Van Gogh)



Por suerte, todo salió bien en el matutino. Nadie sospechó y Estela me llevó a la enfermería, donde unas gárgaras milagrosas me devolvieron la voz. Ahora estamos en el aula; es la hora del autoestudio y aprovecho para estudiar Física con Gilberto. Él me habla de energía cinética y yo le miro las uñas, comidas casi hasta la cutícula.
—¿No te duele? —le pregunto cuando le aprieto el pedazo de piel donde debía tener uña.
Dice que no, pero aparta los dedos para que no se los toque. Estela me está mirando y me hace una mueca desde la esquina del aula. En eso llega Mieres (yo no le hablo, porque es un gallina: el otro día le gritamos un nombrete y me cogió por las muñecas con una fuerza, que si no llega a ser porque viene Maykel, creo que me abofetea) y le pregunta algo a Gilberto. Me levanto y los dejo. Si Gilber se entera de lo que me hizo, lo mata. Voy a ver a Estela.
—¿Qué me quieres decir?
—Niña, que ya no sé si eres boba o te haces. Con las manos de Gilberto cogidas, hablándole bajito, no sé. Mira, cualquiera piensa que se están enamorando aquí en el aula.
—Estela,  ¿desde cuándo te importa lo que diga la gente? Además, ni tengo novio…
No me deja terminar.
—…no tienes novio, pero existe Merlín. ¡Ah! y Juan Carlos —mira a todos lados—, que por suerte no está aquí.
—Juanca no se pone celoso.
—No te lo dice, que es distinto, pero se pone color púrpura cuando estás en los jueguitos con Gilberto.
—¡Pero si Gilberto es mi amigo!
—¿Y tú, eh? ¿También serás “su amiga”? Que yo he visto cómo te mira.
Ahora sí, lo que faltaba.
—Estela, estás hecha una vieja chismosa, por favor.
Va a responder, un poco brava, y de pronto, se echa a reír.
—¿Tú crees que una pueda tener arteriosclerosis a los diecisiete? Porque es verdad, ni yo misma me soporto.
—Debe ser la luna. En estos días hay luna llena, ya sabes, los locos están de vena.
Me deja con la palabra en la boca y se va con Esperanza. Veo que Mieres se ha ido y vuelvo al asiento de Gilberto.
—¿Te pasó algo con Mieres? —me pregunta él.
—¿Qué me va a pasar? ¿Por qué lo preguntas?
—Porque te miró así, raro,  y no te saludó. Si te dice algo me avisas, que le entro a puñetazos.
—¿Ves lo que te digo? Para ti, todo se arregla con los puños. Voy a tener que dejar de hablar con ustedes. Contigo y con Juan Carlos. Es una violencia permanente. Sabes que eso no me gusta.
Me quita el pelo de la cara y me acaricia la cabeza.
—Es que eres mi hermanita. Si nada más me imagino que alguien te habla en mala forma o te va a hacer una mala acción, me enciendo sin fósforos. Los varones, te digo. Además, si tú eres la más buena y la más dulce que hay aquí. Pero también eres muy burlona.
No sé cómo se las arregla para ser tan tosco y tierno al mismo tiempo.
—Bueno, explícame el ejercicio, que nos quedamos a medias.
—¡Mentirosa! Lo sabes hacer mejor que yo, es para adularme.
—¿Cómo que adularte, Edison? Si eres un genio.
Se oye una voz medio ronca reclamando atención.
—Caballeros —no sé por qué nosotros usamos esa palabra, pero es así—, al terminar el horario del estudio individual nos quedamos para hacer el plan de actividades del comité de base.
Después de que Eduardo habla, Gilberto hace una trompa con la boca.
—Se quedan ustedes, los militantes. Me voy echando.
Lo aguanto por la manga y pregunto en voz alta:
—¿No quedamos en que las actividades eran para todo el grupo, no solo del comité de base?
Eduardo me da la razón.
—Sí, es verdad que lo hablamos. Si todos estamos de acuerdo…
Se forma un pequeño barullo, que si no podemos perder tiempo, que si estamos en pruebas, para al final aprobar la idea.
Estela, que odia las apariciones en público, se queda con la tarea de hacer el mural del grupo. Entonces es cuando Eduardo nos revela la muy brillante idea de hacer un boletín de noticias.
—¡Figúrense! Boletín del 25 —dice, orondo.
A la loca de Thais se le ocurre ponerle Algo.
—Bueno, es que tendrá algo de noticias, algo de deportes, algo de la producción y hasta algo de literatura.
—No, y hasta algo de bobería, ¡ja, ja, ja! —se ríe el sangrón de Nápoles, exhibiendo su muela de oro.
Ramón, que es a quien él viene a buscar, no le aplaude la gracia. Se aparta y yo oigo que le dice:
—Caballo, me vas a poner la cosa mala en el grupo, asere. Espérame en el pasillo.
¡Ah, sí! Porque no había dicho que Ramón es uno de los extraterrestres que anda con los de doce grado.
—Entonces —me pregunta Eduardo—, ¿te vas a encargar tú del boletín?
—¿Yo? —me asombro, es algo que sorprende—. ¿Por qué yo?
—Porque tú eres la que más sabe de Español, te pasas la vida leyendo y metida en la biblioteca.
—Por eso no —lo interrumpo—, que Estela siempre está leyendo también.
Estela se desquita.
—Qué va, mi ángel, yo no sé redactar ni un párrafo. Escribo a duras penas.
—Eduardo, estamos en pruebas. Hay que estudiar.
—Claro, si no tiene que ser este mes. Puede ser para febrero y es mejor. El primero lo sacamos el día de los enamorados. Como es mensual, hacemos cinco este curso.

Ya sé que no me queda más remedio que aceptar, pero pongo otro obstáculo:
—¿Dónde se va a imprimir?
—En la imprenta del papá de Belkis. Aunque, si se demora, hacemos algunos en una impresora. Entonces —Eduardo me mira casi suplicante—, ¿aceptas?
—Sí, pero quiero hacer una aclaración: cada cual tendrá que entregar noticias; hasta Ramón —declaro, con voz firme, y nadie me contradice, pero se ríen con Gilberto cuando exclama:
—¡Señores, yo soy el guardaespaldas! No vaya a ser que sigan la moda y nos quieran secuestrar a la periodista.
Yo, que no encuentro otra cosa mejor que hacer, le saco la lengua y para no perder la costumbre, lo pellizco con toda mi fuerza.
 Gilberto se frota el brazo pellizcado y espera que yo me incline a recoger las libretas de la mesa para acercarse y clavarme sus dedos índices, al mismo tiempo, en mi cintura. Yo salto, por las cosquillas, y él grita mientras sale:
—¡El salto del ángel!
¡Sinvergüenza!


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