lunes, 10 de septiembre de 2012

NOCHE TERCERA (La noche en el bolsillo)

La noche estrellada, Vincent Van Gogh



¡Por fin salí de esa enfermería! Si seguía ahí sí me iba a enfermar grave, de muerte. Hoy es día de recreación. Nos sentamos en el pasillo a esperar que pongan la música por el audio. Hay muy poco movimiento: la semana que viene empiezan las pruebas y mucha gente se va a estudiar aunque no sea obligatorio el autoestudio.
¿Por dónde andará ella? Debe ser de las que están en las aulas ahora comiéndose las libretas. Miro al final del pasillo y veo a un grupo al lado de las mesas de ping-pong. Seguro está jugando el 11, la pareja de onceno. Nápoles les puso el 11 porque los dos están flacos. Yo no me he fijado tanto en él, pero ella está buena cantidad ¡y tiene unas piernas! Como las de una modelo. Pero es un poco pesada. Lo mira a uno por encima del hombro. Ahora que lo pienso, ¿serán novios? No, no parece. Él tiene tipo de guanajo y no le va a gustar a una como ella. Como estoy con el Pincho y el Bala los convenzo para ir hasta allá. Hasta que pongan la música, les digo. Van a la fuerza, porque nunca he visto dos tipos más antideportistas que estos.
Como me imaginé, está jugando el 11. Me pongo a mirarla a ella. No se recogió el pelo para jugar y,  cuando salta, flota y le cae en la cara.  Hace un gesto gracioso para separarlo y echarlo de nuevo hacia atrás. No es que sea tan bonita, que lo es, pero llama la atención porque en ella todo parece hecho por un artista. Además, se ve muy suave, ríe todo el tiempo, con la cara roja por el juego. Pero a la vez se ve fuerte, segura. Me acerco más a la mesa y creo sentir el olor de Luna, pero ella cambia de posición y me lanza una mirada fría. No, claro que ella no puede ser Luna. El Pincho me interrumpe.

—Ven acá, socio, ¿el interés es  por el juego, o por la jugadora?
Trato de tirarlo a bonche.
—Estás un poco gracioso. Mira a las chiquitas de por aquí si no quieres mirar el juego. ¿Qué es esa miradera a mí, asere?
—¡Bah! No te hagas. Lo digo porque te la comes con los ojos, y se nota. A ver si el tipo ese es el novio y te coge en el brinco.
Ahora me molesto con él.
—Ven  acá, Pincho, ¿tú crees que yo le tengo miedo al tipo ese?
El Pincho se luce y pone cara de duda.
—La verdad, asere, pa’ mí estás rarísimo desde que te enfermaste. Ya ni hablas con uno y te pones bravo por cualquier cosa que te digan.
Me doy cuenta de que la rareza que dice el Pincho es desde la otra noche, pero ellos ni se imaginan en qué ando. Si llegaran a saber lo de mi encuentro con Luna Triste, y peor, el acuerdo de encontrarnos, acaban conmigo. Por eso no puedo abandonar mi papel de tipo duro. Como tengo que disimular, aunque no quiero, abandono el sitio. Por suerte en ese momento empieza a sonar la música.
—Mejor nos vamos, ya pusieron la música. Allí aquello va a estar más movido —dice el Pincho.

No vuelvo mi vista al ping-pong porque tendría que mirarla: me atrae como un imán, y no quiero que el Pincho empiece otra vez. Es bonita, pero no la miro porque me guste sino porque me parece conocida.
Total, esta noche no estoy para la música. Me doy cuenta de que espero poder ir al lugar del encuentro. ¿Y si ella no va? Los miércoles vigilan que todos los alumnos suban a los dormitorios para que las parejas no se queden por ahí.
El Pincho y el Bala encuentran enseguida con quién bailar, yo me quedo hablando con Nápoles y Ramón, que esta noche están pasmados. No se les posa ni una mosca. De pronto, Nápoles se para y va a hablar con Miriam. Desde aquí oigo cómo trata de convencerla para que baile con él y ella no quiere. Dice que no le gusta bailar casino. Él insiste. Por último, ponen una música suave y él la agarra por la mano. Ella se suelta, brava, y lo deja plantado. Se ve ridículo en el medio del pasillo central, pero se recupera. Nos mira y dice con su guapería de siempre: «¡Eh! ¿Qué se ha creído esta chama? Se volvió loca».
Nosotros nos reímos y él hace una de sus monerías y viene caminando como un barco escorado hasta nosotros, haciéndose el duro. Nunca he conocido otra persona que vuelva las cosas al revés como él. Si le damos chance, al final parecerá que no bailó con Miriam porque no quiso.
Al poco rato nos vamos y jugamos una partida de ajedrez. Siempre me he preguntado cómo Ramón juega tan bien siendo un desastre. Dice que aprendió con su abuelo. A Nápoles lo tenemos como un mariposón dando vueltas, sin entender el juego, hasta que consigue otro que juega con él a las damas. En eso quitan la música y se oye el ding dong que anuncia el silencio. No sé por qué le dicen el silencio al anuncio de la hora de dormir, porque es el momento en que se oye más bulla. Guardamos las piezas en su caja y cuando pasamos por la mesa de pin pon para subir al dormitorio la veo a ella guardando las raquetas. La miro y ella me mira como si me hubiera descubierto en ese instante, pero me fulmina con la vista y parece decirme «¡Descarado!, ¿quién te dijo que puedes mirarme así?» Hace que me sienta como un ladrón. ¡Si supiera que pongo la voz de Luna en su cuerpo! Enseguida el sapo que anda con ella le habla y ya nosotros estamos llegando a la escalera.

—¡Psss! —silba Nápoles al lado mío—. ¿Y ese cambio de luces, mi socio?
Verdad que Nápoles parece un chofer de ómnibus hasta en la forma de hablar. Pero como yo no contesto, empieza a cantar:
—…Si las miradas mataran, ahora estaría en el cielo
Lo miro con mi peor cara y él se echa a reír.
—Es jugando, socio. No pongas mala cara.

No puedo poner mala cara porque se acerca el momento de ir a verla. Tengo la esperanza de encontrarla esta noche y hablar con ella. Todavía debo esperar un poco, hasta que los demás se duerman. Necesito hacer un esfuerzo, porque todavía estoy tomando las pastillas que me mandó el médico y me dan un poco de sueño. Me sostiene el recuerdo de Luna Triste. Por la ventana se ve la luna. Es llena y la noche está más clara.
Por fin llego a la caseta. No está la señal, pero es temprano. Me siento en la tierra, atrás, a esperar que llegue. Recuerdo que tengo una caja de fósforos en el bolsillo y enciendo uno. A la luz del fósforo se alumbra un círculo a mi alrededor. Sigo encendiéndolos como si la pequeña claridad me diera esperanzas. No sé en qué momento me vence el sueño y me quedo dormido.

¿Quién es ese muchacho? Me ha mirado con unos ojos…, como si quisiera llegar al fondo de mí. Lo raro es que, de pronto, lo sentí familiar. Pero no lo conozco. Verdad es que tiene unos ojos que llaman la atención y aunque es un poco narizón, le queda bien. Anda con los idiotas esos de apodos raros. Parecen extraterrestres, con esa forma de caminar y el pelo, con motas a los lados. ¿Será que son orejones y se tapan las orejas? Deberían probar con una cirugía, sería mejor. Ahora recuerdo que a él lo he visto antes. Es del equipo de voleibol de doce, y juega muy bien. Es una lástima que sea buen deportista y mala persona. Quizás no, pero andando con esos, debe ser grosero y vulgar como ellos. Claro, pienso que como Merlín hay pocos en la escuela.
Juan Carlos me llama. Creo que me vio mirando al de los ojos verdes y ¡es tan celoso! No sé cuánta gente me ha preguntado ya si somos novios. Es mi amigo y lo quiero mucho. Recogemos las raquetas y subo.
Hoy Estela y Rebeca encontraron una locura nueva. Rebeca tiene un pomo de benadrilina en la mano y anuncia: «¡El elíxir del sueño! Tomen su dosis aquí y duerman pacíficamente hasta las seis». Yolanda, con la cabeza llena de papelillos y una bata larga de dormir se acerca con un vaso en la mano. Yo, que acabo de llegar, las veo y parece una estampa de un hospital de locos. Cuando Rebeca me ve, pregunta, ¿quieres un trago? Me acuerdo entonces de lo que me pasó anoche y sé que no puedo intentar salir hoy, así que me parece buena idea tomar la benadrilina y dormir temprano. Estela sale caminando para el baño y le grita a Rebeca que le guarde un poco. Esa va a fumarse en el baño el cigarro del silencio, como le dice.
La profe Virginia se asoma y dice que apaguemos las luces. Se apagan las luces, pero Rebeca enciende una linterna para seguir leyendo. Yo no puedo leer esta noche. No logro concentrarme. Solo pienso que también hoy perdí la oportunidad de verlo. Al final, no sé si irá. Anoche no fue. Desde la cama miro hacia la caseta. Se ve algo. Una lucecita. Parpadeo y la luz desaparece. Vuelve a aparecer y a desaparecer. Deben ser los cocuyos. ¡Cómo me gustaría estar allí y ver los cocuyos volar entre las hojas, o alumbrar de pronto entre la yerba! Quito la vista para no sentir nostalgia. Lo de los cocuyos es un pretexto. Quisiera estar allí para hablar con él y oírlo reírse. Aunque me lo he preguntado muchas veces, me lo vuelvo a preguntar: ¿será que uno puede enamorarse de alguien por la forma en que ríe? Ese es otro pretexto. Hubo algo más profundo en aquel encuentro, pero no puedo saber qué fue. Dice Estela,  que tiene una visión tan espiritual de la vida, que la atracción es una reacción química. Es la primera contradicción que le encuentro a su filosofía personal.  No sé de dónde sacó ella eso, pero lo asegura como si fuera una verdad científica. Dice también que influyen los olores de manera inconsciente. Es extraño que trate de explicar el amor de una manera tan materialista cuando es un sentimiento inexplicable. Puede ser que sea un fenómeno de los sentidos. ¿Cómo explicar si no lo de su risa? En esto pensaba y no sé cuándo me dormí porque, de pronto, había pasado la noche: Estela me halaba por un pie.

—¡Despierta! Se nos va a hacer tarde para tomar café.
Salto de la cama y voy medio sonámbula para el baño. Ella, que ya está vestida, habla sin parar al lado mío.
—¡Qué va! No puedo tomar más benadrilina por la noche. Yo creo que me hace el efecto contrario. Anoche no pude pegar los ojos.
Me da risa. Solo dejándola sin conocimiento ella dormiría. Jamás he conocido a alguien tan lechuza como ella. Para escaparme tengo que oírla roncar primero (parece una locomotora vieja) y contar hasta diez para estar segura de que no me sentirá salir.
Después del café nos sentamos en la escalera de atrás, para que se fume su cigarro matutino. Estamos tan entretenidas que los pasos nos sorprenden y solo atinamos a meternos debajo del edificio. Es Luis, el subdirector. Estela apaga el cigarro con la bota y me hace señas para que no haga ruido. No me imagino qué hace él a esa hora parado en la escalera que da al área deportiva. Nos enteramos cuando lo oímos vocear:
—¡Estudiante! ¿Qué está haciendo por allá a esta hora?
¡Era por eso! Un estudiante merodeando, y viene desde la caseta, parece. El corazón me empieza a latir rápido. ¿Será…? No, no puede ser. Además, no hubiera esperado hasta que amaneciera.
El alumno responde algo, que no logro oír, pero Estela sí, que tiene un oído de tuberculosa. Me susurra algo, que tampoco entiendo y pongo el dedo en mis labios, para que se calle.
Se alejan los pasos. Volvemos a respirar.
—¿Qué dijo, Estela?
—¿El chiquito? Una mentira, claro.
—¿Por qué sabes que es una mentira? —le pregunto.
—¡Ay, hija! ¿Quién va a salir a esta hora para buscar una pelota en la cancha? —me responde.
—¿Eso dijo él? ¡Qué bobería! Pero es tan tonto que debe ser verdad. Porque a ver, Estela, ¿qué va a hacer alguien a esta hora en la cancha?
Ella mueve la cabeza.
—Él venía de más allá y tenía la ropa con yerba pegada y húmeda del rocío. Yo creo que ese durmió fuera de la escuela.
—¡Qué barbaridad! Si pareces una vieja chismosa.
—Oye, pero si estoy hablando contigo. Eso es lo que pienso.
Tengo que reírme de ella.
—La detective Estela, vaya, que no dejas de sorprenderme.
Me retuerce los ojos y algo me viene a la mente.
—Estela, ¿de dónde venía ese chiquito?
Ya estamos subiendo al pasillo central cuando me señala un punto.
—De por allá.
¡De la caseta!, y le pregunto otra vez.
—¿Le viste la cara?
Me mira con expresión rara.
—Así que primero soy una vieja chismosa y ahora, maga. No, no le vi la cara.
—¿Cómo le viste la ropa con tantos detalles?
—Porque estábamos abajo. No le veía la parte de arriba. Oye, ¿por qué te interesa tanto? Estás pálida.
Me recupero para que no sospeche.
—Algunas cosas las ves bien sin espejuelos y para otras estás ciega. ¿Cómo que estoy pálida? ¿Por qué estaría pálida, a ver?
Y como ya voy hacia el dormitorio viene apurada detrás de mí, murmurando: «ay, qué sé yo, me pareció que estabas pálida. ¿Puedo hablar o no puedo hablar? Si te digo que andas rara es poco decir…»

¡Qué susto he pasado! Hace falta que el subdirector me haya creído. ¿Cómo me habré quedado dormido hasta ahora? Estoy empapado. Y ella no fue. ¿Será que se habrá arrepentido? A lo mejor Luna fue el otro día cuando yo estaba enfermo y pensó que la había engañado cuando le aseguré que iba a seguir yendo para encontrarnos. Ahora no sé qué voy a hacer. Podría dejarle un mensaje. Tendría que ser de noche. ¿Y si lo encuentra otra persona? No, la única solución es ir hasta que volvamos a encontrarnos. ¿Dónde estás, mi Luna Triste?









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